¿Qué son los baños de los bares, plazas, parques y terminales? ¿Quiénes concurren allí? ¿Qué se hace ahí dentro, en definitiva? Historias y reflexiones de los lugares más escondidos y concurridos de la ciudad.

Imágenes: Matías Buscatus

El bar Chaco, Mitre y Tres de Febrero, funcionó hasta el 2000; era un bar ambientado como una taberna española porque sus dueños eran españoles. Tenía una carta que era un libro gordo. Durante el día iban los de la zona, comerciantes, gente que estaba de paso, en el barrio había muchos geriátricos y el bar se llenaba de viejitos, de esos que se leen todos los diarios. De noche cambiaba mucho; cuando yo lo conocí, a fines de los setenta, no tenías lugares abiertos hasta la madrugada o las 24 hs., y en el Chaco recalaban los náufragos, los perdidos, los tacheros, los bohemios, los músicos, los comediantes y las putas, toda persona que trabajara de noche hasta tarde. Si querías comer un plato de comida caliente ibas ahí.

Los baños estaban al lado de la cocina, todavía no estaban estas ordenanzas que los separan. Creo que era difícil que existieran peores baños que esos, eran pozos en el piso, con un olor a amoníaco que a veces llegaba hasta el salón. Los baños se caracterizaban por los mensajes, por los teléfonos, por las declaraciones de amor, por los forros tirados y las paredes escritas con mierda, por los hijos de puta que meaban afuera a propósito y por los que cagaban en el tacho de basura, porque que los hay, los hay —a título de qué todo eso no sé, aunque creo que para muchos son pequeñas transgresiones que los hacen felices, qué va a ser…—, y el Chaco se llevaba todas las palmas. Entrabas al baño y te encontrabas tipos tocando la guitarra en medio del cago ese. Era un reino de lo imposible, lo que menos te esperabas te lo podías encontrar.

Tiempo atrás, cualquier bar del centro de Rosario era un poco así. Hasta hace poco los que se caracterizaban por ser los peores eran los que rodeaban la plaza Sarmiento y toda esa zona. No había peor odisea que internarse en esos lugares hediondos, creo que muy poca gente cagaba ahí, solo la que estaba desesperada, vivía en la calle o laburaba todo el día, gente que se iba de su casa a la mañana y volvía a la noche. Hay muchos deambulando que en los tiempos muertos se meten en los bares porque no tienen lugar para lavarse los dientes y cagar: esos son los usuarios más fieles que tienen los baños de los bares.

Yo conocía muchos lugares donde no había en qué sentarte, yo conocía todas las épocas de los agujeros en el piso; si los mirabas desde arriba era verdaderos baños impresionistas. Y había que embocarle al agujerito del piso, tenías que practicar. Y en los que había inodoros, todo el mundo decía, en joda, pero con cierto dejo de realidad, que si te sentabas te podías infectar por la mugre que había.

La función social del baño pienso que tiene que haber sido siempre la misma: permitir hacer aquello que uno siempre hace escondido: una transa, un pico, un cago, cualquier cosa que uno hace evitando ser visto. El signo de los ochenta fue transa, transa y más transa. Ibas a los baños y era eso. En esos lugares horribles se transaba como si fuera una oficina.

En los noventa empezaron a poner trabas en las puertas, para dar un poco más de intimidad y que se pudiera tomar merca tranquilamente, verdaderas tertulias se armaban: tomala vos, dámela a mí. Narigazo va, narigazo viene, nos instalábamos ahí como si fuera un boliche, totalmente ajenos a las minas y la música, cuando salíamos por ahí ya terminaba todo. Yo lo que veía en aquellos años eran todos los baños no cagados sino vomitados, vómitos por todos lados. Se chupaba descontroladamente y era común encontrar gente tirada todo el tiempo.

Mi registro de los baños es ese. Está sobre todo vinculado a la locura, a cosas tristes, a personas desmayadas o personas encerradas, también a las confesiones.

En el 2000 empezaron a fijarse normas que tenían que ver con la apertura de los bares nuevos, ahí se establecieron condiciones de higiene. Recuerdo que el Chaco, para seguir abierto, tuvo que modificar todo.

Un baño memorable era el de la estación Rosario Norte, era una pieza para trescientas o cuatrocientas personas. Cuando llegaba el Estrella del Norte, que iba de Tucumán a Rosario, con gente que venía demorada, mucho tiempo arriba del tren y comiendo cualquier cosa, entonces bajaban en malón. Imaginate el desborde: todo chorreaba en los pisos, todo estaba tapado, en los inodoros todo flotaba y se caía… y como no había otro lugar seguían haciendo sus cosas igual. Ahí no había intimidad, no había un dale apurate salí, tenías que ser un maestro zen para hacer tus necesidades.

Rosario no tiene prácticamente baños públicos. El más famoso es el de la plaza Sarmiento, y es famoso más que nada por su vida sexual, igual que el del parque Independencia, que lo cerraron y abrieron varias veces. No funcionan como baños sino como lugares de encuentro. Nunca podías entrar, porque si entrabas no salías…

Lo que siempre me gustó es entrar ahí y encontrarme con cosas sorprendentes escritas en las paredes, declaraciones de amor, ofrecimientos sexuales, groserías, muchas bromas: una de las más comunes es dar el teléfono de otra persona y pedir que llamen.

¿Pero por qué alguien se mete y escribe en esos lugares? ¿Qué piensan cuando escriben ahí? ¿Piensan en los que lo van a leer, en quienes circulan allí? Llama la atención que se deje un mensaje de amor en un lugar de defecación, en un lugar de paso, de tránsito efímero. Tomarse el tiempo, en medio de la cagada, de los olores y del encierro, para pensar en el amor y dedicar algo a alguien ¿Con qué tendrá que ver?, ¿por qué ahí? Entiendo más las groserías como dibujar un pijón, un culo con un pito adentro, pero una declaración de amor que la van a leer otros, no la persona que amás, porque esa persona nunca va a entrar y ver eso… 

Un baño de posmodernidad

En los ochenta había boliches gays donde los baños eran un quilombo, eran zonas liberadas, pero eran territorio de una comunidad específica. A finales de los noventa, donde ahora está Gótica, hubo algo medio snob, un lugar que se llamaba El Reino, y que era un boliche donde valía todo y donde antes había una iglesia. Ponían música electrónica, no había prácticamente luces, los baños eran mixtos y como había gente muy heterogénea la mezcla era total; los baños parecían Casanova de Fellini. Mientras unos cagaban, otros garchaban, las minas meaban con las puertas abiertas, los hombres meaban en cualquier lado. Yo de eso nunca participé y la sensación era media ambigua: por un lado, de sorpresa y descubrimiento, parecía en ese momento que eso era un ideal de amor libre, pero al mismo tiempo, como no participaba, entendía lo grotesco de la situación, lo desesperante. Desesperante porque era urgente: un coito al paso, en el medio de un baño con gente que iba y venía mientras otros cagaban. De afuera me parecía un tanto superficial, aunque otros pueden decir que es algo natural. Quizás si hubiera participado de eso tendría otra mirada.

Actualidad del asunto

Un baño que se las traía era el del bar New Tito, que estaba frente al PAMI y que apestaba a merca. Pero ya con menos escritos, más vacío y despersonalizado; los otros tenían cosas que daban rastros de la gente, estos estaban dominados por los que entraban a tomar y salían volando, ya ni siquiera se compartían los baños. Era todo en la inmediatez y la fugacidad, ya no ibas a ver a cinco que salían de un cubículo después de estar dos horas metidos.

Los baños también eran lugares de encuentro gay, pero estaban concentrados y por eso eran más descontrolados. Ahora todo está más segmentado, cada bar tiene una orientación específica (1): donde se intercambian parejas, donde están los taxi boys, donde van los maricas pop onda chicos bien. Antes esa clandestinidad, que era necesaria, los juntaba, y ahí se transformaban en las locas que querían ser. Ahora está bien visto mostrarse. Fijate que hasta hace unos años estaba El Beso, un after muy heterogéneo donde había travestis, choros, dealers, pibes bien que no sabían dónde terminar la noche. Y ahí todo estaba expuesto, no había nada que esconder. ¿Para qué se iban a meter en el baño? Y así como antes apenas se conocía la droga, hoy por conocimiento hasta tiene cierto glamour curtir. Y se consumen también otras cosas, como el éxtasis, el cristal y las metanfetaminas, drogas sintéticas que jamás te llevarían a encerrarte.

(La nota está armada gracias al testimonio de Roberto, cirujano de 50 años)

 

La valentía

(Testimonio de Amalia. Socióloga. 85 años)

Cuando entraba a los baños y los veía llenos de escritos, sobre todo en referencia a cuestiones sexuales y a riñas entre mujeres, me llamaba la atención la sordidez de los mensajes. Te estoy hablando de baños como el de la Facultad de Filosofía y el de la Biblioteca Argentina, aunque también de baños públicos.

Yo me preguntaba: “¿Por qué se escriben estas cosas acá?”. Vos veías a las chicas cuando salían y eran todas muy elegantes, sobre todo en Filosofía, no asociabas su imagen con lo que escribían.

Eran otras épocas, ahora las mujeres son mucho más libres y no necesitan dejar esos mensajes, que pienso que eran una especie de desahogo sexual, una manera de expresarle al varón, al que a veces nombraban con nombre y apellido, su amor, su deseo. Al principio me espantaba, pensaba: “¡Qué porquería esto que escriben!”, había cosas que ni me animo a decir, mucho sobre chupar.

Pienso que los escritos eran consecuencia de la represión sexual que vivíamos las mujeres. Nosotras estábamos criadas en una especie de educación romántica, donde el sexo parecía una cosa que no intervenía en el amor, y eso era una cosa muy mentirosa.

Había chicas mucho más valientes, en última instancia, que eran capaces de expresarlo, aunque sea en los baños, porque era el único lugar donde no podían entrar los varones. Estas son situaciones de otra época. Todavía sigo viendo escritos, pero más que como relatos amorosos, como conflictos entre mujeres.

 

Cagadas

Por S. B.

El bar de Sarmiento y Mendoza fue un barco náufrago hasta el día que lo cerraron: era un bodegón de borrachos, putas, manejeros y extraviados. Los baños estaban al fondo de un pasillo de varios metros y, si la puerta que separaba el salón del patio quedaba abierta, todo se inundaba rápidamente de un perfume que evidenciaba las peores ingestas de la ciudad; algunos parroquianos aguantaban el olor y otros se levantaban y cerraban la puerta.

Entré ahí por primera vez con Leo, un músico de la ciudad, y el viejo Rubén, un borracho romántico que frecuentaba los bares. Cuando Leo fue al baño volvió al toque: “Es un asco mear ahí. En el inodoro hay un sorete enorme”, dijo indignado con la meada todavía dentro del cuerpo. “A mí no me molesta, al contrario, yo me divierto tratando de romper el sorete con el chorro de meo”, respondió Rubén y encaró a descargar.

Los baños de la Pizzería Argentina eran bastante más limpios, aunque con algo de olor y unos azulejos celestes que le daban un tono depresivo y fatal. Mientras el mozo me daba permiso para pasar yo sentía como una mierda líquida y calentita me llenaba los calzoncillos; había estado tomando mate toda la tarde y, de regreso a mi casa, resistí dos desaforados intentos de evacuación que mi organismo había decidido realizar: todavía era de esos que no usaba otro baño que el mío. Como no había papel, sacrifiqué las medias y dejé el calzoncillo flotando sobre el inodoro.

En la vieja Buena Medida, tuve que usar una hoja de la carpeta de la escuela. En esa época estaba en la secundaria. Al tiempo que expulsaba una sopa de mierda aterrorizado como pocas veces, concentraba mi mirada en una viejísima calcomanía radical con el apellido de un candidato a presidente. Cuando me limpié el culo, agradecí que mi vieja me comprara las baratas hojas transparentes marca Cualquiera y no las duras y gruesas Rivadavia. Aquel baño era enorme, raro en su disposición, de pálidos azulejos amarillos cuya unión estaba ya negra de mugre y humedad.

Pero las cosas estaban cambiando. Estos lugares, que al parecer no le dieron mucha bola a las mejoras sanitarias que a principios de los noventa derivaron de la prevención del cólera, terminaban de desaparecer. Rosario se convertía en una ciudad turística y fashion, con bares de luces fluorescentes y platos gourmet. Claro que ahora es más cómodo cagar para quien anda todo el día en la calle, aunque no todos los bares prestan sus baños. No es mala idea, para quien siempre carga un bolso o una mochila, llevar encanutado un papel higiénico. No sea cosa que nuestra propia mierda —cuándo no— termine haciéndonos pasar un momento de mierda.

  1. Hoy es raro que un cheto vaya a un lugar de barrio y viceversa; aunque nadie les impida el paso son ajenos a esas realidades. En los baños de terminales, de bares del centro y de parques vi encuentros de distintas clases sociales, donde la oferta de petes era terrible. Se bajaban de autos caros y se metían en la promiscuidad más sórdida. Hoy no hay necesidad. ¿Para qué exponer tu vida? En esos cruces de clases se manejan códigos y necesidades distintas: uno tiene la necesidad del deseo y otro tiene hambre, necesita plata.