Mapas, atajos, desvíos y escondrijos…

 

Imagen: Matías Buscatus

 

Si estás llegando al trabajo y te avisan que no laburás porque Dios se puso de tu lado y acaba de llevarse a tu jefe con él, ya sabés: primero que nada apagá el celular, mirá si justo que zafaste y tenés un rato para vos te llama algún demandante de esos que sobran y te viene con un: ¿Por qué no te venís, vos que estás libre y te das maña?, así me ayudás con la perra, que según mi maestro de reiki tiene un embarazo psicológico que se lo transmití yo por no respetar mi dieta vegana.

Entonces aprovechás y te vas por ahí.

En la Plaza López podés hablar con el jefe de mantenimiento, que fue marinero veinte años y anduvo por Europa, Japón, África y Rusia. Escuchándolo un rato seguro te ligás alguna que otra historia que vale la pena. También podés acercarte al puente Rosario-Victoria y enterarte, en caso de que des con la persona indicada, de cuántos suicidios hubo desde su inauguración hasta hoy; o ir a la esquina de San Luis y San Martín y escuchar el grito de Pralinéeee de un viejo vendedor ambulante que, al entonar con voz aguardentosa cada sílaba en una nota precisa, les regala a los inadvertidos transeúntes un blues tan monótono como triste.

Para aislarte de todo por un rato nada mejor que un bar de esos de antes. En la Zona Norte hay un pequeño bodegón centenario llamado “Viejo Alberdi” —Freyre al 900—, que abre desde las ocho pero no sirve desayunos porque “acá todos piden otra cosa”, dice su dueña. Ideal para clavarse una ginebra y con el mejor de los ánimos santificarse ante las fotos de Gardel que hay en sus paredes. Aunque medio escondidos, todavía quedan de estos refugios en muchos barrios de la ciudad.

Si andás con ganas de patear le metés derecho por Rioja hacia el oeste, hasta que no te den más las piernas. Hay innumerables canteros, más que en cualquier otro lado. Sus flores, plantas y arbustos son un enorme regalo para el alma. Otra buena opción es agarrar San Juan, en el tramo que va desde Maipú hasta Entre Ríos, y caminar lentamente. Las fachadas derruidas de los hoteles y las pizzerías ofrecen un paisaje de ruinas pronto a desaparecer, hoy habitado por cientos de palomas. ¿Quién no sintió alguna vez ganas de entrar a un edificio abandonado para investigar qué pasa en su interior?

Por supuesto, lo más lindo es andar sin dirección precisa, ya sea eligiendo en cada esquina el rumbo a tomar o estableciendo de antemano una directriz de recorrido, por ejemplo: durante dos cuadras vas en línea recta, luego doblás a la izquierda, seguís otros doscientos metros y volvés a doblar —este tipo de reglas sirven, sobre todo, cuando uno no puede salirse del propio automatismo que jamás te lleva a ningún lugar desconocido—.

Al mediodía el Club Atlanta es una fija —Santa Fe al 4400—. Por cuarenta pesos te sirven el menú de la casa; sí, por cuarenta pesos. Puede ser filet de merluza, canelones, tallarines o costeleta. Viene con guarnición y por diez pesos más te dan la bebida. En la feria de la Plaza Pocho Lepratti, en barrio Ludueña, uno de los puestos de comida vende sus riquísimas porciones de salchipapa, el popular plato boliviano que consta, como indica su nombre, de papas y salchichas fritas.

Para pasar las primeras horas de la tarde los parques vienen más que bien, ya que en ese momento suelen estar vacíos y otorgan la soledad necesaria para el descanso meditativo. Luego de que el silencio te haya dicho todo lo que tiene para decirte, estarás listo para volver al ruedo.

Aliviado y sin apuro tenés posibilidades de sobra para concentrarte y hasta disfrutar de los mil detalles que hacen infinita nuestra trágica existencia ciudadana. Levantar la vista un par de metros más de lo habitual seguro te demuestra que la calle por donde pasás todos los días en verdad no es tal como la veías. En definitiva: ¿cuántos miran para arriba? Otra cosa que vale la pena, sin duda, es prestarle atención a los nombre de los comercios. Del bodegón de apostadores que queda en 27 de Febrero casi San Martín y que se llama “El nuevo tropezón”, el poeta Darío Acosta dice emocionado: Es un nombre genial, los tipos no tropezaron una vez sino varias… ¡te están diciendo que volvieron a tropezar!”.

A metros de la terminal vende anillos un africano melancólico cuyas palabras son el atajo a un mundo desconocido. En la barranca del Parque de las Colectividades un flaco se armó su rancho y hoy sobrevive con lo que pesca a metros del desagüe de las cloacas. En peatonal Córdoba aún resiste el viejo ciego que desde hace cuarenta años se gana la vida tocando chamamé: tan grande es este músico que en una época tocaba con un acordeón roto y así y todo la rompía; al parecer un caballo le dio una patada en la cabeza cuando era niño y desde entonces nunca volvió a ver.

Cuando la tarde empiece a despedirse será la hora del último café. Las ojeras del prójimo, mucho más grandes y oscuras que a la mañana, te darán la señal. Las estaciones de servicio pueden servirte para esta ingesta final. Es cierto que son lugares anodinos, pero ahí la gente está de paso y siempre es bueno observar esta absurda transitoriedad: todos estamos de paso en esta tierra extraña.

Concluida tu hazaña caminante, estarás listo para volver a tu hogar.

Las posibilidades son muchas si el objetivo es romper los designios de nuestra rutina o ampliar el mapa, como bien lo sabía la vieja Esther. Ella agarraba el auto todos los sábados a la mañana y se iba al otro extremo de la ciudad solo a tomar un café. Justificaba sus cuarenta minutos de viaje diciendo que ahí preparaban el mejor café que había probado. Pero eso era una excusa. Lo que realmente quería era olvidarse por un rato de su mundo. Como cualquier marinero de la vida, sabía que no hay puerto posible ya que lo único posible es andar.