Imagen: Matías Buscatus

 

La veía siempre en el bodegón de Mendoza y Sarmiento, cuyo nombre más legendario fue Canto Rodado, que es como decir piedra que rueda o sin destino —la traducción del inglés de Rolling Stone—. Llevaba sobretodo marrón, zapatos y pantalones viejos, y un desprolijo pelo gris en corte carré, aunque eran sus ojos lo que llamaba mi atención: como dos pozos de ausencia, llenos de nada, se quedaban horas y horas mirando la mesa o algún punto cualquiera del salón; muy cada tanto se concentraban en el televisor durante un par de minutos, no sin esfuerzo.

Aquel bar era un refugio de gente a la deriva. Lo usaban de parada buscavidas que caminaban en el borde de la transa y el maneje de baja escala, y personas solitarias que necesitaban pasar el rato, la tarde y la noche. Era reciente la ordenanza que prohibía fumar en bares, pero ahí se fumaba como si nada. Algunas veces se transaba merca, aunque la venta no era fija. Los baños, amarillentos y derruidos, parecían cavernas prehistóricas, y sus enormes ventanales funcionaban como una gran vidriera del mundo que iba y venía en su absurda rutina.

Sobrevolaba el ambiente cierta sensación de comunidad. No de amabilidad y mucho menos de compañerismo; sí de frases compartidas, comentarios al pasar y miradas de entendimiento, pero la señora de los ojos muertos no hablaba con nadie. Nunca. Si uno levantaba la vista para cruzar un gesto cómplice, parecía no verte o efectivamente no te veía. Sus ojos estaban clavados en algún terreno de la existencia cuyo acceso estaba negado al resto de los mortales.

—Es un fantasma —me dijo el Ruso, un lúcido sobreviviente de la noche y las aventuras que al hablar iluminaba mis visiones ciudadanas. En aquel entonces tenía veinte años y me dedicaba a mirar y pensar la vida, especialmente los márgenes del mundo, y ese sitio era ideal para dicha actividad.

—Es un fantasma —repitió.

Desde ese momento, el término se convirtió en una especie de categoría conceptual con que definía a hombres y mujeres que naufragaban en bares, minimarkets, plazas o estaciones de servicio siempre a un costado de todo, como si algo o alguien les hubiera destrozado el tacto para buscar compañía, amigos y amantes.

***

Había un tipo grande de bigotes que conocí en la vieja Buena Medida mientras tomaba unos Cinzanos. Ni bien entró a la fonda escuché que alguien dijo por lo bajo:

—Este es de mi época, de los bares y los baños de los ochenta, desde pendejo que anda solo en todos los recovecos. 

Lo bauticé Bigotes. Algunas tardes de la semana lo enganchaba en el bar que aún permanece en San Luis y la cortada Barón de Mauá tomando café en una mesa de la vereda. Se sentaba de frente al tránsito y alguna que otra vez hablaba con el mozo. También lo cruzaba por las noches en la zona de la terminal. Deambulaba de bar en bar y, cuando se picaba por el alcohol y no tenía más plata, rescataba los restos de cerveza que quedaban en los vasos de las mesas ya vacías.

Podía encontrarlo dos o tres veces en una misma semana y podía estar meses sin verlo. Me olvidaba por completo de su existir y entonces su espectral presencia volvía a manifestarse.

 

 

Otro personaje que tenía fichado era un rubio que durante el día vagaba por la peatonal Córdoba y la Plaza Pringles y por las noches dormía en una galería frente a la Plaza Montenegro. El rostro con que enfrentaba al mundo era arrogante e inquebrantable: si los que vivían en la calle terminaban abatidos, él parecía ser la excepción que confirmaba la regla.

Andaba siempre de saco y de pañuelo y, aunque sus ropas estaban gastadas, no perdía nunca la elegancia.

Una noche cenaba en un comedor peruano y lo vi entrar, sentarse en una mesa y pedir una cerveza y un plato de comida. Por la tele pasaban un partido de Boca, por el que todos hinchaban, y él festejó a los gritos los goles del rival. Meses más tarde fui testigo de cómo lo echaban de una muestra del Centro Cultural Fontanarrosa. Un guardia de seguridad lo empujaba y un directivo del lugar le decía:

—No podés venir todas las semanas para hablar mal de los cuadros y de las muestras. Ya te dije que tenés prohibido el ingreso.

Sabía de un tipo de plata que abandonó a su familia con un bolso lleno de dólares, se alojó en un hotel barato del centro hasta gastarse todo y, ya sin un cobre, se negó a volver a su hogar y recuperar su antigua posición de clase. Estaba convencido de que el rubio y el millonario eran la misma persona, cosa que comprobé meses más tarde cuando el Ruso, justamente, me lo marcó en una esquina y me confirmó su historia. Ambos se conocían de décadas pasadas.

***

¿Cuántos espectros había en la ciudad? ¿Qué se escondía en el cofre hermético de su silencio? ¿Había alguien que registrara su presencia en este alucinante y feroz entramado de historias en que consiste la vida urbana?

Al menos informalmente trataba de hacerlo. De todos tenía referencias que me llegaban sin que las busque: me limitaba a mirar a mi alrededor y a escuchar lo que se hablaba. Cualquier detalle significativo permitía agrandar y dar sentido a la base de datos de mi intuición.

Por ejemplo: me metía en el Canto Rodado a tomar un café y escuchaba que alguien le confesaba al cigarrillo que fumaba: “Dice mi médico que me vas a matar”. A la semana veía que la chica de la caja fingía felicitarlo por dejar el tabaco y al otro día lo encontraba con tres atados de cigarros sin abrir arriba de la mesa y un pucho prendido sobre el cenicero.

Si iba varias veces seguidas en un mismo horario, descubría escenas que se repetían de forma casi idéntica. Una de las más llamativas era esta: en las tardes de la semana, después de las cinco, llegaba una señora y pedía dos Coca-Colas. Exigía que se las destaparan juntas y, si consideraba que alguna no era lo suficientemente oscura como deben ser las gaseosas de cola, demandaba que le trajeran otra. El mozo amablemente le retrucaba que mire bien el contenido de los envases y la disputa terminaba, invariablemente, con la misma frase:

—Tenés razón, querido, gracias.

Se trataba de una señora que vivía en un geriátrico de la zona y pasaba ahí sus tardes porque le habían recomendado salir un rato todos los días.

Así y todo, la persona con que había inaugurado mi búsqueda era un enigma total. Sospechaba que cobraba una pensión o una jubilación, ya que no se veía en condiciones de sostener trabajo alguno, pero siempre tenía plata, al menos para pagar lo que consumía. Por supuesto, eso era solo una especulación.

***

Una tarde se me ocurrió preguntarle por ella al encargado del Canto Rodado.

—Nunca supe su nombre, pero le decimos la mujer de la lágrima porque siempre que viene se pide una lágrima. Ahora ya ni pide, cuando la vemos llegar se la preparamos y se la servimos —me contestó de mala gana, porque ahí a nadie le gustaban las preguntas y mucho menos contestarlas.

Sin embargo, dijo más de lo que se imaginaba. Describió con maestría al fantasma más triste de la ciudad, dándole un ropaje de palabras que parecía volver a vestirla de humana y la retornaba, al menos fugazmente, al reino de los vivos.

Continué yendo al Canto Rodado y observando su ambiente triste. Cambió de nombre varias veces y, como era de esperarse, finalmente cerró. Sus parroquianos buscaron refugio en otros cruces y en otras latitudes.

La mayoría recaló en bares de la zona que más o menos funcionaban, pero habían quedado anclados en otra época; bares sin muchas vueltas en el decorado ni en la cuestión higiénica que servían como lugares de paso para gente que laburaba en la calle o necesitaba un lugar donde estar tranquila un par de horas. Algunos estaban frente a la Plaza Sarmiento, otros sobre la derruida calle San Juan. También había un par, casi secretos y diminutos, en peatonal San Martín entre San Juan y Mendoza. Todos estaban, en definitiva, en los núcleos marginales del centro.

Por mi parte, seguí dando vueltas por ahí, metiéndome en escondrijos y viendo la ciudad pasar. Algo me llamaba a ser testigo de estos mundos al borde de sí mismos. Un año después, sobre una mesa gastada, advertí que no había vuelto a ver a esa mujer cuyos ojos parecían ponerle a la tarde un punto y aparte. Cada cierto tiempo volvía a notarlo hasta que un día me pregunté, un poco como si fuera en borrador, de alguna manera pidiendo permiso, si se habría esfumado en la nada.