“Quizás les sirva para la revista”, aclaró uno de nuestros lectores cuando nos enviaba, vía mail, este breve material: fragmentos de un diario íntimo sobre los recorridos nocturnos que su primo (Darío Monzón. Rosario. 1965 -2014), recientemente fallecido, realizó durante años con un Renault 21 modelo 92. Lo leímos y no dudamos en publicarlo. Estas pequeñas piezas conforman un intenso mosaico sobre la noche de la ciudad, a la vez que dejan ver la búsqueda de quien fuera un aventurero tan extraño como obsesivo

 

Edición del Texto: Rev. Apología 

Fotografías: Julián Alfano

 

24 de junio 2012

Fui a dar una vuelta hasta dejar el tanque casi vacío. Todo el domingo fue de lluvias, vientos y más lluvias. En mi casa ya me sentía embotado de tanto encierro y por eso anduve con la ventanilla baja la primera medio hora: el viento frío en la cara me hizo sentir vivo. Salí pasadas las diez y volví a la una.

La ciudad estaba desierta, oscura y silenciosa, quizás por eso mi curiosidad era honda cuando veía algún solitario por la calle. En el Parque España, un hombre muy bien vestido caminaba despacio y se fumaba un cigarrillo. ¿Quién era? ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué no estaba en su casa? ¿Por qué estaba caminando solo bajo la llovizna?

11 de julio 2012

Iba por Cafferata. Frené en la Plaza Buratovich y me bajé a mear.

Mear en un árbol siempre me hace sentir aliviado, hasta libre, diría. Incluso a veces lo hago estando a metros de mi casa.

23 de julio 2012

En el Parque Independencia, ya pasada la medianoche, un pibito se me acercó caminando y me pidió fuego. Me habló un par de boludeces y me fue tirando la onda para chupármela. Le dije que no y se fue. Al ratito vi pasar un patrullero en la misma dirección hacia donde él había partido. “Me querían agarrar con un menor y sacarme plata”, pensé, pero al ratito dudé si no me estaría volviendo un paranoico.

Puse el auto en marcha y encaré por Oroño, hasta el fondo. Al rato ya me volvía de mala gana a dormir.

1 de agosto 2012

A eso de las dos bajé en la estación GNC de Alvear y Brown, y me metí en esa pequeña pecera que es el bar. Uno de los playeros miraba una película de acción yanqui junto a dos taxistas de caras cansadas —esta escena ya la vi varias veces—. El que atiende la barra, concentrado, jugaba una partida de ajedrez: fue lo mejor que vi en la semana. Sentado afuera, solo, un playero parecido a Lou Reed escuchaba música desde su celular.

29 de agosto 2012

Cuando me desperté era ya imposible maniobrar. Así que me limité a ver cómo mi auto chocaba contra un poste de luz, en uno de los canteros de Boulevard Rondeau. El impacto fue débil porque al parecer venía a una velocidad muy baja, pero un terror inmenso me sacudió: la posibilidad de que alguien haya visto el accidente. Miré para todos lados y no divisé autos ni gente a pie, escruté las ventanas de las casas y tampoco vi a nadie. Recién ahí me di cuenta de que temblaba. El auto apenas tenía un rasguño. Lo puse en marcha y huí despavorido.

 

 

5 de octubre 2012

Di vueltas por toda zona norte. Como ahí nunca hay nadie se puede ir a 30 sin que te molesten por eso. En la plaza Santos Dumont bajé a fumar marihuana. No suelo ir mucho por esas geografías pero las cosas son así. Aunque muchas veces termino haciendo los mismos recorridos, lo que más me gusta es cuando se dan rumbos inesperados.

En al auto tenía whisky y algo de cocaína que me habían regalado, porque la verdad no consumo cocaína. Me la fui tomando de a poco, a medida que vaciaba la petaca de Blenders. En estado místico, me empapé de la nocturnidad del Rucci: de la horrible cruz que el Padre Ignacio levantó donde la circunvalación se choca con la autopista a Santa Fe, de la vieja fábrica de cerámicas y de los edificios petisos y silenciosos.

En un momento me perdí pero al final pude encontrar la mini terminal. “Quizás hay un par de choferes haciendo una pausa, tomando café y sosteniendo esas conversaciones que apenas duran más que un cigarrillo”, pensé.

El lugar estaba desierto.

15 de octubre 2012

Aquel auto de un azul gastado y con motor de respiración sospechosa hoy se convirtió en mi refugio. Y todo por un aviso hecho a mano pegado en un kiosco de barrio.

20 de octubre 2012

Cuando uno anda por la ciudad de noche siente que la calle es suya. Hay un clima de intimidad y cercanía con el ambiente difícil de describir pero que palpita en la contemplación de una ventana iluminada, en la oscuridad de los árboles de una plaza o en el latir silencioso del cemento de un puente.

La llegada del día es como el fin de una ilusión.

1 de noviembre 2012

Juan es uno de los tantos personajes del bar La Pecera —Vera Mújica y Santa Fe—. Lo que hizo ayer fue lo mismo que hizo todas las noches que estuve con él: pedir el champagne más caro, hablar del súper auto que tiene e invitar un trago a los que se sientan en su mesa.

Solo que anoche al ratito de irse volvió buscando a alguien que lo ayudara a empujar su nave porque no le arrancaba. “Si los millonarios se mueren, un auto caro puede no arrancar alguna que otra vez”. Fui a darle una mano. Algo no cerraba hasta que cerró: su nave era aquel cacharro viejo con el cartel de Flete… Se sintió avergonzado porque lo había descubierto, así que le dije que le iba a guardar el secreto.

 

 

5 de noviembre 2012

Hay otros como yo que combinan el auto y la noche, por ejemplo los que corren picadas. A veces las veo por la costanera de zona norte, otras veces en las Cuatro Plazas. Yo prefiero no saber nada de eso. Cuando necesito velocidad agarro Circunvalación, a veces la ruta. Siempre con la ventanilla baja y nada de música ni de noticias.

10 de noviembre 2012

Volvía a mi casa por el bajo y doblé por Entre Ríos, rumbo al sur, cruzándome con la gente que salía de los boliches a la altura de la plaza Sarmiento. Creo que no hay espectáculo más decadente y menos esperanzador que este: gritos histéricos, llantos, tambaleos y vómitos. Motos que aceleran pero no avanzan —dándole al ambiente el preciso ruido de lo grotesco— y, zas, tres que corren para un lado, dos que buscan un cascote, uno que cae de una piña; mientras, en una esquina, ajeno a cómo se destruye su generación, un pibe se juega lo poco que le queda ante una morocha que ríe.

Al dejar atrás todo esto pensé: el boliche es el aula de la escuela y la calle el patio.

19 de noviembre 2012

Puse la radio y me fui hasta la Wilcor a tomar un café. Después me perdí en barrios de lujo y observé las casas de los millonarios, al tiempo que era observado por su custodia privada equipada de uniformes, caballos y celulares.

En la radio no había nada bueno. Pero antes que un pen-drive con mi música prefiero la radio, cualquier radio. Alguna que me cuente los accidentes del tránsito o los lamentos existenciales de los desesperados que un pastor evangelista intenta contener. Y si encuentro un programa donde la gente cuenta sus problemas mil veces mejor. Todo eso me conecta con el latir existencial de la ciudad, con su obsesión secreta.

20 de noviembre 2012

El auto se quedó en San Martín y Ayolas, cuando estaba volviendo a mi casa tras dar unas vueltas por zona oeste. Abrí el capó y metí mano; mis conocimientos no son muchos pero alcanzan para resolver estas situaciones. Bueno, anoche no alcanzaron, a pesar de mis muchas insistencias. Al final me resigné, lo estacioné a los empujones y lo dejé. Me volví en taxi.

Hoy salí del trabajo y lo fui a buscar con el mecánico de mi barrio. Todavía me siento algo culpable por haberlo abandonado así: voy a juntar unos pesos para mejorarle todo lo que haya para mejorarle.

26 de noviembre 2012

Anotaciones conceptuales:

* Viejos carteles de neón sobre la calle San Juan. Es el pasado que aún parpadea.

* Un cruce de calles es una cruz de asfalto (César Fernández Moreno). La ciudad es un lugar de condenados…

* Una ventana iluminada es una promesa desconocida.

12 de diciembre 2012

En la puerta de la Facultad de Medicina encontré a un vagabundo tirado en el piso y con el rostro ensangrentado. Lo subí en el asiento del acompañante y lo llevé al Clemente Álvarez. El tipo era ya grande y lo acababa de moler a palos una patota. Según entendí, estaba durmiendo y se despertó de golpe, mientras una patada le daba en la nariz. Eran las cinco de la mañana y en la calle no había nadie.

Veinticinco o treinta años atrás, uno se sentía protegido por la ciudad. Salvo por la policía, no sentía temor alguno. Hoy se siente que la ciudad te va a romper la cabeza como lo hizo con este pobre viejo. En la calle hay ganas de pelear, de dañar, de cortar, de clavar y de tirar.