Trabajan en una esquina, trabajan en un cabaret. Aguardan la irrupción de algún cliente que les permita ganarse la moneda y así atraviesan la noche. Caminos de compañerismo y aguante que se abren en los márgenes violentos de una sociedad violenta.

 

Imágenes: Matías Buscatus

 

Emanuel cruza la calle una y otra vez, incapaz de quedarse quieto. Botella en mano, naufraga esa inconveniente forma de placer que consiste en mezclar cerveza con cocaína. Nuestra presencia parece incomodarlo. “Si estos son periodistas, yo soy el Hombre Araña”, desafía en voz alta asegurándose que lo escuchemos. Tiene treinta y siete años, pero aparenta mucho menos; a tal fin ayudan su estilo de adolescente: bermudas, remera de rock y mochila colgada del hombro. Desde hace casi dos décadas se prostituye en distintas esquinas de la ciudad.

“Si ustedes de verdad estuvieran escribiendo una nota, no tendría problema en que nos subamos a un taxi para recorrer los mil rostros oscuros del centro. La noche esconde transas, violencia, trata de personas. De día la gente camina por la vereda sin tener ni idea de lo que va a pasar en ese lugar en un par de horas cuando llegue la noche”.

Con origen en una familia de clase media alta, la puta vida empujó a un joven Emanuel hacia el trabajo callejero. De personalidad fuerte, es sin dudas el líder que cohesiona ese grupo que hace varios años para en la ochava: además están Lautaro, Camila, Rebeca y Andrea. Todos, con distendida paciencia, esperan de reojo que algún auto frene solicitando sus servicios.

“La vida es complicada. Por ejemplo, a mí me gusta tomar merca, pero no que me la vendan. ¿Entienden cómo viene la mano?”, explica antes de que un Peugeot 207 doble desde Sarmiento y le haga señas de luces.

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Camila inició su camino en la prostitución allá por los tardíos noventa, cuando la aventura neoliberal todavía no había explotado en crisis pero ya se había comido a unos cuantos. Recuerda que por aquellos años “se veían hasta diez chicas por cada cuadra del centro; había hambre”. Con el tiempo muchas fueron abandonando la calle; los privados, los anuncios vía Internet y los clasificados en diarios hicieron su parte: hoy son muchísimas menos las mujeres que paran en las esquinas.

Dueña de una belleza que se explica en una profunda mirada color miel, asegura que la suya no es una cotidianeidad por la que se deba sentir pena. “Al principio costó, pero una se acostumbra rápido. De última, gano bien y la mayoría de los clientes me conoce, algunos ya son fijos, de muchos años. A veces necesito plata, los llamo para pedirles y me prestan”.

Los niveles de cordialidad, sin embargo, no siempre fueron tan altos: “De chiquita me cagaron a palos como ocho veces; ahora, si me quieren tocar los mato”.

Con treinta y cinco años y dieciocho en la profesión, Camila supo ser compañía de “periodistas, famosos y políticos”. Evoca a “un ex intendente que pagaba muy bien” y con asco recuerda a “un diputado muy perverso; aparecía con un bolso lleno de billetes y a cambio pedía que lo meara”. También, se ríe de un policía que sabía frecuentarla: “Venía con el uniforme y todo. Yo lo jodía y le decía que no venga así, que me re escrachaba”.

 

 

En relación con épocas anteriores, el parar en la calle ofrece hoy mejores condiciones. Cuando comenzó eran frecuentes las extorsivas detenciones por parte de la Policía: “La comisaría nos quería cobrar, nos pidieron a mí y a una compañera que recaudemos la plata de todas las otras chicas. Fueron varias noches. Nos veían y nos llevaban detenidas, pero aguantamos sin darles cabida y no nos jodieron más”. A su vez, se sufría la persecución de las viejas cuadrillas de Moralidad. “Una noche estaba con un tipo entrando a un hotel, nos cruzaron y nos apretaron a los dos. Los clientes, muchas veces con familia, se asustaban y ponían la moneda. Pero esa práctica era ilegal y resulta que este era abogado. Y no se asustó, fue con nosotras a la comisaría, hizo la denuncia y nos acompañó a declarar a tribunales. Los canas no lo podían creer. ‘Agradecele que eso no pasa siempre’, me acuerdo que me dijo la jueza con razón”.

Camila comenzó a prostituirse para mantener a la que entonces era su única hija. Hoy en total son tres nenas las que conforman su familia; tienen entre diecisiete y once años. “Sigo trabajando para ellas; ahora mismo estoy tratando de juntar doce mil pesos para el viaje de estudios de la más grande”.

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El local es una oscura cueva en el corazón del microcentro. Las intermitentes luces de neón nos indican que está abierto; tras la puerta, un tuerto sentado en una banqueta cobra la entrada. En el salón hay poca gente, apenas dos hombres solos y un grupo de tres turistas japoneses. En el escenario, una voluptuosa morocha termina el último show de la noche. Solo queda un rato para tomar una copa y cruzar al hotel de enfrente en caso de que se desee comprar un momento de sexo.

“¿Quieren tomar algo?”, pregunta Mónica, que tiene treinta años y exhibe una rebosante y trabajada vitalidad. Aceptamos la oferta y ella se dirige a la barra para volver con dos Fernets y un vaso de Speed.

¿Cómo es la vida en la noche?

Te cruzás con lo peor: el que roba, el que se falopea, el que abandona a su familia. Y también conocés lo mejor, como el coraje y la voluntad de estas mujeres que son mis compañeras; todas las noches se ganan la vida y defienden su trabajo, muchas veces en situaciones en que exponen su propia integridad física.

¿Qué pensás sobre el hecho de prostituirte?

Soy una mujer plena, feliz de ser madre y darle todo a mi hijo. Feliz por descubrir mi valentía, porque para estar acá hay que ser muy valiente, hay que luchar, y yo lo hago y me siento orgullosa. Feliz por hacerlo junto a mis compañeras, que son chicas muy solidarias, acá no hay competencia, nadie me hizo pagar derecho de piso. Y lo mismo con el dueño del local, me llevo muy bien también con él.

¿Y con los clientes cómo te llevás?

No soy quién para juzgar a los clientes. Al contrario, estoy agradecida, nunca me trataron mal. Y si alguien me da asco o desconfianza, no lo atiendo y listo…

 

 

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Andrea es una travesti de treinta y dos años. Sus ojos azules, sumados a una nariz aguileña y largos cabellos rubios, le dan forma a un singular atractivo que le valió el apodo de chica Almodóvar entre sus compañeros de parada. Es Emanuel quien más insiste en llamarla así, mientras le acaricia el antebrazo y le dice, bien en serio, que la quiere mucho. Ella se pone un poco nerviosa y al final deja relucir una sonrisa que no le entra en el rostro.

Infancia y juventud atravesadas en un barrio de Zona Sur, terminó alejada de su familia a causa de su condición sexual. Es especialmente su padre quien no quiere tenerla cerca. Hoy vive en una pensión ubicada por calle Zeballos y cursa tercer año de abogacía: “La verdad es que me resulta difícil estudiar, hay muchos compañeros de la carrera que me han visto en la esquina y no puedo dejar de sentir algo así como vergüenza. Es por eso que voy cada vez menos a clases”.

Después de buscar su parada en distintos puntos de la ciudad, Andrea conoció al grupo del que hoy forma parte y no oculta su alegría al respecto. “Trabajaba en la plaza Libertad, y la verdad que ahí la noche se pone espesa. Corre mucha droga y hasta tenés que cuidarte de que alguna chica pasada de rosca no te quiera meter un cuchillazo. Acá estoy bien, nos cuidamos entre nosotros”.

“La prostitución me hace acordar a cuando era vendedora ambulante. Hay días que te pasás un montón de horas laburando y no te llevás ni una moneda. Encima antes de salir a la calle te tenés que pintar, peinar, ponerte linda. Es frustrante cuando no aparece ni un solo cliente en toda la noche”.

Esta madrugada parece ser una de esas en las que no pinta el dinero, por eso Andrea saluda y encara hacia la esquina de la vuelta, como un experimentado pescador que se aleja de esa porción de costa donde abundan los anzuelos.

En el trayecto, una mujer que sale del prostíbulo de mitad de cuadra se cruza en su camino y la mira burlona, casi como guardándose un insulto en la boca. Ella se muestra indiferente y sigue como si nada.

Existe una marcada rivalidad entre las chicas que trabajan en la calle y las que tienen su lugar en el viejo burdel. En un par de ocasiones llegaron a gritarse alguna que otra cosa pero la bronca nunca pasó a mayores.

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Flota en la esquina la sombra de las que ya no están. Es en especial Camila quien más parece extrañarlas. A Laura, por ejemplo, que vivía con su marido e hijos en el mismo hotel al que ella iba con sus clientes. “Un verano se fue con su familia a Mar del Plata y no volvió más. Estaba embarazada. Lo último que se sabe de ella es que se subió a un taxi. Se sospecha que un camionero que levantaba prostitutas en la ruta la haya matado junto con un comisario, los dos eran conocidos por andar en esa”.

También asoma la historia de Mariela, vieja compañera de ochava que falleció de VIH. “Lo más terrible es que el sida se lo pegó del que era su pareja, no trabajando. Ella era muy linda, era hermosa. Pero en la última época estaba muy flaquita, muy consumida, y cada vez tenía menos clientes. Por eso una vez accedió a estar con un chacarero de mucha plata que quería tener relaciones sin preservativo. El tipo después se enteró de su enfermedad y la fue a buscar con un fierro. Le dijo que si lo había contagiado le iba a vaciar el cargador en la cabeza. Al final el examen le dio negativo, pero mi amiga se murió igual”.

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Mónica agota su vaso y se muestra cada vez más inquieta. Supone que no acabaremos siendo clientes y ya no quiere perder tiempo. Entre risas les grita a sus colegas que “estos dos nada más quieren conversar”.

¿Qué cosas te molestan de esta sociedad?

Los negros. Ellos son los que roban y matan. Nosotros somos la razón, la civilización, y ellos la animalidad, el instinto.

¿No te parece que los que más roban son los empresarios y los políticos?

En la calle te roban los villeros. Yo a mi hijo lo mando a un colegio privado porque no los puedo ni ver y no quiero que se junte con ellos.

Quizás los que roban en la calle sí sean de los barrios populares, pero es un problema que nace a partir de la falta de igualdad…

¿Igualdad? Tiene que haber igualdad para los iguales, y ellos no son como nosotros, son distintos, inferiores.

 

 

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Una serie de desafortunados acontecimientos empujaron a Rebeca a la prostitución cuando ya había pasado los cuarenta. Ahora tiene cincuenta y tres años y un ácido sentido del humor en el que se ampara. Como Emanuel, no cree que seamos periodistas y parece encontrar satisfacción al echárnoslo en cara. “¿Dónde están los grabadores, las cámaras, los micrófonos? Si no me filman, no hablo”.

Pero de a poco va soltando palabra: “Antes los chorros nos cuidaban, ahora nos roban; los pendejos están muy zarpados”, cuenta cuando le preguntamos si se siente segura en plena madrugada, mientras se acomoda el pelo con la ayuda de un espejito de mano.

Para Rebeca una de las cosas que más duelen por ser prostituta es la mirada de desprecio que se encuentra cada noche. “La sociedad es muy hipócrita. Nos miran como si estuviéramos haciendo algo que ofende. Ya estoy acostumbrada, no me molesta, pero tampoco me gusta”, dice con voz ronca.

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De lo más íntimo de la oscuridad aparecen dos hombres de mediana edad. Uno de ellos se queda del otro lado de la calle; el petiso de barba llega hasta la esquina y le pide a Camila que se acerque un momento. Le habla con dulzura, la trata de Negri. Ella nos mira de reojo y sonríe; “Está todo bien”, parece decirnos.

El tipo saca un teléfono del bolsillo y marca un número; cuando alguien atiende le pasa el aparato a Camila, quien accede a un intercambio de pocas palabras, le devuelve el celular a su dueño y camina hasta nosotros con una tierna sonrisa. “Bueno, chicos, mejor vayan yendo; otro día la seguimos”, se despide, y pega media vuelta.

A pocos metros, Emanuel y Lautaro siguen tomando cerveza. Rebeca ya está preparada para regresar a su casa en Empalme Graneros. A la vuelta de manzana, Andrea sigue esperando en soledad que frene algún auto.