“Hoy se sabe todo lo que se ha vivido en Rosario. Drogas, ajustes de cuentas, ladrones y sicarios. No hace mucho que salí, pero me siento en libertad. Soy feliz. Puedo contar lo que viví. Me han volado una mano, tengo como siete disparos en el cuerpo. Bueno, no me han matado. Todos los personajes de Tablada que hoy salen en los diarios con condenas de veinticinco años eran amigos míos. ¿Cómo contar esta historia? Si la televisión dice una cosa, el partido político otra. Siempre pensé que el ignorante era el del barrio y los inteligentes la gente del centro. Pero con el tiempo me di cuenta de que era al revés. Los del barrio sabían bien la verdad: saben que la droga arranca en el ‘80 y no hace tres años. Que en el ‘90 ya robábamos carteras, hacíamos escruches y metíamos caños, que en el ‘95 nos pusimos más agresivos entre ladrones y policías… Todo se fue convirtiendo en una selva”. Historias de vida: Horacio el Tuerto Flores.

Imágenes: Matías Buscatus

Dichoso el que alejado de los negocios

y libre de toda usura,

como los primitivos mortales,

trabaja los paternos campos

con bueyes de su propiedad;

ni le despierta en el campamento

el aviso de la cruel trompeta,

ni le intimidan las borrascas del iracundo mar,

y evita por igual los pleitos del foro

que los soberbios umbrales

de los ciudadanos poderosos.

Horacio. Epodos II.

Año 2001. Cárcel de Coronda. Pabellón de máxima seguridad. Celda de aislamiento número 5.

Estábamos días, semanas enteras o meses sin salir. Te daban la comida por el pasaplatos. Chau. Aislados totalmente. Y de a uno. Peor porque estando solo la depresión y la mente te juegan en contra. No tenés mate, no tenés cigarro, nada; comés pan de a pedacitos al lado de la letrina… Era una de esas noches de verano, no podía dormir y contemplaba una luna desde mi ventana hacia la isla; la cárcel está al borde del río y desde ahí la ciudad de Diamante se ve como una luz lejana. Miraba una luna redonda, brillante y bien blanca, hermosa luna. Y era tan grande que parecía que la tenía cerquita. No sé por qué ese año la luna estaba tan cerca, me llamaba mucho la atención y no dejaba de mirarla. Tengo la costumbre de mirar para arriba. Costumbre de mirar las estrellas. Siempre estoy mirando más para arriba que alrededor, ya le saqué importancia a lo de alrededor. Y en ese momento interrumpió la luna, durante segundos, algo de forma humana, pero con alas. Volaba. No le di mucha importancia. Pero me asustó. Lo vi bien y no era un pájaro. Tenía piernas largas y manos largas.

Esto no es algo normal. No se ve. Es imposible contar esto que te estoy contando. La gente te toma por loco. Esto fue como un regalo para mí. Igual que mi encuentro con el Lobizón en el barrio de Tablada. Yo he escuchado ese cuento desde mi tatarabuelo y qué sé yo. Pero cuando lo choqué me di cuenta de que es tan real que es inexplicable.

¿Cómo contás esto? ¿Cómo describís algo inexplicable para otro? ¿Cómo relatás algo que otro no vio? Una y otra vez vivo cosas que no son explicables. Por eso te digo que es como un regalo.

***

Años ‘80. Barrio La Tablada.

De vez en cuando lo veo a quien me enseñó a robar: el Colorado Legiasi, Karateka le decían. Consumía mucha droga y fue a parar al barrio de Tablada. Ahí lo conocí. Y como andaba con mucha plata, monedas de oro y todo eso, me le pegué. Por él conocí el robo, era uno de los mejores de Rosario. Me enseñó y me pasó como una maldición. Esto en el año ‘86. Caminamos juntos tres años, hasta que se retira y arranco yo. Ahí quedo como jefe. Después de varias condenas en la cárcel quedó mudo. Fue medicado, como Tanguito, ¿viste?, que estaba en un lugar donde lo medicaban y lo medicaban y lo medicaban hasta dejarlo con la baba colgando.

Mi familia siempre fue derecha, el único que salió torcido fui yo. Nunca me agradé con lo que hacía: no es correcto. Pero lo correcto no es que yo tenga necesidad…

***

Año 2000. Cárcel de Coronda. Pabellón de máxima seguridad.

Todos los días. Todos los días nos cagaban a tiros. Los canas tienen la costumbre, a las once de la noche, de meterte en los pabellones. Gritan siempre “Cerrando” y uno por ahí dice: “No, no nos encerramos”. “¡Cierrensé, carajo!”. “No. No nos encerramos nada…”. Llamaban a la guardia armada, aparecía un alcaide con escudos, escopetas y te cagaban a tiros. Era una costumbre. Y nos gustaba. Nos gustaba. Era lo más lindo del día. Prendías colchones, tirabas con el mate, tirabas con naranjas. Les hacías la guerra. Te desahogabas de tanto encierro. Era alucinante. Mirá vos qué lindo…

“En aquel momento la población de Coronda se encontraba al límite de su capacidad, con dos detenidos en celdas donde solo debía haber uno. El total de la población llegaba a más de 1200 personas. Los alojados en los pabellones de máxima seguridad no tenían acceso a ninguna actividad recreativa ni laboral. Por otro lado, vanas eran las denuncias de apremios y torturas que los presos realizaban. Respecto a la salud, en varias oportunidades los internos que solicitan atención médica urgente reclaman durante horas a los empleados ser atendidos sin que exista una respuesta rápida y eficaz como lo requieren casos de quemaduras, intentos de suicidio, heridas, crisis respiratorias”. (Fuente: “Informe sobre la visita a la cárcel de Coronda”. Fecha: 11/06/2002 De: Editor Equipo Nizkor)

***

Década del ‘90. Rosario. Una ola de robos asola los edificios del centro de la ciudad.

Yo acechaba el centro. Robé todo el centro, todas las jurisdicciones. Conozco mucho de jurisdicciones, sé a cuál corresponde cada zona, qué calles son los límites. Actuaba en ese límite, me iba de la 1º a la 3º y de ahí a la 2º. Después disparaba a la 7º. El Comando Radioeléctrico, que no tiene jurisdicción, me seguía por los hechos, así que laburábamos con handy, escuchando la radio del comando. “Están robando en un departamento de calle San Luis y Roca”. Entonces nos íbamos, y pasábamos a otra jurisdicción. Cualquiera tiene acceso a esa radio, la escuchan los remiseros, nosotros escuchábamos todo lo que pasaba en la ciudad de Rosario. Todo el día. Así buscabas estrategias para no perder.

Todo se hacía lo más rápido posible: violentar la puerta, ir hacia la habitación, donde supuestamente está el dinero, y chau. Iba a los edificios más bacanes. Parque España, Parque Urquiza, Francia al fondo, zona de Tribunales. En los lugares donde hay dinero hay un cierto nivel de gente, entonces yo iba de traje. Eso me zafó un montón de veces. Cómo es la apariencia, ¿no?, la apariencia de un hombre es la sospecha del otro. Si veían entrar a un ciruja a un edificio de alta gama lo sacaban cagando… Me fascina andar de traje. Será porque tal vez quise tener un nivel social que no tuve. Ahora el saco lo uso para ir a la iglesia.

La gran mayoría de los robos presentan características similares: alguien irrumpe en el departamento cuando sus dueños no están presentes y se retira del lugar sin causar mayores destrozos, llevándose dinero en efectivo y objetos de valor. Los diarios comienzan a hablar de “El escruchante del centro”, “El hombre araña” y “El hombre de los dos mil robos”, un hombre que llevaba cometidos casi dos mil hechos y al que no podían agarrar. La policía, desconcertada, todavía no sospecha nada del Tuerto Flores.

Soy escruchante, que significa sin víctimas. Códigos de ladrones. Hoy te rompen la puerta con la moto, se meten para dentro y te ponen un caño en la cabeza. Se volvió más agresivo el escruche. Termina siendo robo calificado, secuestro. Yo nunca agarré del cuello a nadie, ni nunca até a nadie. Tocaba timbre, si no me contestaba nadie, rompía la puerta y entraba. Si me contestaba alguien me iba.

Mi modus operandi era tarjetas telefónicas, alambres y cinta scotch. Era experto en cerraduras y en alarma. Cuando empecé a robar en el ‘90 no existía la vigilancia privada, no existía X28, no existía Pentágono, todos esos me deberían dar una comisión, los desgraciados.

Si hablamos de un edificio de diez pisos, con dos departamentos por piso, o cuatro departamentos por piso, estamos hablando de cuarenta familias que no se tratan entre sí. El del cuarto no se habla con el del décimo ni el del segundo conoce al del octavo, son tan estúpidos que no se hablan entre ellos, así que ingresa cualquiera. Y vos entrás y le decís: “No, si yo vivo en el séptimo piso”. Yo jugaba con eso. Y cuando se descuidaban… Una noche me llevé hasta dieciocho pisos de un edificio frente a tribunales. Usé guantes de goma para que no haya huellas digitales, entré a las seis de la tarde y me llevé un paquete de cigarros y una coca y me fui a la azotea. Me quedé ahí hasta que se hicieron las once de la noche. Me llevé dieciocho oficinas: oro, computadoras, seis revólveres 35 —revólveres raros—, trajes, plata y cheques para tirar para arriba. Me acuerdo que había un juez que se quedó con la secretaria y se la estaba re cogiendo, ponían música fuerte. Otra vez le di a Natale. Abrí el ropero y había un sobre con 10.000 dólares y oro; relojes, anillos, zarzos. Nunca había visto tanto oro como tenía este hijo de puta.

Viví muchos años de ese oficio, laburando solo los fines de semana. Entraba al edificio y de la azotea iba bajando piso por piso. Si por ahí el fin de semana era largo, era viernes y hasta el martes había feriado, y sabía que no iban a venir, me llevaba hasta cuatro departamentos por edificio. Y con el botín, bueno, los días de semana eran droga, cabaret y casino. La plata de mala vida se va más rápido: “¿Querés dos mil pesos? Tomá, llevate tres mil”. Si total no era nada…

***

Año 2002. Cárcel de Coronda. Los reclusos se adueñan de los pabellones 6, 8, 10 y 12 durante más de seis horas. En la pelea mueren dos internos, identificados como Iván Moscada y Claudio Antonio, y tres guardiacárceles terminan con lesiones leves. Este es el primero de una seguidilla de cuatro motines. El último de ellos, en el 2005, termina en masacre: trece reclusos son asesinados a sangre fría.

Los motines siempre se generan por una pelea. Hay un código ahí adentro: “Entre nosotros no. Vamos a darle a la policía”. Y ahí arrancan treinta, cuarenta o cincuenta pibes. El celador no aguanta la presión, lo atropellan, tira las llaves y chau, le ganan la puerta. En ese momento lo primero que hacés es armarte con dos chuzas como podés, una buena frazada para aguantar, poncho se le dice, y cubrirte la cara para que no te reconozcan. Nada es planificado. Todo es espontáneo. Todo sale en segundos.

Ese día le sacan la llave al celador y logran abrir el pabellón. Salimos todos a los pasillos y se empiezan a abrir los pabellones. Era como una película: ciento cincuenta guardias con Ithacas tirándonos balas de goma. Nos cubríamos con un colchón, o con las tapas de los freezers, y avanzábamos, obligándolos a ellos a retroceder: éramos trescientos o cuatrocientos pibes. ¿Cómo nos parabas? Te unís y ellos retroceden hasta que los vas sacando fuera de la cárcel y lográs ganarla.

Llegamos hasta la entrada principal donde están ellos, cubriéndonos la cara porque toman nota de quién sos: alguien tiene que pagar todo ese destrozo. Vos vas hasta la puerta y observás que ellos tienen el control hasta ahí. Ahí se empezó a decir: “Ciérrense que ya terminó el motín”. Nos habían cortado el agua y la luz. Y sin comida no podés resistir. Se sabe de antemano que este es el final. Pero se hace a modo de respeto, como para marcar que no manda el carcelero, manda el preso. Los abusos de ellos logran motines días tras día. Y meterse con la persona inadecuada puede generar un motín.

Me acuerdo que ese día un pibe, un tal Moscada, cae al lado mío. Lo agarramos entre cuatro pibes y lo volvimos a llevar al pabellón. Tenía un agujero raro al lado de la tetilla. Las balas de goma no producen eso. El pibe se empezó a poner pálido y todos gritaban por un médico. Yo lo tocaba y se iba poniendo frío. Era la primera vez que estaba frente a un cuerpo cuya alma lo abandonaba. Las plantas de los pies eran violetas. Yo levanté la cabeza y les dije a todos: “Se murió”. Y todos miraban entre gases lacrimógenos.

***

Año 1996. A partir de un robo frustrado la policía comienza a seguirle el rastro de cerca a Horacio Flores.

Una vez rodearon un edificio donde estaba y bueno, “Entré porque la puerta estaba abierta”, les dije. “Pero si vos no vivís acá, ¿qué estás haciendo?”.

Fue en Sarmiento y Catamarca. Me meto, rompo el cuarto piso, robo, salgo y entre el tercero y el cuarto se traba el ascensor y no podía abrir la puerta. Un vecino se acerca y dice: “¿De qué piso sos vos?”. “Del cuarto”, le digo. “Hay un departamento roto ahí. Ustedes son los ladrones”. “¿Qué ladrones?, boludo, abrime”. El tipo llama al comando. Al toque viene y dice: “Están rodeados ustedes”. “Dale, mogólico, abrí la puerta, soy vecino tuyo, boludo”. “¿Cómo te llamás vos?”. “Armando Esteban Quito”. “Ah, me agarrás para la joda. Ahora vas a ver…”. Me acuerdo que estábamos sentados con mi sobrino esperando que abran la puerta, porque ya no aguantábamos más ahí encerrados y pensábamos: “¡Cómo vamos a perder así!”. Y miro una perillita que decía “PARAR”. Se ve que sin querer yo la había tocado. Así que la moví y arrancó el ascensor. Llegamos a planta baja, nos encontramos con un montón de gente, llegamos a la vereda y ya había cuatro comandos. “Los ladrones están adentro”, les digo. “Vayan, suban…”. Se me tiraron como cuatro arriba. Salió en el diario, como muchos de los hechos que cometía. “Detienen a un ladrón encerrado en un ascensor”, fue esa vez. Ahí empecé a ser el sospechoso de siempre. Pero tardaron cuatro años en saber quién era exactamente. Rajaron a más comisarios en la ciudad por culpa mía: decían que era zona liberada, que los comisarios eran corruptos. Y cada vez me buscaban con más intensidad. La televisión empezaba: “Escruches”, “Robo de departamentos”, “Asalto en tal edificio”. Y nunca agarraban a nadie. Me allanaban a mí y me decían: “Flores, sos vos” y yo les decía que no, iba con mi abogado a Tribunales y no era yo. Aunque era yo.

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Primeros años del 2000. Barrio Tablada. La histórica rivalidad entre transeros y ladrones comienza a cobrarse sus primeras víctimas. Los viejos códigos se rompen para darle paso al poder narco.

Dice la Escritura que Jesús ayuna cuarenta días en el desierto para alcanzar al mismo Diablo y enfrentarlo de parte de Dios. Y salió victorioso. Yo pasé por un gran desierto. El desierto representa necesidades y el ayuno privarte de lo que más te gusta. Pero sobreviví. Porque a la mayoría de los pibes que fueron compañeros mucho tiempo atrás los mataron a todos.

Hace seis años, cuando me voy de Tablada, se arma una guerra entre los distintos pibes que robaban. Cuando yo estaba eso no pasaba porque los unía. Tenía un compañero de una calle y otro de otra calle y así las bandas que había robaban conmigo, quien robaba conmigo era el campeón, era respetado.

Eso se desbandó.

Ahora los narcos son mucho más poderosos. Antes al barrio lo manejábamos nosotros. Ellos vendían, pero calladitos la boca, sin hacer ruido. Cuando estábamos nosotros no tenían derecho, por eso cuando agarraron un poquito la manija hicieron liquidar a un montón de pibes que en otros tiempos les cerraban la boca. Hubo una saga de muertes importantes. Mataron a los pibes que más se la aguantaron y dejaron a los más débiles. Quienes murieron lo hicieron con una personalidad dispuesta, los conocí a todos: Joel, Benavente, Checho, Pechocho, Caballito. Los que murieron en la alcaidía como Bauchi y Quiquín. Todos ellos murieron y todos caminaron conmigo. También tipos que ahora son famosos y que no voy a nombrar. Y yo los manejaba, imaginate. Pero con un nivel de robo, porque era robo lo que hacíamos. Siempre los traté de manejar como pude: sin armas, robos limpios, robos con bisturí y con anestesia.

***

31 de diciembre del año 2002. Hospital Cullen, Santa Fe. Muere Carlos …, sobrino de Flores, consecuencia de un combate a facazos ocurrido en Nochebuena en la cárcel de Coronda.

Cuando mataron a mi sobrino me angustié. Fue tremendo porque no me fue permitido ir al entierro. Me entero por teléfono que había muerto y nada más, mi hermano y mi familia me esperaban en el cementerio La Piedad y nunca me llevaron. Por razones de seguridad, dijeron. Así que lloré varias veces en silencio, varios días seguidos de tristeza. ¿Por qué este pibe perdía su vida tan joven?

Una noche cierro los ojos y veo a una persona con el rostro de oro. Era una persona hermosa. Cuando lo vi cerquita me provoca un susto y sin abrir la boca me dice: “Horacio: no tengas miedo, yo soy el que estuve muerto, pero ahora vive para siempre”.

Sus ojos parecía que me penetraban, él sabía mi historia, me conocía. Cuando dijo mi nombre me tranquilicé. Él dijo: “Mirá a tu alrededor”. Vi una ciudad más antigua que las pirámides, era imposible que una raza humana generara ese tipo de estructura. Los bloques de piedra eran del tamaño de un edificio. Luego volví a mirar el rostro y ahí vamos hacia una montaña. ¿En qué viajaba, en qué me trasladaba yo? Si tuve el permiso para ver eso, ¿en qué me estaba trasladando? Entramos a las montañas y encontré dos personas resplandecientes como nubes atravesadas desde atrás por el sol, me estaban esperando. Sin rostro, túnicas tenían, y hablaban un idioma no humano. Decían cosas como haramayakaralaryrijumujar. Yo comprendía que me estaban retando. Luego me llevaron a través de unos túneles y llego a un lugar en donde no se me permite ver. Yo quería hablar. Discutía con unas voces y siento que alguien me dice: “Horacio, ellos tienen razón”. “Carlitos”, le dije. Era mi sobrino. “Horacio, ellos tienen razón”. “No, Carlitos, dejame hablar a mí”, decía yo. No se me dio permiso para ver, pero este alguien escuchó toda mi agresividad y me dio algo que me dobló de amor. La Biblia dice que el amor que da Dios el mundo no lo conoce. Sentí un fuego que me quemaba el corazón de alegría. Abrí los ojos y vi un río de cristal transparente. Había arena y palmeras. Los colores eran perfectos. No había sol. Después me veo tirado en la celda, con la boca abierta, era como que yo flotaba sobre mi cuerpo y no quería entrar. Una voz me decía: “Entrá”. Y yo no quería, me daba asco, me producía asco estar en este cuerpo humano. Pero le hice caso a la voz y entré. Me desperté tosiendo en mi celda, solo, y explotó la lamparita.

¿Qué fue eso? Muchos dirán un secuestro. ¿Pero por quién? Gente que no es de este mundo, algo del plano espiritual. Entonces me quedé pensando y empecé a buscar en la Biblia todas estas cosas que me sucedieron y empiezo a encontrar párrafos y versículos que juntándolos describen lo que ¿vi? ¿Cómo cuento yo esta locura? Hay una palabra que dice que el Evangelio es locura, fue y hasta el día de hoy es locura. En el Apocalipsis, capítulo XXII, se describen ríos de cristal. En Daniel, capítulo XII, el rostro de oro. Yo antes no había leído eso. Él me dio lo que yo esperé obtener.

***

Año 2000. Con la llegada del jubileo llega también una nueva policía: la que empieza a negociar con el narcotráfico.

Jamás arreglé con la policía. Jamás le di un peso. Un milico para mí era mi enemigo. Yo era un enemigo para él. Y ambos lo sabíamos. Hablar con ellos era solo si caías: “Cuando me agarrés llevame a tribunales y vamos a ver qué dice el juzgado”.

Mi nombre se empezó a saber también cuando el narcotráfico se empezó a relacionar con la policía, cuando empezaron a intercambiar información. Ahí descubren que el que andaba con mucha plata comprando drogas en Tablada era “el Tuerto”. Antes no se hablaban los policías con los traficantes. A mí no me tumbaban, porque la mayoría de la guita la gastaba en drogas, pero no me dejaban comprarme nada nuevo. Me perseguían. Llegué a manejar unos diez mil o quince mil o veinte mil pesos por semana.

Y creo que la policía fue cambiando cuando se da cuenta de que el narcotráfico es manejado por los políticos. Ahí ellos se cansaron y se sintieron usados. Dejaron de perseguir al ratón porque el queso lo tenía siempre el gato. Se dieron cuenta de que es más fácil agarrar plata por ese lado que correr a dos o tres ladrones. Por otro lado, aproveché eso y me agarré el centro. Yo siempre dije: el centro es mío. Y hasta el día de hoy es así. El centro siempre va a ser mío.

Ese mismo año, el Tuerto Flores llega a la cárcel de Coronda, condenado por un conjunto de causas a cuatro años y ocho meses de prisión. El sistema carcelario de Santa Fe determina que, por mala conducta, debe cumplir la pena sin gozar de los beneficios de la libertad condicional ni de la libertad asistida.

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Año 2004. Horacio el Tuerto Flores, tras haber sido trasladado a la Unidad Penal Nº3, queda en libertad.

Me acuerdo cuando vino un policía y me dijo: “Estás en libertad”. Me empujaron para afuera. Quedé en calle Zeballos mirando el portón que cerraban detrás de mí y ¡tac!, el portón cerrado. “¿Y ahora qué hago?”. Paré un taxi, le dije que le pagaba en mi casa y me fui. Llego y lo veo a mi padre, ya viejo. En cinco años solo lo vi una vez…

Pero después de cinco años de prisión la calle dura menos que un carnaval.

Cuando alguien se iba de la cárcel le gritaban: “Ramírez, prepare sus cosas que se va en libertad”. Y todos aplaudían, festejaban, vos veías esa desesperación. “ME VOY HERMANO, ME VOY”, te decía después de convivir cuatro años, después de cuatro fiestas que pasaba junto a vos. “Cuidate, hermano”, contestabas. Y al tiempito veías en la televisión noticias de robos calificados y sabías que era Ramírez, o veías la noticia de que lo mataban. Quedábamos todos con la cabeza gacha. Si no, se enteraba el pabellón entero porque alguien daba la noticia y se hacía un minuto de silencio.

***

2014. Rosario. En su casa junto a sus hijos y su señora, Flores recuerda su vida con la inteligencia que lo caracteriza. Amable, se dispone a pensar y responder nuestras numerosas preguntas.

¿Cómo recordás hoy tus años de escruchante?

Al principio lo hacía con miedo, fue una época difícil para mí: entrar en un departamento que no era mío, tener que llevarle sus cosas, su plata ahorrada, interrumpir su intimidad. Era horrible. Pero lo disfrutaba en cuanto no era agresivo. Después se te va haciendo una costumbre. “Me voy a laburar”, decís. “Tratá de venir antes de la hora de comer”, te dice tu esposa. Y otras veces decías: “No me esperes que no sé cuándo vuelvo”. Y te ibas sin rumbo, sin destino, sin saber si ibas a volver, o qué carajo te iba a pasar: si el dueño de la casa te daba tres tiros, si te detenían y te daban cuatro años de prisión, o si el comando te rompía el cráneo.

Durante veinte años abriste muchas puertas. ¿Qué significan para vos las puertas, Horacio?

Es como una sorpresa. Vos ves una puerta y te imaginás… Me acuerdo de un edificio por el que todavía paso y lo sigo mirando. Un edificio lindo. La puerta era blanca con una lámina de revestimiento. Parecía fuerte, parecía que no la ibas a abrir nunca. Pero detrás de ese laminado había cartón. Le metí una patada y la atravesé. Quedé con la pata enganchada. No pensaba romperla. Cuando trato de sacar la pierna me lastimo. Me salía sangre y casi me corto el tendón, tiré sangre por todo el hecho. Pero igual me empeciné y empecé a romper el aglomerado, hice un agujero en el medio y pasé por ahí. No abrió la puerta. Y del otro lado no había absolutamente nada importante: quien vivía ahí aparentaba. En las puertas que yo abría tal vez buscaba la felicidad, una felicidad que no tenía. Estando tan drogado, con gente que me rodeaba por la plata que llevaba…

***

Año 2005. Cárcel de Coronda. Se produce la llamada “Masacre de Coronda”. Más de cuarenta detenidos toman el penal, se dirigen a las celdas y van marcando a dedo a distintos reclusos. Asesinan a trece: queman vivos a dos, apuñalan a diez y degüellan a uno. Hay sospechas de conspiración con guardias.

La bronca se armó porque los rosarinos les robaban a las visitas de los santafesinos, todos los domingos les hacían lo mismo. Detonó porque entró una generación más violenta de santafesinos: pero ellos no era choros, eran fiolos, o estaban ahí por ajuste de cuentas. El santafesino es fiolo, tiene dos o tres mujeres que patinan para mantenerlo: él maneja la guita mensual que ellas hacen en los privados. Esa es la rivalidad con el rosarino, que es ladrón. El ladrón se graba a la familia en el pecho: se roba por la familia y se pierde la vida por la familia. Vos imaginate que unos esperan a la familia y otros tienen tres o cuatro mujeres. No tienen que vivir con nosotros. Ahí se ocasiona el choque.

Horacio Flores aporta una conclusión no muy conocida sobre las consecuencias de lo que se considera una de las peores tragedias de las cárceles santafesinas.

Después de la Matanza de Coronda los presos más violentos de Rosario bajaron a las comisarías. Y empiezan las rivalidades: los de Tablada contra los de Zona Norte. Los de Parque Casas contra Las Flores. Así que cada uno tenía que estar preso en su jurisdicción. Si estabas en una comisaría errónea perdías. A menos que sea como en mi caso, que robaba en el centro y caía en el centro. Y la rivalidad se da por la saga de muertes que hubo en Coronda. Quedaron resentidos y con intenciones de matar. Mataron, robaron y pegaron. Hicieron una generación horrible; hasta el día de hoy los pibes andan dando vueltas con cierta violencia. Generaron rivalidades porque sufrieron rivalidades; hicieron lo que les hicieron a ellos.

***

Año 2010. Rosario. Horacio el Tuerto Flores queda en libertad luego de cumplir su segunda condena. Decide abandonar definitivamente su actividad delictiva. Trabaja un tiempo de imprentero, antiguo oficio de uno de sus hermanos. Luego se instala en un puesto de ventas en la Feria del Eucalipto de Bv. Seguí.

Me retiré. No vuelvo más. Ya conozco lo que es el curro de los abogados, el curro de tribunales; a mí no me engaña más nadie, son todos unos desgraciados. El único que va en cana es el pobre gil que no tiene ni para el abogado o un pelotudo que se equivoca robando. El juez hace justicia en lo que es justicia de pobres. Si un pobre mata a otro pobre al juez le importan un huevo las dos personas, pero va a hacer justicia porque hay una familia que reclama. A mí me engancharon en el centro, con cierta inteligencia, audaz para los choreos, y me dieron unos cuantos años. Yo era peligroso para ellos.

Cuando me retiré, hace tres años, mis antiguos socios vinieron a buscarme. Les dije que había encontrado a Dios y que Él me iba a ayudar. Se rieron. Volvieron varias veces hasta que se cansaron. Cada tanto aparecen ahora. Vienen con hechos cada vez más grandes, el último una caja fuerte llena de dólares. Pero no me han podido quebrar.

El otro día me llamó un amigo del barrio de La Sexta. Me hablaba de cuando robábamos el centro. Le dije que me acordaba de eso, pero que para qué recordar. Y él dice: “Bueno, vos ahora estás bien, tenés una casa, una mujer, hijos”. Ahí entendí que disfruto lo que ellos todavía no tienen. Y por eso son lo que son. Porque el fin de la historia es poder alcanzar lo que querés. Y creyendo que con el robo encontrás la felicidad u otro nivel social…

Cuando me soltaron, yo no sabía qué significaba una fiesta, no reconocía su sentido. Mi mujer recuerda que si vos ibas a la cárcel con un pan dulce un 24 de diciembre te echaban. Es lo peor que puede haber. Y nunca más recuperé las fiestas: no me gusta festejar mi cumpleaños, me cuesta festejar los cumpleaños de otros; le sigo la corriente a mi esposa, que me dice que hay tal cumpleaños, que alquilemos un pelotero, por ejemplo. Y yo me siento muy raro, no me agrada. Qué sé yo, si nunca lo festejé… Pero hoy lo que disfruto son las estrellas. A la noche, me voy a la esquina a mirar las estrellas un ratito. Si no, no estoy tranquilo. ¿Por qué veo las estrellas? Porque antes no las podía ver. En un pabellón no sabés si es de noche, de día, si llueve o no. Otras cosas que descubro son los árboles, las comidas. Hay comidas que hasta el día de hoy estoy aprendiendo a comer. Por ejemplo, el pepino lo comí una sola vez en la vida. Después de cuarenta y cinco años lo probé porque un día lo trajo mi esposa. Qué loco, ¿no? Es que de ahí salís cada vez más atrasado. Es como que te congelan en el tiempo. No sabías ni lo que era una computadora, un DVD.

***

Flores descubrió el Evangelio estando detenido. Abrazado a su Biblia de tapas de madera y hojas gastadas que guarda desde entonces, concurre a distintas comisarías y cárceles llevando la Palabra a los “abatidos y quebrantados”.

Te voy a contar algo que me pasó de chico. Ahí arranca toda la historia: cuando tenía seis años con mis padres y mis hermanos salíamos de noche a la vereda. Teníamos esa costumbre porque en esa época no pasaba nada. No es como hoy que la vereda se hace jodida porque te meten para adentro. Y estaba mirando las estrellas, nunca me voy a olvidar, y veo una estrella venir hacia mí con tanta rapidez como el flash de una foto. Me quedé mirando a mi madre y a mi padre, pero nunca les conté lo que me pasó. Yo creo que fui marcado. Marcado para vivir esto y poder contarlo: hoy me doy cuenta del destino de un hombre marcado por Dios desde chico. Quiero que este relato termine con que la última palabra la tiene Dios. El fin de la historia no era que yo sufriera tantos años privado de mi libertad, que cometiera tantos hechos ni que me drogara tanto. El fin de la historia era que yo hablara de Dios, de la Biblia y de Jesús.

 

La inseguridad es un curro político

Respecto a la cárcel como institución de rehabilitación social, Horacio Flores concluye: “Cuando cumplí mi última condena presenté un proyecto a la Nación que me mandó 46.000 pesos. Compré una máquina de imprenta y trabajé un año. Después estuve guerreando ocho meses en la alcaidía, enseñé a casi trescientos pibes el oficio de imprentero. Porque pienso que la seguridad es capacitar a quienes hoy están presos. Nunca recibí apoyo de ningún partido político. Tuve que dejar de hacerlo porque no podía facturar y tenía que sobrevivir: mi nivel económico bajaba y no llegaba a fin de mes. Golpeé un montón de puertas, con la esperanza de que alguien se diera cuenta. Hablé con Bonfatti, Lamberto, Fein y el Concejo. Todos me felicitaban, pero nadie se metió la mano en el bolsillo. Y los pibes salen y reinciden. Salen a robar. Y lo hacen mejor. Porque si caés con una condena de cinco años por robo calificado por un taxi, en la próxima hacés un Rapipago, te vas avivando, vas por más. Y si en los años que estuviste preso sufriste, si te tirotean vas a tirar para que no te agarren. Es matar o que te maten. Escuché a muchos decir: “Me van a tener que matar para traerme de nuevo”. La injusticia es un negocio y eso me entristece un poco. Y los chicos son cada vez más violentos y mueren más jóvenes”.