¿De qué manera se quiebra a una persona? ¿Cómo llega a violarte tu novio? ¿Cómo resurgir y seguir viviendo? El siguiente testimonio se articula a partir de estos interrogantes y fue enviado por una lectora y amiga de la revista con el fin de que sea publicado.

 

El silencio es una cárcel que enlazado a otros silencios convierte a la sociedad en una tapadera sin palabras para nombrarse y reconocerse. Entonces mandan los psicópatas. Los violentos. Hablar del infierno, en cambio, permite salir del infierno y curar las heridas. E inaugura la posibilidad del decir, dejándola al alcance de la mano para quien la necesite”. 

Madeleine Cook

 

Imágenes: Delfina Freggiaro

 

Me violaron y tardé en darme cuenta. Ocho años después sigo apretando la herida del abuso. Quien abusó de mi fue mi pareja, junto a otros cuatro o cinco sujetos de los cuales solo recuerdo sus torsos. ¿Cómo llega a violarte tu pareja?

Hacía tiempo él venía chateando con un señor de Río Cuarto haciéndose pasar por mí, con el fin de conseguir “mejores experiencias”. El enigmático cordobés era dueño de un prostíbulo y la fantasía de mi príncipe azul era verme trabajando de prostituta, palpar la situación de cerca, y que de paso me hiciera unos mangos para salir a comer después. Porque eso, decía, eran situaciones amorosas: el enorme frenesí romántico después de las humillaciones que yo demostraba poder sortear. Así entré como un caballo a su juego y consumí el placebo que sabía muy bien cómo darme. Cuanto más arriesgado era lo que hacía, más me amaba, más se sorprendía de mi “potencial”.

 

Cómo se empieza a calentar el horno

Cometí el error de decirle que me gustaba cuando teníamos sexo duro, cuando me apretaba contra el colchón, me dejaba casi sin aire y me envolvía esa sensación de no poder escaparme. Creo haberle pronunciado muy inocentemente las palabras violación y sometimiento… Luego empezamos a experimentar ataduras, swinger, artefactos varios, dos, tres, veinte personas, jueguitos sado, exhibicionismo y cuanta yerba se les ocurra.

Yo tenía diecinueve años, muchas ganas de amar, muchas ganas de coger.

Él encontró en el sadomasoquismo el medio perfecto para saciar sus placeres egoístas porque yo no me había dado cuenta de un detalle: en todas sus prácticas hay normas claramente pautadas, y aunque les parezca paradójico el “sumiso” es en verdad el que tiene todo el control. Los que conocen algo del tema sabrán del “código de colores” y la condena social que supone salirse de las reglas. Él decía que esas reglas le parecían sectarias e hipócritas… y claro, es que en ellas no cabe la idea de hacer daño, daño en serio. Comencé a verme en colectoras un tanto peligrosas. Él manejaba a su antojo esto de las prácticas BDSM creando y usando instrumentos de sumisión cuando se enojaba conmigo y me castigaba “para sublimar toda esa bronca y no separarnos”, decía.

Lentamente el picor del “chirlo” se ponía más doloroso y menos placentero.

Fascinado con el porno de la humillación y las prácticas extremas, empezó a limarme día tras día con lo mismo: que era una nena demasiado sensible y naif, que los besos cansan, y que en realidad yo disfruto de la humillación pero no me la permito (podría ser el ejemplo de lo que dijo Cordera, ¿no?). Quería estar al lado de una bomba que “se coja a todos por la calle”, que de cada situación haga algo sexual, que consiga cosas con mi poder femenino.

Y así cumplía, como una geisha deprimida, cada expectativa que él depositaba en mí. Con silencio omitía decir no, tímidamente expresaba un no sé que lentamente se convertía en . Para no pelear más, para que no se vaya, para no perder lo que, yo creía, era mi posibilidad de amar. Así justificó él la violación —una de tantas—, que más recuerdo. Me dijo, tiempo después de lo sucedido, que ni tenía presente esa escena, que el problema había sido que yo no me comuniqué bien, que estaba caliente y no se dio cuenta de que lloraba, que no entendió que no quería.

“¡Pero vos elegiste estar al lado de él y hacer todo lo que hiciste!”. Sí, lo hice, hasta creo que en algunas ocasiones sentí divertimento, poder, “amor” y adrenalina. Me sentía poderosa, todo lo poderosa que no me sentía cada vez que me decía que me iba a dejar.

 

 

El día indicado

El cordobés, que resultó ser un voluminoso señor de unos cuarenta y pico de años, desagradable en todo su esplendor, nos citó en una estación de servicio y nos dijo que lamentablemente no podríamos llevar a cabo la fantasía de puta por un día porque las otras chicas me iban a tirar la bronca y nos propuso un gang bang (una mujer con muchos hombres). No sé si dije algo, solo recuerdo mi mirada baja, a mi novio molesto —“este tipo nos hizo venir hasta acá por un simple gang bang”— y la conversación previa sobre la necesidad de alojamiento “gratis” para esa noche. La nena fatal, una vez más, conseguía algo con su osadía.

Los invitados al gran banquete eran fulanito el playero, menganito el pibe serviclub y un par más que no me presentaron para meterle un poco de pimienta al asunto. Menganito, que ya había terminado su horario de laburo, se acercó con un sándwich y me lo dejó arriba de la mesa, como quien alimenta al chancho que se va a comer en Navidad.

Hay cientos de fantasmas a mí alrededor que dicen: “Todo depende del cristal con el que se mire”. “A vos también te gusta ser bastante putita”. “El loco es un copado, no lo puedo creer”. “A mí me contó otra cosa”. “A vos te pegó la moda de la violencia de género”. “No fue tan así”.

Cómo se consuma un abuso:

Una escena que seguramente él filmaría como una excitante porno, donde todo pueda verse como un acto consensuado; pero que yo, después de muy largos años, escribí y la imaginé filmada desde mi experiencia.

Toma 1: Mi ex me desnuda. Empiezo a sentir un nudo en la garganta, ruego que sea una partuza más en mi vida. Los demás también se desnudan.

Toma 2: El Cordobés dice que no va a participar, yo pienso que menos mal. Se sienta piernas abiertas en una silla de cuerina marrón. Por entre las piernas cuelga la panza fiola.

Toma 3: Mi dulce príncipe me ata no sé con qué. Me toca un poco, de lejos. Recuerdo que los besos no van en la escena porque cansan, dan a cursi.

Toma 4: Me tira sobre un colchón que yacía en el piso. Describir el colchón sería muy fuerte para los obsesivos de la limpieza.

Toma 5: Yo estoy boca abajo, con la cervical a la miseria por los brazos atados desde atrás. Fulanito, Menganito, el otro y otro más… no sé sabe cuántos torsos con pene hay en el lugar. Trato de ver si alguno me gusta y termino pensando que el que más me gusta es el que menos dolor me hace sentir. Mi inocencia se ilusiona con que quizás el menganito que me dio el sándwich se apiade de mí. Se van turnando en la escena y la cámara toma la textura del colchón. Pelos en la cara, ungüento de traspiración y lágrimas me hacen correr el foco.

Fulanito, Menganito y la primitiva troupe disfrutan, sobre ese prisma mugriento, pasándose el mando. Ya no soy persona.

Toma 6: Lloro. Lloro con sonido. ¿No está clarísimo que estoy llorando? Me tiro para los costados, me retuerzo como boa en defensa, trato de esconder mis agujeros. Ruego una tregua.

Toma 7: Mi media naranja envenenada se acerca, me saca los pelos de la cara. Le digo que basta, que no quiero más, que paren, que no me gusta. Mi amado me acaricia la cabeza, me mira y se ríe. Me pega un “chirlo” y todo sigue como un eterno y agrio plano secuencia, porque quizás yo “no me comunico bien”.

Suena Rammstein y hay que agregar efectos especiales para que una especie de halo tipo “alma” salga de mí y se vaya.

***

La escena de mi violación termina cuando él se cansa, es decir: yo no paro de llorar, cosa que lo enoja. Me desata y me mete en un baño desagradable, del cual podría recrear hasta la gota que caía de la canilla. Abre el agua fría, me empuja bajo el chorro más triste de mi vida, me ordena bañarme. Lo que vino después es lo mismo que viví el resto de mis años junto a él. Me acuesto en el rincón de una cama sucia, él intenta tener sexo. Yo no quiero y ahí empieza otra vez la violencia.

Ese fue el comienzo de una relación distinta. Decir , decir no, dio lo mismo. Había roto el límite de mi propio ser. Cuando te quiebran la subjetividad después todo da lo mismo.

 

 

El día después

Subí al auto sintiéndome insignificante. Él seguía enojado. Me enteré de que un tal Guillermo me esperaba en Villa María, que iríamos hacia allá. ¿Más? ¿En serio?

Llegamos y me dijo: “Resolvelo, voy a dormir una siesta”. Me acosté con Guillermo porque se suponía que eso debía hacer —entre tantas cosas que me robaba esa relación, una era la de poder pensarme de otra manera con un hombre—. ¿Habré creído que entonces me perdonaría por no valorar la hermosa violación que organizó para mí?

Durante un rato miré la vida correr. Pensé en la estación de servicio de la noche anterior. Imaginé a Fulanito y Menganito surtiendo nafta a un papá de familia que se detiene ocasionalmente mientras una niña mira por la ventana del coche ilusionada con sus vacaciones.

Así es la realidad: te violan y el mundo sigue.

 

El eterno después

Los años siguientes mi cuerpo y mi mente generaron una especie de barrera emocional y sensitiva. No sentía dolor, todo era lejano, todo se olvidaba al otro día. Prácticamente no tenía sistema nervioso. “No sé por qué estás tan enojada conmigo”, me decía. El devenir incluyó más castigos sadomasoquistas, más y más humillaciones sexuales de las que podría hacer un catálogo, pero temo que él y muchos más se masturben leyéndolo.

Y las peleas se tornaron cada vez más violentas. Yo no podía dejar de gritar, de sacarme ante cada discusión. Mis reacciones eran “patológicas” y “peligrosas”, diría él. Así se justificaba y de pronto era normal que me encerrara, tirara colchones en el piso para evitar sonidos y me golpeara cuidadosamente para que no se sientan ruidos. Luego llegaban las manipulaciones tipo culpabilización al extremo y desvalorizaciones de mi persona.

 

El Ave Fénix

Tras varios años de terapia, pude decirle al techo del consultorio de mi analista lo que había vivido. Todos mis cuerpos quedaron doliendo de un dolor que no deja de salir y que quizás duela por siempre.

Pero sabrán que algunas tenemos la capacidad del Ave Fénix. En un momento desperté y empezó a fluir toda la angustia que había reprimido para no quebrar. Hubo gente que estuvo y que nunca me dejó sola.

Ahí empezó el proceso de sanación. Mi cuerpo volvía a bailar, a ser tocado, a llorar. Conté lo que había pasado, les conté a mis amigos cada detalle miles de veces.

Recuperé mi alma.

La Justicia Penal, después de tantos años, tan pocas pruebas y tanto juez patriarcal, no me daría más que un pack completo de dolores de cabeza. Y aunque las manos y el estómago me hacen escribir más lento de lo que quisiera, encontré esta encantadora manera de “hacer justicia”. Ya no me ata el pasado, sino que construyo nuevas redes con sus hilos.

Antes de terminar quiero reconocer que en algo mi media naranja envenenada no se equivocó: yo tenía potencial. Osada, transgresora y creativa, voy a decir y seguir diciendo.