“Maestro y guía de muchos otros artistas que forman parte de la historia del arte de Rosario”. Así lo definieron en uno de los tantos saludos de despedida que recibió Rodolfo Elizalde tras su muerte, ocurrida en octubre de este año. Nacido en Bahía Blanca en 1932 y afincado en Rosario desde 1950, dio sus primeros pasos en el taller de Juan Grela, participó en grupos de vanguardia como Tucumán Arde y el Ciclo de Arte Experimental y desarrolló, desde el 60 hasta sus últimos días, una vasta obra pictórica, donde se destacan el paisaje urbano que pintó en los 80, el paisaje rural de los 90 y las flores y los interiores de la última década. Su obra, ya legendaria, es una verdadera búsqueda de la contemplación.

 

Imágenes: Archivo familia Elizalde (obras nunca expuestas)

 

“La pintura siempre fue para mí una necesidad vital. La pintura es mi tarea, mi deleite, mi alegría y mi desvelo. Y pinto siempre con lealtad para conmigo mismo y por lo tanto para con la comunidad, tratando de compartir con mi gente algo de lo mío que valga la pena”.

Así respondió Elizalde una vez que le preguntaron por qué pintar. Por eso fue que, siguiendo el ejemplo de grandes pintores como Grela, Ouvrard y Gambartes, decidió ganarse la vida como empleado y no trabajar de artista. Decidió comprometerse con la pintura y no comprometer a la pintura con exigencias exteriores: “No quise estar amenazado como suele ocurrir cuando uno tiene poco dinero, y hace lo que puede para buscar recursos. No quería llegar al extremo de tener que hacer pintura comercial. Yo iba a pintar lo que me saliera, fuera ridículo, elemental o lo que sea. Me jugué a eso”.

 “Tampoco pinté para un concurso —agregó—. Cuando participaba mandaba cuadros que ya tenía pintados; no puedo pintar para salones porque considero que no se debe hacer eso, no puedo pintar con una fecha de entrega”.

Elizalde llegó al taller de Grela de casualidad en 1958 y encontró allí el sentido de su vida. Hacía varios años que había llegado a la ciudad para estudiar ingeniería y esto es lo que recordaba de su carrera: “No sabía bien lo que era y no me gustaba, así que fijate vos qué alegría podría tener. Me importaban mucho más los muchachos que yo conocía en las pensiones y los compañeros”.

Durante más de cincuenta años abocado a la pintura, experimentó distintas temáticas y distintas formas expresivas. Atravesó también la época de la vanguardia y la exploración en espacios como el Ciclo de Arte Experimental en 1967 y el famoso Tucumán Arde en 1969.

De esta última experiencia, que fue documentada, expuesta en museos europeos y que motivó numerosos textos, Elizalde guardaba un afectuoso recuerdo por todo lo que había vivido y aprendido. Pero si uno se sentaba a charlar con él, se advertían más ganas de hablar de pintura —sobre todo de seguir pintando— que de rememorar una apuesta que, con toda su importancia, fue una apuesta más.

En esos años, junto a sus compañeros, decidió abandonar la pintura de caballete convencido de que tal cosa era asunto de burgueses. “En ese momento se pensaba lo que hacíamos como una estética, ahora uno lo puede discutir a eso”, recordaba al respecto y comentaba que, cuando agarró nuevamente un pincel, en 1976, estuvo durante diez años pintando prácticamente todos los días.

 

 

En los 80 se abocó al paisaje urbano y retrató viejos caserones de Pichincha que en su mayoría hoy no están —ya en esa época solían decirle: “Todas las casas que pintás las tiran abajo”—. En los 90 se conmovió con las formas y los colores de las plantas, los árboles y el cielo que ofrecen los paisajes rurales —iluminado, según sus palabras, por un romanticismo que está en uno, porque el romanticismo siempre está en uno— y desde el 2000 en adelante adquirió un tono más íntimo, dedicándose a las flores y plantas de su jardín y a los interiores de su casa.

“Lo que no me gusta es la imposición de ser original, que no tiene nada que ver con la expresión y la comunicación espiritual”, afirmó una y otra vez con mucho convencimiento. Advertía que aferrarse a una estética limitaba la búsqueda pues los puntos de partida y de llegada están ya prefabricados. “El tema y la manera de realizarlo, los colores y las formas, los voy plasmando en la tela hasta encontrarme representado en esa imagen”.

Cuando murió, acababan de descolgar una muestra colectiva en la Alianza Francesa, donde expuso junto a jóvenes artistas de Rosario y Rafaela, y en la sala de exposiciones del teatro El Círculo aún estaban colgados sus dibujos junto a los de Rubén Echagüe, Emilio Ghilioni, Hover Madrid y Clelia Barroso, grupo de artistas plásticos del cual Elizalde era el quinto integrante.

Su vitalidad, claro está, era la misma ahora que cuando dio sus primeras pinceladas. Para abril del 2016, tenía ya programada una exposición de sus últimos óleos: una serie de trabajos inspirados en los interiores de su casa.

A continuación, reproducimos una entrevista que le realizamos en el 2010 y que nunca fue publicada. Antes de que comencemos con las preguntas había advertido: “Puedo responderte con la misma esperanza o estimación de certeza con la que puedo opinar sobre la pintura de otro. Son terrenos que uno no maneja muy conscientemente”.

¿Cuáles son las cosas que aprendiste de la existencia a través de la pintura?

Creo que la vida vale la pena vivirla, o es necesario vivirla, a través de algo a lo que uno se dedica o que persigue. No quiere decir que uno se tenga que dedicar toda la vida a lo mismo, pero sí hacerlo con gusto y con compromiso. Y me refiero a un compromiso para llevar a cabo las cosas hasta sus últimas consecuencias, incluso defenderlas con el nombre de uno. Si sale mal, joderse. Por otro lado, vivir a través de la pintura permite tener relaciones comprometidas; en determinado momento hay que hacer solidaridades, alianzas, y eso une y divide a la gente, tiene su aspecto político. Obliga a tomar posición.

Creo que todo acto es político, toda decisión que uno toma involucra un accionar en el mundo. ¿Pensás que hay en tus actos, ya sea en tus obras o en los lugares donde exponés, cierta rebeldía?

Mi pintura no es de una rebeldía a través de una ruptura profunda, de un quiebre en la sociedad en que vivo. Creo que hay una propuesta de profundizar y dedicarle mi vida a otras cosas que no son habituales en esta sociedad. De existir en mi pintura disconformidad, está manifestada tal vez de forma implícita. No es literaria, no es declamatoria. Le tengo un aprecio íntimo al camino que se labra a sí mismo una persona, un grupo o un pueblo, porque lo ha elegido y le gusta seguir ese camino que le pertenece. No es mi idea hacer una propuesta ostensible o gestual como si fuera un afiche que cita a la huelga o a marchar a plaza de Mayo, no se trata de eso de ninguna manera.

¿Y respecto a los lugares donde exponés?

Se trata de los lugares convencionales e impersonales que existen en Rosario en este momento. Dispongo de la amistad de muy buenas personas con las cuales yo estoy en exclusiva ahora. De cualquier manera, podría exponer en otros lugares aunque no sean espacios destinados a eso.

¿Podrías definir tu obra?

No soy un teórico. Sé que no tengo una estética por delante cuando trabajo. Me interesaron los lenguajes, me interesó la pintura geométrica, por ejemplo, y me puedo acercar a ciertos temas. Actúo espontáneamente, si se me ocurre hacer algo lo hago sin ningún problema, puede ser por razones sentimentales, afectivas. Siempre elegí los temas así, nunca tuve una estética que me arrastrara a un lenguaje o a una temática. Por el contrario, tengo una gran satisfacción íntima, te diría un desafío personal silencioso, al elaborar las ideas que me surgen.

En gran parte de tu obra está ausente la figura humana. ¿Qué pensás de eso?

Si vos dibujás una flor o un zapallo no hay tantos requerimientos de representación, porque los zapallos son distintos, las flores también, si hacés una paloma y no te sale una paloma, es un pájaro y listo. No hay tantos controles. En cambio la representación humana es muy tiránica, sobre todo el retrato. Prefiero la libertad para disfrutar del lenguaje plástico. Por otro lado, pueden existir razones que yo no percibo, o que puedo sospecharlas sin tener las certezas.

¿Hasta qué punto tu pintura llega a expresarte como sujeto? ¿Qué aspectos tuyos ves reflejados en tus obras?

Eso hay que preguntárselo a otra gente. Yo te podría contestar que soy lindo como mi pintura —risas—. No sé bien cómo figuro yo, con todos los defectos y las lacras humanas que tengo, en mis cuadros. Yo soy una persona más y no sé qué sale de mí ahí.

 

 

Borges decía que él se veía mejor expresado en la obra de sus maestros que en la propia. ¿Vos en la obra de quién te ves reflejado? Ya sea pintor, poeta…

Te puedo decir de Picasso, por ejemplo. Él como tipo no me gusta mucho, pero fue alguien muy inteligente que ha calado cosas como nadie. “Yo no busco, encuentro”, dijo. Es muy inteligente eso, me gusta mucho ese aspecto como sus obras de cubismo analítico, que es una pintura íntima, refinada, hecha con absoluta dedicación y atención, con todo lo que se puede esperar que ponga una persona para hacer algo. Además, con todo su talento creativo, claro. También me gusta mucho el Greco, me emocionan los grabados de Rembrandt y me gusta la pintura de Braque, que fue un tipo que elaboró junto con Picasso el cubismo.

¿Recordás algo que te haya conmovido de tus maestros de pintura, más allá de lo que aprendiste técnicamente?

¡Cómo no! Yo tuve un maestro de pintura, que fue Juan Grela, y creo que lo que menos nos enseñó fue pintura, a pesar de que fue un montón lo que nos enseñó de pintura. Él era una persona con la cual vos podías estar de acuerdo o en desacuerdo, pero tenía una propuesta integral para la vida… Internaron a la señora de Grela una vez en un sanatorio, nosotros hacía poco empezábamos a ir a su taller. Fuimos a visitarlo al sanatorio y él nos decía: “Acá no puedo leer, no puedo hacer nada, tengo que estar nomás…”. Le pregunté si tenía radio y como dijo que no al día siguiente le llevé la mía. Cuando volvió a la casa me regaló un grabado por eso. Yo no me puedo olvidar de esas cosas.

¿Y hubo algo que llegó a decepcionarte?

Decepcionarme, no. Me he llegado a pelear con Grela, y no una vez, dos —risas—. Cuando yo dejé de estudiar con él nos hicimos grandes amigos. Fue un interlocutor irremplazable, hablábamos mucho de pintura y de otras cosas también. Y había cosas con las que yo no estaba de acuerdo, a veces discutíamos; y como él se creía en la obligación de decirte lo que pensaba sobre vos y sobre tu obra se exponía mucho. Y yo que soy engranadito, a pesar de lo que lo quería me terminé peleando dos veces…

 

 

En uno de tus libros acompañás el dibujo de unas rosas con una frase de Miguel Hernández que dice: “De la contemplación nace la rosa…”.

Miguel Hernández me hace doler el alma. Mencionar su nombre es estremecerme. Es una persona a la que le tengo un cariño y un respeto… Y apenas si vi una foto y leí dos libritos. Él padeció un martirio, no solamente por política sino humanamente porque era una persona de un registro sensible muy especial. Entonces poner en el libro algo sobre la contemplación de boca de él para mí es a la vez un homenaje y una compañía que yo elijo para mis intimidades.

¿Y el hecho de contemplar qué es para vos?

Soy muy mirón. Era chico, íbamos a la playa allá en Bahía Blanca y me podía quedar cuatro horas mirando el mar, porque el mar cambiaba; pasaba una nube y era de un color, salía el sol y el color era otro. Era una película para mí, era como ver cine. Me gusta mucho ver las cosas que cambian; cómo crecen las hojas de los árboles, cómo las hojas se caen, cómo se hace la noche. El atardecer me cautiva porque es un cosa que se transforma en otra, eso a mí me gusta mucho.

Una vez dijiste: “Tenemos muy poca práctica en la observación directa por nuestros propios medios. Necesitamos mucha autorización para acercarnos a las cosas”. ¿Por qué lo ves así?

Hemos sido muy reprimidos y no nos reconocemos el derecho de tener una opinión. Tenemos que tener la humildad de saber que nuestra opinión es enclenque y provisoria, pero hay que tener una opinión. Yo no voy a hacer un curso de política para saber a quién voy a votar ni por qué. Todavía tenemos una educación muy represiva. Aunque no nos peguen como antes, todavía hay un timbre, hay que sentarse de determinada manera. “Pórtese bien, cállese la boca…”, eso existe todavía. No sé como tendría que ser la educación porque no soy educador, pero hay cosas que no pueden ser más.