Junto a un viajante de comercio, nos fuimos de turismo existencial por los pagos donde se siembra la Santa Fe a la que fatalmente pertenecemos. La política agroindustrial argentina, la fascinación por el paisaje, los largos hiatos en estaciones de servicios vacías, la noche prostibularia de Rufino, el vértigo, el horizonte surcado por drones asesinos, la música como refugio, la hamaca embrujada de Firmat, las posibilidades que no fueron y el fantasma de la libertad sujetado por la cadena del mundo: todo se mezcla en rutas y esperas.

 

Ilustraciones: Matías Buscatus

 

“En la cruz de un camino

habrá de hallarme el destino

masticándome el alma”.

José Larralde

JUEVES 23 DE MAYO

7:01 – RUTA NACIONAL Nº 33 (KILÓMETRO 776)

—Vivir viajando te trastorna. Nunca estás realmente en ninguna parte—me dice Palacios.

Le paso un mate mientras él rebasa un Scania doble acoplado. El Corsa vibra al traspasar la barrera de los 150 kilómetros por hora.

El viajante de comercio Juan Palacios, mi Virgilio en esta crónica, pasó a buscarme porcasa en pleno barrio Agote hará unos cuarenta minutos. Tomamos Avellaneda y después Perón hasta llegar a la Shell que está antes de Pérez. Nos detuvimos a cargar combustible y agua caliente. De ahí seguimos hasta nuestro primer destino: Firmat.

Mientras doblábamos en la Curva de la Muerte, muy cerca de los campos donde los adolescentes del 2000 buscábamos cucumelos para ampliar nuestros horizontes, Palacios me señaló la extensión de tierra que se abría hacia los cuatro puntos cardinales.

—Esto no cambió nunca —dijo—. Hace dos siglos era desierto, y lo sigue siendo.

Parecía que disfrutaba hablando mal del paisaje que nos rodeaba. Lo hacía con un tono extraño, como un padre que se divierte resaltando los defectos de su hijo frente a un desconocido, seguro de que esas miserias quedan opacadas frente a sus innumerables méritos.

Cruzamos Zavalla y Pujato sin novedades.

En el estéreo suena ahora el disco en vivo de Memphis La Blusera. Mi compañero me devuelve el mate que le pasé hace un instante.

—En ninguna parte —repite.

Ya el camión quedó atrás, pero no baja la velocidad.

 

9:33 – CENTRO DE FIRMAT

Es cierto. La hamaca se mueve sola. Lo comprobé recién.

Palacios se fue hace ya rato a una reunión de negocios y, aunque insistí, se negó terminantemente a que lo acompañe. Me dejó en la puerta de la Municipalidad.

No hay mucho que ver por acá. El otoño, por suerte, está avanzado, y pude pasear entre casonas de ladrillos vistos rodeadas de árboles. Así llegué hasta la plaza donde se sitúa la célebre hamaca fantasma de Firmat.

Se mueve sola. Una jubilada que venía del banco me dijo que la que se hamaca es el alma de un nenito, muerto en un accidente de tránsito. El asesino, hijo de un rico del pueblo, nunca fue condenado. Y por eso el fantasma sigue vagando por ahí, esperando que se haga justicia.

La vieja también me contó que hace unos años vinieron unos yanquis del Discovery Channel, para investigar el caso. El resultado de los experimentos realizados no convenció a nadie: dijeron que se movía porque la madera era ancha y embolsaba el viento.

—Yo no creo en fantasmas —me dijo la señora—. Pero echarle la culpa al aire me parece una irresponsabilidad.

Después de anotar esto último,me llega un wasap. Palacios me pide que le mande mi ubicación así me pasa a buscar.

  

10:47 – ESTACIÓN DE SERVICIO OST SRL (RUTA PROVINCIAL Nº14 Y GRAL. LÓPEZ, MARÍA TERESA)

Apenas dejamos Firmat atrás, le pregunté a mi compañero qué tal le había ido en la fábrica. Contestó casi gruñendo:

—Uno quiere progresar y salir adelante, pero este país hace todo lo posible para destruirte… Si todo sigue así me voy a Nueva Zelanda a poner una ferretería y se van todos a la concha de su madre.

Palacios se dedica a la venta de discos de corte para industrias. Importa algunos productos desde Europa, terceriza la fabricación de otros y después sale a recorrer los caminos en busca de clientes, fabricantes de repuestos de maquinaria agrícola. Le pregunté por su trato diario con la minoría burguesa de la pampa sojera. Con la vista fija en el camino, me dijo:

—Vos entrás al galpón a los gritos, como pancho por tu casa, porque si no, te toman de boludo. “A ver si alguien me atiende en este lugar de mierda”, cosas así. Los operarios te miran, pero vos te mandás derecho hasta la oficina. “Ah, de vuelta vos, cagador”, te dice el dueño, que siempre está ahí, renegando. Y así, puteada va puteada viene, te dice “Necesito tres insertos de fresado para la semana pasada”, arreglás el precio, “¿Cuándo me vas a pagar los cobaltos que me debés, hijo de puta?”, llenás los papeles, “Qué laburo fácil el tuyo, eh, venís, vendés y te vas”, volvés al auto, abrís el baúl, le bajás lo que te pidió la otra vez, y listo.

Le respondí que no le creía. No me lo imaginaba a él, cuarentón nacido y criado en Echesortuy con varias novelas inéditas escritas al estilo John Dos Passos, interactuandode esa forma con los primos pobres de la familia de ganadores del modelo agroindustrial argentino.

Se tomó mal mi comentario,y durante el resto del trayecto no me dirigió la palabra. Al llegar a María Teresa me dejó en la estación, diciéndome que tenía que ver a unos clientes importantes y que no sabía cuánto iba a tardar. Espero que no sea mucho.

 

13:24 – CRUCE DE LA RUTA PROVINCIAL Nº 14 Y LA RUTA NACIONAL Nº 7

Finalmente, mi compañero vino a eso del mediodía.

Pasamos de largo por Christophersen y San Gregorio. Antes de llegar a Diego de Alvear, nos detuvimos en la cruz de las dos rutas, frente a un galpón semiderruido donde funciona una tornería. Palacios se fue a ganar el pan, y yo estoy apoyado en el capot del coche, fumando.

Hay movimientos de sembradoras en la ruta. Googleo Infocampo. Leo que está por comenzar la siembra de trigo, tras “la cosecha de soja tardía en un 45% de la superficie sembrada”. Siempre según mi celular, “el cultivo se encontró un 50% en estado bueno, un 25% en estado regular y el 25% restante en estado regular a malo”, y esta situación se explica por “los impactos que tuvieron los eventos climáticos sufridos”. “Hubo un incremento del orden del 4,5 a 5% sobre el área sembrada en el período anterior”, finaliza la nota.

Me doy cuenta de que no sé casi nada sobre el tema y que no puedo saber si es verdad o mentira lo que leí. Ya pasó una hora desde que Palacios se fue. Observo la pampa desierta, tratando de imaginar lo que mis ojos no encuentran. Empiezo a pensar que este viaje fue un error.

 

15:39 – COMEDOR DE LA ESTACIÓN DE SERVICIO OIL (RUTA NACIONAL Nº8, ENTRADA DEL PARQUE INDUSTRIAL VENADO TUERTO)

Palacios volvió de la tornería de buen humor. Me pidió que armara un porro. Dijo:

—El primer mito es que el viajante no labura. Error. Uno es parte de una cadena. O una red, mejor dicho. Dependés de tres factores: dólar, commodities y lo que yo llamo la sensación económica. A vos te compran industriales que dependen de los gringos. Todos estamos atados a estas tres cosas. Y no es que no funcione.

Hace una pausa, dándole mecha al faso mientras pasábamos una Ranger cargada de barriles de Round Up.

—Digamos que es como esto—levanta un índice, apuntando hacia arriba, y lo hace girar con énfasis—. Un auto modelo 2013 que está desbalanceado andando en una ruta llena de pozos, pero al menos tiene un buen estéreo, aire acondicionado y el tanque lleno.

Me sorprende su repentina sinceridad. Así se lo marco.

—Son cosas que nadie te va a decir, porque el que no llora no mama —responde—. Eso lo sabemos bien nosotros que somos tangueros.

Me contó que mientras esperaba por cobrar, cerró una buena venta por teléfono. Por eso nos desviábamos y en vez de ir a Rufino directamente, como estaba previsto, encaramos para Venado.

Retomando la 14 rumbo al norte, puso el disco nuevo de Calamaro. Doblamos en la ruta 8. El paisaje fue cambiando. Donde antes había campos invadidos por grandes ojos de agua aparecieron distintas construcciones. Llegamos hasta la puerta de Garro Sociedad Anónima, un moderno edificio en pleno corazón fabril de Venado Tuerto. Parecía abandonado. La parva de motos en el estacionamiento anunciaba que no era así. Palacios entró y yo me dispuse a hacer una siesta.

Después, ya durante la comida, hablamos del panorama político. El ideario de mi compañero es complicado y no encaja en las categorías clásicas que bocetan los analistas: ex Partido Socialista por tradición familiar, simpatizó luego con los nenes de oro del honestismo citadino del futuro, y hoy por hoy es perottista hardcore.

—¡La gente no quiere escuchar más a la gente de La Cámpora! ¡No quiere escuchar más la Ideología de Género!—se exasperaba.

Ahora estamos tomando el café que viene con el menú (ñoquis con salsa mixta). Estalló una tormenta. Mirando hacia la ruta, se me ocurre que la vidriera de la estación es la pared de una pecera. Se lo digo a Palacios. Se ríe por cortesía, hundido en su celular.

 

 

21.33 – BUFFET DEL CLUB UNIÓN DEL NORTE (RUFINO)

Escribo esto mientras engullo una milanesa a caballo. Estoy solo, rodeado por mesas de billar vacías. Palacios me dejó acá porque se levantó una mina por Tinder.

Llegamos a Rufino a eso de las seis. Nos fuimos derecho al hotel República, por calle San Juan. Aunque Palacios no quería compartir habitación porque dice que soy un mugriento, tras chequear las tarifas, decidió que iba a ser lo mejor.

Dormimos la siesta. Me desperté, boludeé en wasap, chequeé mis anotaciones hasta el momento, corregí alguna exageración, pulí unos adverbios y fui a comprar unas latas. Cuando volví, Palacios estaba despierto. Tomamos la cerveza mirando el noticiero de América en la tele de 14 pulgadas que colgaba en la pared. Bah, yo miraba. Mi compañero escarbaba con el índice la pantalla del celular, buscando un culo al que dormir abrazado.

—Ahí picó una —festejó al fin.

Me alargó su teléfono. Vi el perfil de Tania, 28 años. Se describía como “Instrumentista quirúrgica. Pisciana. Amante de amar. No hay alegría sin dolor y todavía falta lo mejor”.

Una foto la mostraba vestida de fiesta, con la mano en la cintura, la sonrisa de Colgate en la cara, su pelo, fino y castaño, le caía hacia los costados de la raya al medio. Otra foto: sentada, campera de jean sobre la bikini, en una playa al atardecer. La imagen estaba algo pixelada, como si hubiera recortado con el zoom a alguien que estaba a su costado. Otra: con algunas amigas y amigos en un quincho, todos sosteniendo latas de Heineken y ojos rojos por el flash. La última: vestida con ambo médico, crocs y la melena recogida en una red, enseñaba sus manos cubiertas con guantes.

—Hoy la pongo.

Antes de encerrarse en el baño, me indicó cómo llegar hasta el club. Boxeé la tuca y me puse el abrigo. Afuera estaba fresco. Al salir, escuché que Palacios canturreaba un tema de Miguel Mateos en la ducha.

 

23:04

Cambio de planes. Me escribió Palacios. La mina de Tinder resultó un bajón. Dice que en un rato la deja por la casa y pasa por el club. Que vamos a ir a buscar mujeres.

 

23:48 – INMEDIACIONES DEL PARQUE JOSÉ MANUEL SÁNCHEZ DE RUFINO

Tomamos una de las calles que cortan la ruta 7. Es de tierra. Árboles secos, un acoplado cubierto con lona en la puerta de un galpón. El silencio nos abandonó de golpe, dando paso a la voz de Leo Mattioli que salía de una casona antigua.

Palacios se bajó del coche y entró al cabaret. Fui detrás suyo, desabrochándome el abrigo. Realmente hacía calor ahí dentro. La música sonaba varios decibeles más fuerte que en la calle. Atravesamos un pasillito y llegamos al salón principal. Toda la habitación estaba iluminada con esa luz violeta que por alguna razón llaman negra. Un olor sofocante (mezcla entre borrachera, tabaco, sudor y perfume barato) flotaba en el ambiente.

Nos sentamos en la primera mesa que encontramos libre. De un vistazo compuse el lugar. A mi izquierda, una pared. A mi derecha, la barra, donde una loca contaba billetes. Hacia allí se dirigió Palacios a buscar una cerveza. En torno a nosotros había varios grupitos de clientes mezclados con las chicas de Rosa.

Un peón de boina vasca tomaba Blenders frente a una travesti morocha que lo escuchaba sin mucho entusiasmo. Tres pibes que no pasaban los dieciséis años chamuyaban a una veterana bien puesta de cuerpo y mal teñida de rubio. Uno de ellos, de pronto tomado de la mano por la mina, la siguió hasta una puerta del fondo, enseñando a los demás una sonrisa de triunfo en la cara imberbe. En la mesa más lejana, un camionero chapaba fuerte con una gorda colorada que tenía a upa. Las nalgas entangadas de la colo iban y venían en ondas largas sobre las piernas del tipo.

Mi compañero volvió con la birra y dos vasos. Sirviéndola con cuidado para no generar espuma, me informó:

—El quía de la barra me dijo que Rosa llega en un rato.

Rosa es la madama del cabaret Rosa Roja de Rufino. Una ex cantante rosarina que se estableció en el pueblo hace doce años. Es de las personas más cultas del lugar, a su manera. Se hizo amiga de Palacios en mayo de 2008, cuando la “Crisis del Campo” explotaba en todo el país. Palacios hacía pocos meses que trabajaba de viajante, y trató de romper con su auto un piquete de gringos que cortaban la ruta. Rosa le curó las heridas y lo refugió en su prostíbulo, único santuario donde nadie se atrevía a corromper la armonía comunitaria con discusiones.

“Vos lo tomás como una cuestión de los dueños de la tierra contra los pobres”, me dijo Palacios que le explicó Rosa, “y está bien, es linda esa manera de ver las cosas, capaz hasta tenés razón, pero le estás errando al bulto. Acá están en contra de la 125 porque lo ven como que el Gobierno de Buenos Aires quiere meter mano en el bolsillo de la gente del Interior”.

Íbamos por el quinto porrón. El peón ya se había ido al fondo con la morocha. La veterana había despachado a los tres adolescentes en menos de veinte minutos; ahora tomaba unas copas junto a un tipo vestido con un overol de empleado de aceitera. La gorda colorada le estaba tirando la goma al camionero ahí mismo.

Entonces por una puerta detrás de la barra aparece la que debe ser Rosa.

Es alta y caderona. Lleva botas, un vaquero tiro alto y una polera negra que le aprieta las tetas generosas.

Mi compañero se levanta a saludarla. Ella se presenta dándome un beso en la comisura de los labios. Después de sentarse con nosotros, abre la cartera y saca varios elementos de manicura. El perfume intenso del puticlub es reemplazado por el aroma de la acetona con el que se despinta las uñas.

La nariz prominente, la boca carnosa y pintada de bordó, la melena de rulos teñidos de caoba y los ojos oscuros, muy redondos y algo separados, acentúan su exuberancia. También su palidez. Sus gestos son un poco bruscos e increíblemente sensuales.

Mientras Palacios y la madama hablan, agarro mi celular, donde estoy escribiendo esto, antes de olvidarlo.

 

VIERNES 24 DE MAYO

 

01:29 – CABARET ROSA ROJA

De repente el empleado de la aceitera se puso de pie, tambaleándose un poco.

—¡Pero estoy impaciente ahora mismo! —gritó.

Nos levantamos todos, alarmados.

—¡Ahora mismo! —volvió a decir el borracho.

Velozmente, Rosa se le acercó y le dio una cachetada. Lo hizo sin ira, como una madre reta a uno de sus hijos durante un caprichito:

—Acabala con el espamento.

El tipo estalló en un llanto patético. A un gesto de la madama, se acercó un patovica y lo llevó hasta la salida.

Nuestra anfitriona después minimizó el hecho.

—La gente acá se comporta como si el resto del mundo no existiese—comentó.

Nos contó que Luis, el empleado de la aceitera, en los ochenta había sido una promesa del teatro santafesino. La adicción al pico y el embarazo de una novia habían frustrado sus sueños. Luis se sentía atrapado en un medio hostil, por eso de vez en cuando armaba escenitas como la que acabábamos de presenciar.

Un rato después Rosa y Palacios se fueron a garchar. Yo me estoy tomando unos tragos más, mirando a las chicas que ya no tienen clientes y charlan entre ellas en la barra.

 

06:18- HABITACIÓN 11 (HOTEL REPÚBLICA, RUFINO)

Me acabo de levantar en mi cama del hotel. No me acuerdo de cómo llegué hasta acá. Voy a intentar seguir durmiendo.

 

08:41

No pude.

En la pieza no había nadie. En el hall del hotel tampoco, pero vi que el casero estaba limpiando la vereda.

Me le acerqué y le pedí un mate. Me lo pasó con una sonrisa que me pareció estúpida. Al darle la primera chupada a la bombilla entendí que el tipo simplemente trataba de hacerme sentir a gusto. Tomamos varios amargos, sin hablar. El sol que brillaba detrás nuestro todavía no había disipado la neblina.

Carlos, el casero, me explicó que barría las hojas siguiendo un método preciso. Había dividido el frente del hotel en cuatro sectores rectangulares de medio metro por cuatro cada uno, divididos a su vez en cuatro cuadrados de medio metro por medio metro, lo que daba un total de dieciséis sectores por los que iba pasando la escoba según una fórmula matemáticaque no alcancé a retener.

Al rato llegó Palacios. Cargaba una resaca madre. Tenía la camisa manchada de fernet y los ojos hinchados. Nos saludó con un gesto de la cabeza al entrar al hotel. Unos pocos minutos después salió hecho una tromba. Mientras se subía al Corsa alcanzó a gritarme que a las ocho tenía una junta de negocios y que estaba llegando tarde. Tomé unos mates más con Carlos, charlando sobre el clima, y me vine a la pieza.

Escribo esto con la luz apagada, tratando de descansar un poco. Palacios me acaba de mandar un mensaje. A eso de las diez me pasa a buscar para emprender la vuelta.

 

13:45 – RUTA NACIONAL Nº 33 (KILÓMETRO 588)

Estamos varados. Un poco antes del acceso a Sancti Spiritu volcó un camión con soja y la ruta está inundada de granos.

Vi a unos nenes, vestidos de guardapolvo, que levantaban puñados de semillas, las tiraban hacia arriba e intentaban atraparlas en el aire. Otros, un poco más grandes (o más sensatos), llenaban bolsas de consorcio con el preciado cereal.

Intercambiamos teorías con los demás náufragos que también habían quedado atrapados detrás de la mole de hierro retorcido que hasta hace poco fuera un Ford Cargo. El grado de alcohol en sangre del camionero fue la hipótesis más popular.

Volvimos al coche.

Mientras anoto esto, Palacios arma un porro. Está contento. La reunión fue todo un éxito. Cerró un contrato con una ensambladora de drones de fumigación. Tecnología de punta.

—Dentro de poco ni siquiera van a ser humanos los que envenenen los campos —reflexionó después de dar las primeras secas—. Quiero decir, ya no lo son realmente. Pero ahora ni siquiera en el envase. Y nadie hace nada, ¿me podés explicar por qué?

 

 

16:08 – SERVICENTRO SAN EDUARDO (ESQUINA DE CHILE E INDEPENDENCIA, SAN EDUARDO)

Fumamos unas secas al costado de la ruta, refugiados en el tinglado de una cerealera. Se largó una llovizna que rápidamente se convirtió en aguacero. Las chapas del techo comenzaron a sacudirse fieramente con el viento. El silo de al lado chirriaba. El cielo tronó. Tuve un escalofrío que no pude controlar.

Seguimos esperando. Fumamos otro porro.

Finalmente sentimos hambre. Decidimos tomar un atajo por la ruta provincial Nº4. A los pocos kilómetros, volvimos a desviarnos y entramos en San Eduardo.

Llegamos a la estación de servicio. Es un poco rara: tiene un solo surtidor, antiguo e inútil, y la construcción que lo envuelve parece un chalet que alguien teletransportó desde las sierras cordobesas. Al sentarnos en el comedor pedimos el plato del día: bifes a la criolla.

—¿Estás cansado? —me preguntó Palacios y, sin esperar respuesta, dijo con vehemencia impostada—: Yo estoy cansado, pero igual no veo la hora de llegar y salir de joda. ¡Me quiero poner en pija y dármela en la pera, papá!

Su voz retumbó en el salón vacío.

La moza acaba de irse con los platos sucios. Nos dijo que si queremos podemos fumar adentro. Prendiendo nuestros cigarrillos, contemplamos la posibilidad de siestear antes de emprender la vuelta.

 

18:10 – RUTA NACIONAL NÚMERO 33 (KILÓMETRO 666)

El Corsa vibra. Vamos a 170 kilómetros por hora por el camino vacío. Anochece temprano hoy. En unas horas, si todo sale bien, vamos a estar en Rosario. Suena un disco de los Beatles en el estéreo. La lluvia amainó del todo.

—El otro mito sobre los viajantes es real —dice Palacios, con las dos manos al volante— Cada vez quedamos menos, cada vez es menos rentable, pero seguimos. Es que es una profesión muy libre. Mientras vos factures, podés hacer lo que quieras.

Le contesté que no sabía si llamar a eso libertad. Que a lo sumo era un reemplazo, algo bastante parecido, pero que no era.

—A esta altura del viaje, ya deberías ir sabiendo que “bastante parecido” es más que suficiente.

Asiento. Miro por el parabrisas. La pampasigue, siempre ahí, a los cuatro costados. El horizonte, en todas partes.