Pasamos una mañana en los sótanos de Tribunales, entre repisas y cajas que guardan el tesoro de la Rosario de Satanás. Armas de guerra y carteras robadas, cheques truchos y electrodomésticos incautados, medios y fines: todo objeto que tenga relación con una causa penal se amontona en este cambalache macabro, escrupulosamente ordenado, como si se tratara de una biblioteca del crimen local.

 

Imágenes: Pablo Feli

 

“El fetichismo es una relación social entre personas mediatizada por cosas. El resultado es la apariencia de una relación directa entre las cosas, y no entre las personas”.

Carlos Marx

 

La puerta de Tribunales está plagada de gente. Es uno de los lugares más policlasistas de nuestra ciudad: como si se tratara de la cancha o la costanera, en las escaleras de calle Balcarce se amontonan linyeras, abogados, amas de casa, plomeros, policías, vendedores ambulantes, cadetes, prostitutas, médicos, estudiantes, transas, jubilados. Me abro camino entre un hombrecito de saco y corbata y una señora gorda vestida como mi tía Delia, y entro al edificio.

Miro a mi alrededor. La marea de gente es enorme. Pienso que, al contrario de lo que ocurre en una película de Hollywood, acá es imposible distinguir a los buenos de los malos. Todos son sospechosos. Ese pibe de yoguineta puede ser un asesino. Aquel señor de aspecto grave, un estafador. La rubia de tacos que sube las escaleras, una jueza de instrucción. Encaro por un pasillo. Dudo. No sé si estoy tomando el camino correcto. Noto los ojos de un guardia de seguridad vigilando mis pasos. Me corrijo. Todos somos sospechosos.

Finalmente consigo dar con un ascensor que me lleva al subsuelo. Junto al estacionamiento subterráneo hay tres puertas. Me dirijo a la más grande. La pintura que la cubre está descascarada. Un caño roto gotea a su costado y llena la pared de musgo oscuro. Le erré: se trata de la prisión donde se alojan los delincuentes cuando vienen para ser juzgados. Voy hacia la segunda. Es negra, y parece blindada. Me piden mis datos por portero eléctrico. La cerradura se destraba con un chillido. Esta vez acerté. Hago ingreso formal a la Sala de Depósito de Elementos Probatorios de la Justicia Penal de Santa Fe.

***

Por el aire de camaradería que reina entre los empleados de la oficina, automáticamente los bautizo Los Muchachos. Son cuatro. El más viejo andará por los sesenta y pico, el más joven parece tener menos de treinta. Charlan animadamente, toman mate y escuchan la radio mientras llenan planillas. Dejan un instante su trabajo para que yo les explique que soy de la revista Apología. Uno se encoge de hombros y dice que no tiene ganas de hablar. Otro se ríe, dice que sí, que ya sabía de mi visita. Sale de la oficina, se acerca a unas cajas amontonadas, las señala vagamente. Suspira.

—Mirá lo que es esto. Un quilombo. Las cosas se pierden con una facilidad… —dice, y enseguida se ataja—. Bah, no se pierden porque nosotros rotulamos y tenemos clasificado todo.

—¿Como en una biblioteca? —aventuro.

 —Exactamente. Esa es la mejor definición. Hacemos las veces de bibliotecarios del crimen. Cada objeto tiene un número, que está en tal estantería de tal repisa en tal pasillo. Y todo está ordenado por temática, para seguir con el símil de las bibliotecas. En vez de novelas, filosofía, historia, tenemos la sección de efectos comunes, la de balística, la armería…

***

Todo objeto que tenga que ver con una cuestión penal que está juzgándose se aloja en estos salones.

—Salvo que se trate de material biológico, de drogas o de dinero —me aclaran, y esa excepción resulta por demás elocuente.

A cada cosa se la cataloga en un sistema operativo, con su respectivo respaldo en papel, y se preserva hasta que el juzgado correspondiente dé la orden de devolverla o destruirla.

—Anotamos todas las entradas y salidas. El que viene a buscar tal cosa muestra la autorización, se lo damos, firma que se lo llevó y el plazo en el que lo va a devolver. Cuando lo devuelve, también queda asentado. Realmente como en una biblioteca.

El de Los Muchachos es solo un oficio de clasificación y resguardo. No peritan nada. De eso se encargan otras personas. Son bibliotecarios que no leen los libros que custodian. Aunque sí conocen los cuentos que estos cuentan.

—En general no sabemos la causa por la que está tal o cual objeto. De las que sí sabemos es porque las imaginamos o porque vienen de casos resonantes.

 

 

***

Paseamos por las estanterías. En estos anaqueles se guarda una porción considerable de la historia reciente de la ciudad. De la historia criminal, vale decir.

Vemos las marcas de la desidia estatal y el avivamiento de los privados: las cañerías de gas del edificio de calle Salta que explotó hace unos años, la rueda que se le salió a uno de los colectivos accidentados en la ruta 33, el amplificador y el bajo que hicieron cortocircuito y mataron al músico Adrián Rodríguez en el Café de la Flor, las tuercas de la Rueda de la Fortuna del International Park que por estar flojas se cobraron la vida de dos pibitas.

También hay reflejos lujosos de la Ciudad del Comercio: equipos de música de familias sindicadas como narcotraficantes, gabinetes de computadoras provenientes de casinos ilegales, consoladores de última generación venidos desde prostíbulos clandestinos, el arma que tenía el hermano de Messi cuando lo agarraron en pedo arriba de su lancha, miles de talonarios y sellos falsificados.

Y, sobre un rincón en el fondo, están los últimos destellos de los ladrones legendarios: artefactos para abrir cajeros automáticos, una máquina que parece extraterrestre y que resulta ser un inhibidor de GPS usado por piratas del asfalto, varias sillas de ruedas con las que un grupo de asaltantes se hacían pasar por discapacitados para reventar bancos.

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Llegamos a una sala atiborrada de cajas de zapatos. Uno de Los Muchachos toma una y la coloca sobre una mesa. Está llena de bolsas de nylon rotuladas.

—Tenemos ordenadas cada una de las balitas de cada una de las escenas de crimen de Rosario de los últimos diez años —informa con un dejo de orgullo, y agrega—: Calculamos que son veintiséis mil, pero es imposible calcular exactamente cuántas son. Las distintas bolsas corresponden a una prueba acusatoria. Y en cada bolsa hay una cantidad determinada de cartuchos intactos y vainas servidas. Incluso, dentro de tubos de plástico, se guardan las balas extraídas de cuerpos, vivos o muertos.

—Puede pasar que no solo nos la pidan en la causa que remitió las pruebas, sino también para una constatación o comparación con balas de otras armas, entonces no podemos errarle en el ordenamiento. Vos pensá que todas las balas se parecen. Y son tantas.

***

Estamos en otra de las salas. En vez de repisas, aloja gabinetes de metal.

—Esta es la parte preferida de la gente de afuera.

Los Muchachos abren la puerta de uno de los armarios y se me escapa un silbido al ver los rifles de cacería que se amontonan dentro.

—Es la armería —dicen, y van paseando entre distintos muebles—. Clasificamos entre armas cortas por allá, largas acá, y medianas, que son generalmente armas largas recortadas, o pistolones que no entran como arma corta, por allá.

Me muestran escopetas, carabinas, fusiles, rifles, revólveres, pistolas, ametralladoras. Identifico pocas, la mayoría porque las vi en películas de acción o porque cuando me hacía la rata me gustaba ir al cyber a jugar al Counter Strike: veo una AK47, un M16, un FAL, una que no sé el nombre pero que conozco como B-4-1.

—Uy, ¡esta! —grito de emoción en la sección de armas cortas, al ver un revólver Magnum 44 igualito al que usaba Clint Eastwood en Harry el Sucio.

Sostengo el arma en mi mano. Es pesada. Martillo. Me doy cuenta de mi error. No me va a quedar otra que gatillar. Los Muchachos pueden leer la ansiedad en mi cara.

—Obviamente las armas están todas descargadas.

—¿Y eso de allá? —pregunto, dejando el revólver en su sitio.

—Son cajas con aire comprimido. Acá hay de todo.

Me cuentan al pasar que hace poco hubo una GS5. Se trata de una ametralladora alemana de último modelo, con estuche y pie, que finalmente fue devuelta a su dueño, un chino vestido impecablemente, por orden del fiscal.

—¿Cuántas armas calculan que hay?

—De fuego, más o menos siete mil —asegura uno—. Son tantas que tenemos que guardarlas en cajas de cartón, porque ya no dan abasto los armarios. Las blancas, y también las tumberas, se guardan con los demás objetos.

—Secuestran treinta armas por semana. Es una locura —se agita otro—. Te da un poco de cagazo. En una ciudad de un millón de habitantes entran treinta armas por semana. Yo calculo que dando vuelta hay unas veinte veces más de las que hay acá. De todos los calibres, todas las formas.

***

Seguimos andando. Sobre una mesita, veo una caja de madera. La abro. Veo una pistola antigua.

—¿Puedo?

—Sí, sí, agarrá.

Así lo hago. Me explican:

—Es una Luger. Nazi, de la época de la guerra. La tenía un hombre que era coleccionista, y que se dio un tiro.

La suelto rápidamente. Les pregunto a mis cuatro Virgilios si es difícil trabajar rodeados de estos objetos tan…

—¿Macabros? —completan.

—Claro.

Tres dicen que no, que no es difícil, que a todo uno se acostumbra. Pero el más viejo duda, no dice nada, me esquiva la mirada. Vuelvo a insistir.

—Lo más duro de laburar acá es justamente la cantidad de suicidios —dice al fin—. Es impresionante. Antes de entrar acá, yo no sabía que había tantos. Viste que está esa ley que dicta que los diarios no los publiquen a menos que sea un caso importante. Me llamó la atención la cantidad que hay de tipos que se pegan un balazo. Es seguido, eh. Viene un arma con la carátula: muerte dudosa, suicidio, muerte dudosa. Y lo jodido es cuando viene algún familiar a pedir que le restituyan algún efecto del suicidado. No sabés ni cómo mierda… Es duro.

***

Volvemos al salón principal.

Hay cosas, cosas por todas partes. De repente me acuerdo del depósito del Ejército de Salvación, donde se amontonan las pertenencias que los buenos ciudadanos donan cuando pasan a mejor vida. En mi cabeza hago un tonto juego de palabras: este vendría a ser el depósito del Ejército de Perdición. Se los digo a Los Muchachos. Apenas si sonríen. Seguimos recorriendo pasillos atestados de objetos.

Veo una ballesta, bolsas de nylon llenas de ropa, cientos de cuchillos, cuadernos, tumberas, más ropa, discos rígidos, carteras, un ojo de vidrio, heladeras, sillas, una katana, más ropa, mochilas, zapatillas, televisores, ceniceros, lápices, botellas, módems, palos, vajilla, más ropa todavía.

Andamos entre objetos hasta que ya no hay más agua ni ganas para matear. Los Muchachos me dicen que tienen que seguir con su trabajo. Encaramos hacia la puerta.

—¿Qué hacen con todo esto cuando la causa se termina?

—Las armas, cuando se cierra la causa o pasan diez años desde que se abrió, si son legales se devuelven. Si son ilegales se mandan a fundir.

—¿Y lo que no es armamento?

—Depende. A veces también se destruyen: se amontonan en bolsas y se envían a una empresa privada de San Lorenzo, contratada para que los incineren. Es una lástima porque algunas son cosas nuevas. Lo que no es destruido, queda acá hasta que lo venga a buscar su dueño. Hace poco con el caso del gordo carterista pasó eso. Le allanaron la vivienda y encontraron un montón de elementos. Entonces se hizo una rueda de reconocimiento para ver si alguien veía algo suyo y, si podía demostrar que le pertenecía, se lo llevaba.

Ya en el umbral de la salida, me dan el último mate.

—A veces vienen a buscar objetos y vos te das cuenta de que el que lo viene a buscar es el que lo robó. Por ahí no hubo pruebas para poder procesarlo y el tipo viene y se lleva todos los elementos, porque legalmente hay que devolverlo al tipo al que se le sustrajo. Y vos te das cuenta de que es el choro. Pero ¿qué vas a hacer? Vos podés saber la verdad, pero lo que la ley dice es más importante que la verdad. El otro día vinieron dos, me dieron el remito para llevarse las cosas y, cuando se las alcanzo, se sorprendían de lo que tenían. “Uh, mirá que buena que está esta campera”, decían.