Los distintos paisajes se suceden una y otra vez para dar forma, finalmente, a un paisaje total, el paisaje de la ciudad, que se refleja psicodélico en los lentes rojos y espejados que el Tío Herni, colectivero desde hace treinta años, lleva puestos para enfrentar la rutina. Con él nos subimos al 112, cuyo recorrido es el más largo entre todas las líneas que transitan Rosario.

Imagen: David Gustafsson

“El sol sobre los ojos me hace mal,

por eso es que me has visto lagrimear,

no ves que la ciudad viene y se va

y las veredas son de todos como el pan”.

Tango del colectivo.  Federico Silva.

 

Hacia el otro lado…

—Hay mucha gente que maneja mal, te estaciona en doble fila, no te deja pasar, y te dan ganas de arrancarle el espejito; pero si el tipo es un rayado peor que vos, te persigue, te cruza el auto, se baja con un fierro y la gente se pone nerviosa, y eso tenés que evitarlo. Muchos compañeros lo hacen, los que llevan décadas manejando son los que están más rayados, los nuevos tienen paciencia, algo que a través de los años se te termina como me está pasando a mí.

—Igual vos, Herni, todavía tenés temple…

—Una vez un viejo colectivero me dijo una gran frase: “Un-dos-tres. No te calentés”.

Estamos en la esquina de Laprida y 27 de Febrero. Es la una del mediodía de un lunes y Herni, ya sentado en el volante, comienza su habitual ir y venir. Se despide del colega que acaba de terminar el turno y habilita el medio boleto de cuatro pibitos que vuelven de la escuela junto a sus madres, que están alegres, cansadas y atentas, todo al mismo tiempo.

Le metemos un par de cuadras por San Martín, otras por Rueda y encaramos por España hacia el sur. Siempre nos preguntamos quiénes son esos personajes que van charlando con los choferes, y ahora que soy yo quien está en ese lugar, me siento tan extraño como afortunado.

El pasillo del colectivo está lleno, sobre todo de mujeres, y es a la altura de Oroño y Uriburu cuando el coche comienza a despoblarse.

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—De noche es muy distinto todo. Si trabajás de veintidós a seis, en la primera vuelta llevás a los últimos que salen del trabajo, pero después empieza a cambiar la cosa. Está el panadero que a las dos tiene que hacer el pan, el tachero que termina; una madrugada de martes, por ejemplo, hacés la ida sin gente y la vuelta con una o dos personas. Los fines de semana es más complicado por los chicos que vienen de los boliches que no te quieren pagar el boleto, vomitan, se quedan dormidos, llevan cuchillos y te arrancan el tapizado de los asientos. Hoy la empresa les permite a los choferes desviarse, como lo hacen cuando hay partidos, porque lo que el chofer busca es estar tranquilo. De noche te mandan cuando sos novato, tenés que pagar el derecho de piso, aunque se da también el caso contario: muchos choferes con años de antigüedad quieren estar de noche los días de semana para estar tranquilos.

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El barrio Las Delicias está enteramente pintado de rojo y negro. Como es la hora del almuerzo, casi no hay gente en la calle.

—Mirá cómo está la vagancia —dice Herni y se ríe, señalando a tres flacos que se toman una cerveza mientras fuman un porrito, sentados en la vereda con las piernas colgando en el zanjón—. Si no le dan a la birra le dan a ese fernet que ya viene preparado con coca.

—Te los debés cruzar seguido…­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

—Todos los días, no se toman ni un feriado los muchachos.

Doblamos por Andrade, donde varios galpones se destacan por sobre la línea de los techos de las casas, y luego por Ovidio Lagos, que a esa altura ya es avenida. En la esquina de Avenida del Rosario nos cruzamos con Tranvía 26, un bodegón que deja entrever, a través de sus ventanas, un mundo íntimo y tranquilo, con cierto aire de antes.

—Es de los últimos bares de este estilo que hay en la zona. ¿Vos comiste los sándwiches de milanesa que hacían en La Buena Medida antes que la remodelen? ¿Viste lo que eran? Bueno, acá se come así, es una bomba.

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Sin prisa avanzamos por Avenida del Rosario. Atravesamos primero Barrio Plata, donde se ve un santuario del Gauchito Gil y un par de laburantes andando en bicicleta. Pegadito está el Nuevo Mangrullo, joven barrio llamado así por haber alojado a los pescadores de la zona del Mangrullo tras una inundación.

Antes de la Circunvalación, una hilera de pequeños edificios pintados de amarillo pone fin a un paisaje de casas bajas de material hecho al ritmo de la supervivencia y los planes estatales.

—De día todavía es tranquilo, pero después de las seis o siete se pone picante. Sin custodia no entramos —dice Herni, que frena para que se baje un viejo al que le cuesta caminar.

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Tras cruzar Circunvalación, uno empieza a sentir que está en otro lado. A la derecha se extiende un cielo enorme, apenas transitado por una nube solitaria y el humo de alguna quema de basura. Resulta increíble que la calle por la que vamos con rumbo sur no es otra que Avellaneda. La visión de una vieja estación de trenes con el cartel que indica el nombre del pueblo, “EL GAUCHO”, termina de dar forma a lo que antes fue solo intuición. Pues si bien en la estación hoy viven familias y el cartel es solo un anacronismo de lo material —ya no es un pueblo sino parte de Rosario, bautizada como Barrio Hume—, algo de un pasado difuso aún sobrevive, no solo como paisaje sino como referencia de la existencia en esta geografía.

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Por Batlle y Ordóñez atravesamos Tío Rolo, barrio industrial donde se ven fábricas y chimeneas. Herni dice que esta es una zona febril, no sé si por un error de pronunciación o a propósito, pero creo que el término va bien. En el cruce con Ovidio Lagos está la punta de línea —es decir que ahí termina el recorrido—, donde todos los días lo espera Diego, un colega que se va con él hasta el centro para subirse a otro interno de la 112.

Hacemos una pausa de un par de minutos. Ellos se ponen al día sobre asuntos del trabajo y sobre un nuevo whisky que viene con miel.

 

 

Vecinos y asaltantes

—La semana pasada me asaltaron, tengo el récord de ser el último robado de la 112; le dice Diego a Herni.

—¿Dónde fue?

—En la cuadra anterior —aclara señalando una esquina del Nuevo Mangrullo que acabamos de pasar, esta vez en dirección contraria—. Fue un pastor evangelista, o alguien disfrazado de pastor. En una mano tenía la Biblia y en la otra un revólver. Me afanó a mí y a todos los pasajeros. Después se bajó y se fue caminando, como si nada.

—¿Te apretaron feo?

—No, porque ninguno de nosotros se hizo el héroe.

—A veces te aprietan igual…

—Hace poco subieron dos locos con picanas, en el coche estaba el chofer y dos colegas que ya habían terminado el turno. Los picanearon a los tres.

—No me digas. Se fue todo al carajo.

—Hace rato se fue todo a la re mierda.

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Tres hermanas que se tiñeron el pelo de un rubio furioso suben al colectivo en la parada de la plaza de Tío Rolo. Las bautizaron Las Trillizas de Oro. Siempre suben juntas y se bajan en el centro, aunque los choferes aún no conocen su destino.

Unas cuadras más adelante, se hace notar la ausencia de “la renga”, una señora que padece cierta dificultad en una de sus piernas y que todas las tardes, a la misma hora, se toma el colectivo del Herni y se baja tres paradas más adelante.

En la esquina de Balcarce y Uriburu, un viejo se nos cruza en bicicleta, de contramano y a todo lo que da, llevándose como obsequio el primer bocinazo de la tarde. Cuando pasa la tensión, Herni se ríe:

—Ese hijo de puta quiere morirse, viejo loco de la cabeza.

Surcamos nuevamente La Lata, Barrio Hospitales y El Abasto. Cruzamos Pellegrini y llegamos al centro. El colectivo vuelve a llenarse, Diego se baja en la Peatonal y dobla hacia Laprida porque en dos minutos pasa su coche; su primer destino es la punta de línea donde nos esperaba cuarenta minutos antes.

 

En la rutina de continuar

—Siempre hay que cumplir horarios, pero hay situaciones que no podés manejar y eso a la empresa no le importa. Si se te tilda la máquina tenés que esperar dos minutos a que se arregle, y dos minutos en un colectivo son como dos horas. Si vas bien manejás el asunto, pero si te atrasás se te amontona la gente. ¿Y con quién se la agarra el pasajero? Con el boludo del chofer (1). De alguna manera este es un trabajo ingrato. Te doy otro ejemplo. Termina el recorrido y tenés ocho minutos de espera. Te tomás un café, comés algo, vas al baño. Pero si te agarra una vía con la barrera baja no podés descansar, llegás y tenés que salir. Mi horario es hasta las ocho y cuarto, entonces el renegar es continuo.

Herni habla mientras nos alejamos del centro por Catamarca. Luego doblamos por San Nicolás y atravesamos el Cruce Alberdi sin mayores problemas. De las tres vías por las que pasa el 112 (las otras son las de Uriburu y Moreno y las de Felipe Moré y Junín), esta es la más complicada. Tiene varios carriles y siempre hay algún convoy maniobrando.

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En la Avenida Alberdi sube un hombre de unos cincuenta años. Marca tarjeta y se apoya en las barandas que rodean el asiento del chofer. Por lo que escucho pienso que es un amigo:

—Hace mucho que no aparezco, lo que pasa que estoy trabajando de noche. Pero te digo algo, para mí mejor. Cuando llego a mi casa de mañana mi mujer se va a trabajar, así que casi no nos vemos. Ya no nos aguantamos más.

Antes que doblemos por Juan José Paso se baja y me entero de que solo es un conocido, alguien a quien Herni antes veía con más frecuencia:

—El colectivo es como un confesionario igual que el taxi. La gente te cuenta cosas que no le contaría ni a la hermana y que uno va rescatando y tomando como experiencia.

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Por Junín, ya en el enorme Barrio Ludueña, vemos un tablón sostenido por dos caballetes lleno de churros, tortas fritas, bolas de fraile, empanadas turcas; la ciudad está llena de estos puestos ambulantes pero este tiene algo especial, cuesta seguir de largo sin frenar y comprar algo.

En la vía, un par de cuadras más adelante, un flaco también se armó una mesa de venta. Pero no ofrece comida sino un rejunte tan diverso como miserable: un teléfono viejo, muñecas usadas, peines, alguna que otra herramienta.

La tarde avanza y otro colega que viene en un 112 en dirección opuesta a la nuestra le hace un gesto al Herni en referencia a sus lentes, rojos como la brasa de un tabaco.

 

 

La ciudad más allá de la ciudad

Arriba del colectivo, dando vueltas y vueltas, el tiempo parece transcurrir de otra manera, sugiere otra sintonía. Al ver que mi celular marca las tres, siento que el horario debe ser otro. Ni más temprano ni más tarde. Es raro. Solo intuyo que debería ser otro.

Dejamos atrás Provincias Unidas y, con muy pocos pasajeros, recorremos Fisherton Industrial. Herni esquiva un par de pozos y me dice:

—Si agarrás uno, agarrás tres.

En la esquina siguiente sube una señora, cuyo padre siempre la acompaña hasta la parada.

—Hola, abuelo. ¿Cómo le va? Hace de ayer que no lo veía —dice Herni y su voz resbala por el silencio del barrio.

El viejo lo mira con alegría. No dice nada pero levanta las manos como diciendo estoy.

—Por lo menos respira, no es poco.

—Ya es bastante —dice el viejo y ríe.

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Dejamos atrás Circunvalación y llegamos al 7 de Septiembre, un barrio humilde de edificios bajos y muchos árboles, con vida comercial propia. Damos vueltas por sus callecitas y, en total soledad, llegamos a la punta de línea, ubicada en Ayala Gauna y Tarragona, donde hay un dispensario, una escuela y una comisaría. Tenemos tiempo para fumar un cigarrillo y charlar con otros choferes.

—La querida 112 tiene el recorrido más largo dentro del radio de Rosario. Es como el 60 de Buenos Aires, que va de punta a punta de Capital.

Ciertamente, tan largo es el trayecto de la línea, que los choferes solo llegan a dar dos vueltas y media por turno, mientras que en otras líneas, como la 126, llegan a dar hasta cinco.

—Esto es un mundo, en mi turno suben seiscientas personas por día, lo sé cuando tiro el ticket final; un montón de gente muy distinta entre sí —dice Herni, que con cierto aire evocativo propone—: habría que hacerle un tango alguna vez.

 

 

Siempre tenés que volver

A modo de epílogo

En el 2010 trabajaba en la línea 140, que es la única que va al barrio Las Flores. Había llegado al final del recorrido y paré a tomarme un café. Al pegar la vuelta me hacen señas más de veinte personas y freno. Cuando empiezan a subir, veo que cargan un ataúd que tenían escondido, y me piden que los lleve hasta San Martín y Uriburu, donde se hacía el velorio. Dejaron el cajón en el pasillo del colectivo. La gente que iba subiendo veía la escena y se espantaba. Marcaba tarjeta y se bajaba. ¿Qué les iba a decir? Esta gente no tiene para comer, menos va a tener para alquilar un coche mortuorio. Además ahí mandan ellos. Se levantaban la remera para que yo viera que estaban enfierrados. Siempre les digo a los choferes nuevos que no nos podemos mandar ninguna macana. No nos olvidemos de que tenemos que volver, y volver, y volver… y de que te esperan.

Vueltas y vueltas

Como el 141 tenía la punta de línea más adelante, en el bar ya lo esperaban con la caña servida en el horario habitual en que solía llegar. A esa altura ya no tenía muchos pasajeros, entonces podía clavarse ese trago salvador que le permitía sacarse el frío y la rutina de encima. Fue así durante varios inviernos, hasta que al hombre, por esas circunstancias que tiene la vida, lo cambiaron de línea. En el bar nunca más se supo de él.

Supongo que nadie que sea buena leche, por más estricto que tenga el carácter, juzgará errada su conducta. El día a día no es fácil, y dar vueltas y vueltas no es para cualquiera.

Con pasajeros y todo, otro chofer con varios años de profesión encima piso el acelerador, apuntó contra un enorme paraíso y estrelló el frente del coche, en un acto de desquite que debe haber sido como ganar un clásico en el último minuto.

Con el mismo fin pero en plan de lucha al estilo Mahatma Gandhi, un compañero suyo abandonó el bondi, también en pleno recorrido, tras entender que ya no tenía paciencia para soportar otro embotellamiento de los que se arman en el centro de la ciudad. Dejó el colectivo en Mitre y Córdoba y se alejó en silencio, como solo un hombre sano lo puede hacer.

  1. “Hace veintiocho años que estoy arriba de un colectivo. Arranqué en la E, que era la línea que no tocaba el centro: iba de Grandoli y Gutiérrez hasta el PAMI II, trabajaba muchísimo y pasaba por todos los hospitales, tanto de la zona norte como de la zona sur. Usábamos otros coches, no tenían aire ni calefacción y había que cortar boletos. Si el pasaje costaba $3,20 y te pagaban $3,50 y no tenías los $0,30 de vuelto, se te enojaban, te decían que te querías hacer rico juntando las monedas y hasta te culpaban del calor o del frío. La gente siempre fue verduga.”