Del 73 a nuestros días le publicaron cuatro libros que en la actualidad son casi inconseguibles. Hoy sus poemas forman parte de antologías nacionales e internacionales y fueron traducidos a varios idiomas.

Amiga, compañera y hermana de la vida de quienes ya forman parte del terreno legendario de la poesía de la ciudad, el país y el mundo —por ejemplo, el rosarino Aldo Oliva y el mexicano José Emilio Pacheco, entre otros—, se sabe reconocida al tiempo que se reivindica como la señora de al lado.

Al escucharla nos abrimos hacia adentro —al decir de sus palabras— y finalizamos la nota conmovidos, contagiados de su propia sensibilidad vital.

Imágen: David Gustafsson

Yo solo veía del caballo oscuro

el lucero de blanco pelo

que le dividía la frente, la crin

tusada por la parcial visión, por el hecho

de no tener más ojos

que para ver esa estrella. Él

veía la majestuosa genealogía del pedigree,

el pelaje enjoyado por el “masaje”, el

cuidado amoroso, antes y después

de la carrera, el paso airoso,

la apuesta de la corazonada, la gesta, y

lo que yo puedo ver ahora

en el remedo, la copia -ex profeso inexacta-

que queda en la memoria: el juego

por el juego, por la lúdica

vida, la vana gloria, la herida

siempre enconada del recuerdo. Mi padre.

Un pura sangre, un quemante resuello

de hazañas y rodadas,

un destello de hielo

en los claros ojos. Siempre será

ese modo lejano de amar. La luna,

en un eclipse total, esta noche

que la tierra no la deja mirarse

en los ojos del sol, es fija

 de ese amor que me entenebra.

Caballos. A mi padre Francisco Antonio Aversa, en memoria.

Son las seis de la tarde de un jueves cualquiera de noviembre. Estamos sentados en el jardín delantero de su casa, ubicada en el sur de la ciudad, y una pequeña luz portátil ilumina la mesa en la que conversamos. Ni bien llegamos, un cortocircuito dejó sin luz a su hogar, así que la entrevista la hacemos bajo las últimas luces del día y las primeras sombras de la noche. Antes de empezar con la formalidad de las preguntas y las respuestas, Concepción lee el poema que encabeza esta nota. Le habíamos preguntado si tenía preferencia por alguno de sus escritos y eligió esta pieza hermosa: “A lo mejor me gusta Caballos, se lo escribí a mi padre que trabajaba como un animal y después se tiraba toda la plata en el hipódromo”. Minutos antes recitó La madre, una obra que es un libro en sí mismo y que podría formar parte la historia de la poesía del mundo. En ella investiga y piensa cómo otros poetas tallaron a sus madres, tal como los primitivos tallaron en piedra a la mujer como símbolo y deidad de la vida; la profundidad con que lee a otros escritores y el nivel poético que alcanza son cosas que conmueven.

Podríamos quedarnos hasta la medianoche para hablar de su obra, de sus vínculos con los poetas que ya no están —los grandes, como ella los llama— y de cualquier cosa importante de esta vida. No lleva mucho descubrir que es sensible y brindada a los demás.

En la habitación donde trabaja se destacan una vieja computadora prendida que deja ver mil archivos de Word y una biblioteca donde sobresalen libros de Joaquín Giannuzzi, Aldo Oliva y José Emilio Pacheco, cuyas portadas besa cariñosamente mientras los nombra y los recuerda: “Mi riqueza es haberlos conocido —comenta conmovida—. Ellos me han querido con mierda y todo, como se dice. Joaquín, José Emilio, Aldo, el Coco (se refiere a Francisco Madariaga). Todos me trataban tan bien… nos queríamos, éramos como familia, estaba esa sensación de estar entre pares que te quieren”. Luego nos explica que las más de diez cajas azules que se desparraman por el piso tienen adentro ochocientos libros pertenecientes a uno de los últimos concursos nacionales de poesía. Fue jurado y los leyó todos. No tiene dónde ubicarlos pero no los quiere tirar.

Queremos comprar alguno de sus libros pero apenas tiene algunos ejemplares que guarda para sí. Entonces nos presta Aria Da Capo para que lo leamos y podamos transcribir algunos de los poemas en la revista. Tenemos las manos nerviosas de apretar un tesoro que arde.

Una vez dijiste que la poesía es algo dado a una persona como lo es el tacto o la vista, aunque después eso se cultive y se trabaje.

Es algo constitutivo de lo que sos y lo que vas a hacer. Se nace con eso. La poesía es muy difícil, pero si tenés pasión por la palabra escrita no te la puede quitar nadie. Cuando mis hijos eran chicos, ¿a qué hora iba a escribir sino a la noche? A lo mejor me quedaba toda la noche despierta. Hubo veces que no he dormido. Pero no me cansaba, no estaba después todo el día hecha una pelotuda. Me decían el Ave Fénix.

Hay una frase de la Biblia que dice que no solo de pan vive el hombre, sino que también vive de Palabra…

Cuando hacés algo que amás se te llena tanto el alma que estás descansando también, no solo descansás cuando dormís. Cuando escribís algo que te gusta te vas del mundo, no existe más nada.

¿Cuánto tiempo trabajaste así?

Toda mi vida.

¿Sentías cierto sentido heroico?

No, porque lo que hacía no le interesaba a nadie, era raro para todo el mundo, después conocí a los poetas. Yo lo hacía porque lo amaba, desde la escuela escribo, era algo innato para mí.

¿Cuándo empezaste a publicar?

Me importó cinco pepinos publicar. No creía que iba a sacar un libro para que los demás lo lean, y de hecho me publicaron. Nunca pagué una edición. Ni en pedo. No sé muy bien cómo se fue dando todo. Hay cosas que se vuelan del mate.

El primer libro de Concepción estaba en un cajón de su escritorio y un amigo que lo sabía lo publicó en complicidad con su familia, sin consultarle ni decirle nada. El libro es De la piel hacia adentro y fue editado en 1973. Desde entonces comenzó a frecuentar y formar parte del grupo de poetas de la ciudad al que antes leía y admiraba en soledad. En 1983 sacó El vuelo inmóvil, en 1993 Citas y Aria Da Capo en el 2006. Su poesía está antologada en Argentina y el exterior y traducida a varios idiomas.

¿Qué pasó después de la publicación del libro?

Me empecé a conectar con los poetas, lo conocí a Aldo Oliva y me metí en el mundillo. Íbamos a Trilce, la librería de Jorge Isaías y Carlos Berrini que tenían en el Pasaje Pam, y nos encontrábamos ahí. Después nos íbamos todos a tomar café. Mis amigos me sacaban los poemas y los llevaban al diario La Capital y ahí salían.

Al recordar esto, Concepción trae a la charla una anécdota de aquellos años que definen sus lugares en el mundo: la gran poeta, por un lado, distinguida y reconocida; una vecina cualquiera, por el otro. Una diferenciación que, por supuesto, no es tal. Creérsela, según dice, no es algo que hagan los grades de la poesía. Aunque claramente pueda tal afirmación sonar a frase hecha, estar cinco minutos con ella basta para entender que es una persona cuya transparencia es total: su sensibilidad parece tocar ciertas fronteras de la experiencia humana.

“Sé que formo parte de un grupo de gente que es reconocida. Estoy en todas las antologías, vienen a verme de muchos lados, el otro día vino un chico de Venezuela y cuando se fue empezó a saltar de alegría, como si hubiera logrado algo extraordinario. Pero soy la señora de enfrente. Un día voy a la verdulería y veo que estaban envolviendo los huevos con un diario en donde había un artículo sobre un libro mío, y yo no sabía porque no compro el diario. Entonces le digo al verdulero que por favor me de esa página, que no la arrugue, que estaba yo ahí. Y me dice: ‘¡Qué vas a estar vos si vivís acá enfrente!’. Eso te ubica perfectamente. Yo soy la señora que vive enfrente”.

¿Cuándo empezaste a viajar con la poesía?

Ya de jovencita me empezaron a invitar de distintos lugares. He viajado mucho y muchas veces me tuve que pagar los viajes yo.

¿Tuviste ingresos económicos como poeta?

No. Jamás. Las clases las cobro pero no demasiado. Antes tenía muchos alumnos, ahora no tengo ganas. Cobro mi jubilación y no necesito más. Los poetas en general siempre fueron pobres y se han cagado de hambre. Encima a mí los premios no me gustan y no escribo para concursos. La poesía es muy profunda y a veces dolorosa. Pero si no hubiera poesía el mundo no existiría, nadie amaría.

¿Estás escribiendo algo ahora?

Ahora no. Hasta que no me venga el numen y me diga: “Tenés que escribir”, no lo voy a hacer. Tengo parates, no me obligo, antes me obligaba.

¿Cómo te resultaba eso de obligarte a escribir?

Me sentaba a esperar. A lo mejor no escribía una línea, tenía algo dando vueltas en la cabeza pero no me salía. La poesía es maravillosa porque en realidad es como un milagro. Yo he llorado arriba de un poema mío que salió bueno: en general uno nunca está contento con lo suyo, te gusta lo que escriben otros.

¿Sos creyente?

Sí. Además vi cosas cuando no sabía lo que eran, cosas que no se pueden contar porque la gente se te caga de risa.

Te lo preguntaba porque una vez dijiste que la poesía es algo sagrado.

Es algo sagrado, pero el pan es sagrado, tus hijos son sagrados, tus amigos lo son. Las cosas que uno ama son sagradas. Que la gente haya perdido el sentido de lo sagrado hace que el mundo sea la porquería que es. Hoy a nadie le importa el otro. Yo he cuidado a todos los enfermos de mi familia y a enfermos que no eran de mi familia también.

¿Es cierto que el poeta sufre más?

Yo conocí a los grandes poetas. Todos sufrimos como perros. Cualquier persona que está intentando plasmar algo es alguien hipersensible. Entonces todo te toca, todo te hace mierda. No especialmente lo que te pasa a vos, sino lo que le pasa al otro, pero en general nos pasa a todos lo mismo. Por eso la poesía te toca. Vos leés a los grandes poetas y te hacen mierda.

No le esquivás al dolor de la vida.

El dolor no te hace peor, te hace mejor. Con muy pocas personas ocurre lo contrario. Si fuiste amado de pequeño, ese amor te salva para toda la vida. Y todos los dolores que te puedan tocar los podés sobrellevar. Es más, yo me pongo más fuerte cuando alguien de mi familia se enferma y tengo que cuidarlo.

¿Te es más difícil escribir poesía ahora, o la experiencia te ayuda?

Es más difícil, porque las cosas que tenés que decir son otras. Antes yo me sentaba y escribía.

¿Trabajás con cosas más complejas?

No sé si se trata de algo complejo. A veces es doloroso, te estás como desangrando. Te mueve todo. Pero ayuda a sanarte. Eso que tenés adentro lo tenés que decir, te lo tenés que sacar.

¿Podés definir tu poesía?

Hay gente que inventa mundos, yo no puedo. No puedo inventar, no puedo mentir, no puedo decir nada que no sea cierto. Además no escribo para los demás sino lo que tengo que escribir, lo que hay adentro mío. Lo que sí tengo es el sentido de cómo se mueven los versos: cómo bajan, dónde terminan, cómo siguen, cómo se puntúan. Todo eso hace a la música del poema. No uso la rima común y corriente. Por ahí alitero alguna cosa, pero lo que me importa del poema es la música.

¿A qué te referís con que algo sea cierto, algo que sea verdad…?

Si es verdad lo que digo que me pasa, es porque le pasa a todo el mundo.

 

Dos poemas de Bertone

 

Guardería de viejas

Helas ahí, desandando sus años

hasta la remota niña hallada

en la razón perdida. Miguitas

tiernas o endurecidas, arrojadas

a los pájaros del error. En la locura,

envueltas en un vaho alcanforado, vago

olor a bálsamo del dolor apagado como

el fuego con fuego. En otro cuerpo

que fue bello

entre los brazos del amor. Alzado

para que los pies no pisaran el umbral

de la puerta de la alcoba nupcial (el rito

antiguo del buen augurio). Mi madre

entró doncella y caminando aunque

“blanca patérnica, roja amapola,

radiante esposa”: a su mal. Su estrella

buena se escondió esa noche tras

un biombo de nubes. Ahora

está sentada entre las viejas. Intima,

en el pathos de la luz y la sombra,

habla sola, se pierde en sus palabras,

en su memoria prófuga, deserta. Huye.

Se exilia en el olvido y me abandona

en esta delgada línea.

Yo volvería atrás para encontrarla

entre dos vocales, entre dos o tres sílabas

de la ternura materna. Al comienzo

del viaje de la carne

para albergarme nimia entre sus vísceras.

 

Viola de Amor

El trémolo del cristal. Otra vez

en la noche lo escucho temblar. Y sé

que bastaría buscar en la vitrina

para que su respuesta de amor acabara

siendo solo un fenómeno acústico.

Para mí que te busco, todavía,

en la caja donde resuena muriente

y me corto los dedos con la triza. Para mí,

que conozco el sonido de la mutua

atracción de dos cuerpos

capaces de vibrar al unísono. Breve

será. “Afuera llueve”. Y una copa

 se ha quebrado.