Un cine porno en una cortada céntrica. Una ventana de chat que brilla en el celular. Un club swinger con pista de baile y habitaciones. Un rincón a la intemperie en cualquier parque de la ciudad. Escondrijos que acunan encuentros y desencuentros al borde de la urgencia. Territorios que llegan a ser, en ocasiones, territorios del afuera.


Imágenes: Victoria Bueno


Del otro lado de la pantalla…


Jueves por la noche, me arreglo para salir. El plan: cine con un amigo. ¿Monumental? No. ¿Village? Tampoco. ¿El coqueto Showcase? Jamás. Nuestro destino es el tradicional cine porno de la cortada Ricardone.


Sergio, mi compañero de salida, me avisa por celular que ya está en la esquina esperándome ansioso. Es un señor de unos cuarenta años, obrero de fábrica, casado y con dos hijos. Un gay en el opresivo clóset de la familia tradicional.


Cuando le dije de ir al cine le brillaron los ojos y sin dudar me dijo: “Te acompaño, estoy dispuesto a todo lo que proponga ese lugar”. En cierta forma entendió mi idea, que era investigar ese espacio históricamente masculino donde el ingreso femenino es casi impensado.


¿Qué sucede realmente cuando una mujer lo visita? ¿Existe una horda de señores mayores atentos a la entrada de una vagina para activar un ataque furtivo? Al enterarse de mi plan, mis conocidos me habían contado de orgías de la tercera edad, fluidos que volaban por los aires y cosas que se pegaban en pantalones. Me recomendaban y me insistían en que no fuera.


***


Una vez en el lugar, charlamos con Sergio sobre cuestiones de consentimiento, expectativas y límites. Antes de entrar escuchamos la advertencia del boletero, que aclaró que había solo cine gay.


—Lo digo por ella, capaz se aburra.


—Mis gustos superan tu imaginación —le dije sonriendo. Él extendió mi boleto riéndose también.


Atravesamos pesadas cortinas y entramos a la sala. En la película dos hermosos muchachos se abrazaban junto a un fogón, cercanos al crepitar del fuego. Sergio, con voz bajita, me cuenta que tras la pantalla se encuentran los baños: supuestamente ahí está la acción.


Mientras sigo la trama de la peli comienzo a registrar y ser parte del ritmo que dicta el lugar. Desde la penumbra llegan miradas que se posan en mi nuca y algunos sonidos tipo silbido de ave, como si se estuviera en un bosque nocturno. Los hombres entran y salen de esa enorme pared misteriosa porque, sin dudas, el detrás de escena aloja un clima revuelto.


Nuestros compañeros de aventuras son señores de los treinta y setenta años, todos bien vestidos y peinados. Algunos toman cerveza en lata y otros simplemente apelan al viejo truco de las manos en los bolsillos. Nadie permanece en su sitio más de diez minutos y quien no está buscando contactos está perdido en la pantalla, ajeno a la marejada general. Comienzan a llegarme las primeras miradas furtivas y las sostengo. Todo se torna una danza controlada y contenida, en la cual unas quince personas se mueven como extras en una escena de amor.


***


Decidimos levantarnos e ir a conocer el piso de arriba. Lo más importante, dice mi compañero, es que allí se dan los acercamientos más reales. Me siento en la primera fila y él se queda atrás apoyado en la pared.


Un morocho fibroso me mira todo lo fuerte que una puede ser mirada, y yo le sostengo mi mirada hasta que se acerca y se sienta a mi lado. Me cuenta que se llama Martín y desde el apoyabrazos estira el dedito chiquito con intenciones de tocarme la pierna. El gesto es tan lento y medido que permite que lo vuelva a mirar a los ojos y con la mano le diga “Gracias”. En la pantalla un jovencito con orejas de conejo pide dulces por Halloween.


Intento seguir la película pero soy sorprendida por un gemido que se escucha a mi espalda —en ese cine no se necesitan lentes 3D para que la experiencia sea algo real—. Sergio, pantalones por las rodillas, es succionado por alguien que lleva camisa. Varios de los presentes nos alineamos a su lado para ver de cerca.


El amor fugaz de mi amigo es una marika entrada en edad pero no por ello menos glamorosa y bien perfumada, detalle que hace olvidar su ojo de vidrio. Dueña de un carisma sin igual, se desprende la camisa, le pide a otro que le apriete sus tetas y me bautiza “la perra más morbosa”, invitándome a que lo cachetee. Todo empieza a tornarse divertido y escandaloso.


Al terminarse esta escena miro hacia abajo: hay unas tres personas gateando entre las butacas, lamiendo con dedicación y en profundo silencio. Descubro al rato a una vecina trans, que duerme mientras un pucho se le quema en la mano. Bajo, me acerco suavemente y se lo quito sin que se asuste.


Miro hacia todas partes y me torno casi invisible. No me llegan ni gestos obscenos ni forzamientos, tampoco hay sujetos frotándose sobre mi espalda. Soy una más en este letargo sexual.


El reloj me indica que han pasado casi dos horas y siento que ya tuve suficiente. Saludo a Sergio, que sigue pululando por ahí, ahora con un señor canoso y pintón.


Refugiadas en un profundo silencio y una aparente inacción, pienso, hay almas que saben que las miradas son suficientes para decir no soy un fantasma, tengo un cuerpo que desea. Salgo a la luz amarilla de la cortada con el alivio de que en Rosario existen lugares donde las pantallas no son lo que importa.


Ruleta rusa


Me muevo encapuchada entre los arbustos del Parque Independencia. Los veo desde la distancia: ella con un saco largo y minifalda, sin ropa interior; él con pantalón de jogging y campera gris. Son Marcela y Gustavo, perros callejeros, amantes del sexo en parques. Los conocí hace años y no hace mucho chateamos nuevamente. Me invitaron, como antes, a que vaya a espiarlos.


Los sigo desde una oscura soledad y advierto, tan solo unos minutos después, nuevas sombras que se agitan desde diferentes ángulos. La experiencia me recuerda que todo el que camine lento por estos lugares, después de las 20:00 y con las manos en los bolsillos, está buscando algo y no precisamente al pochoclero.


Súbitamente aparece en escena un pibe encorvado con campera de jean al estilo 80. Se sienta al lado de Marcela, que sin demasiados preámbulos se dedica a amasar el placer. Los tres miran hacia todas partes y hay al menos cuatro personas que los miran a ellos cargados de ansiedad.


La escena se diluye de un momento a otro. Una bragueta que se sube rápido, una mano que acomoda un flequillo y unos dedos que se secan en el pantalón. Todo al mismo tiempo. Esto es así, como el polvo en la habitación de adolescente con papá y mamá en el comedor. No se decide cuándo termina. Los muros de contención del sexo en la vía pública son los vecinos que pasean el perro y las fuerzas de seguridad.


Cierta noche, dos policías que patrullaban la zona los obligaron a seguir la acción delante de ellos, mientras les apuntaban con el arma reglamentaria. Lejos de espantarlos, esta experiencia estimuló a estos sujetos que, en medio de la supuesta normalidad de un matrimonio con dos pibes, salen a jugar a la ruleta rusa del sexo callejero.


La certeza de estar vivos…


Aunque estamos en pleno mayo se respira uno de esos mini-veranos a los que Rosario nos tiene acostumbrados. Mientras limpio mi casa como una Susanita me asalta la idea: en el único club swinger que tiene la ciudad, las mujeres solas somos siempre bienvenidas, recibidas con honores y alfombra roja. Dejo el trapo y busco en mi placard mi blusa a lunares.


Unas horas después estoy tocando el timbre del lugar. Me abre la recepcionista y luego me saluda la anfitriona, una especie de emperatriz seria y sensual. Me invita a conocer el ambiente y me describe cada rincón, y ahí es cuando me despabilo con la enumeración de reglas. Por ejemplo: cada pareja puede llevar a un “solo” que está identificado con una pulsera luminosa.


Las condiciones para acceder y permanecer son bastante estrictas y nacen de un intento de distribución equitativa de los placeres: si no existiesen, probablemente el porcentaje de voyeurs y hombres buscando tríos triplicaría a las parejas y se convertiría en un espacio poco ameno.


Canjeo mi consumición por un Campari, ingreso a la pista y me siento en una banqueta. Varias parejas me observan, se miman y fortalecen la vieja idea de somos uno.


Veo a una chica cortando al medio la pista, tan impetuosa como el rojo de su pullover. Dice llamarse Juli y sus labios condensan toda la tensión que hay dando vueltas. Charlamos de sus años en el ambiente y del comienzo del club, cuando yo con mis diecinueve recibía a la gente vestida de gatito con una cigarrera. Su marido, una especie de tótem, intenta sin éxito meter dedos en la conversación. Con Juli coincidimos en que las prácticas sw, hoy día, son lo que a la moda las polleras irregulares de gasa. Los viejos estereotipos de pizza y champán se reeditan al paso del reggaeton y el vino celeste en frapera.


Al rato estoy hablando con otra pareja, novata en la experiencia. A él se le cae la baba de los bolsillos, ella tiene ganas pero está nerviosa y le pregunto cuáles son sus deseos y qué cosas espera. Decidimos mimarnos un poco. Pasan unos minutos y recuerdo qué es lo que hace tantos años me hacía ruido de estos lugares: la configuración de las escenas tiende a garantizar, de primera mano, el goce del varón. Trato de concentrarme un poco en el aquí y ahora, intentando tenazmente romper con esa lógica. Después de una buena sesión de pieles me escabullo.


Soy interceptada por una pequeña dama de pechos enormes que se sostiene en una irreverente musculosa de encaje. Me invita a una serie de cosas tan interesantes que mientras las pienso ya estoy subiendo la escalera de su mano. Nos sigue su marido, un gracioso tipito de camisa y chaleco.


Ya como pez en el agua me acerco a una habitación donde me invitan a un tetris corporal envidiable, pero las inexperiencias juveniles y algunas masculinidades muy poco deconstruidas me hacen decidir que llegó el fin.


Salgo y mientras me tomo un café pienso: hoy es difícil encontrar lugares donde los desbordes pasionales no estén encorsetados por estereotipos de belleza y condicionamientos de clase y de género.


Los encuentros sw muchas veces se concretan luego de preguntas de rigor, a veces de la índole: “Higiene, depilación, buena dotación”. Son normas, garantías para pasar buenos ratos.


¿Burocracias de las orgías posmodernas que arman una ecuación poco favorable para el deseo?


Los raptos de placer que te toman por sorpresa, las desesperadas arrancaderas de ropa entre más de cuatro manos, hoy son diamantes que se guardan en algunos de los miles de departamentos rosarinos, un día cualquiera en un horario cualquiera. Los placeres más extremos generalmente reposan sobre la espontaneidad, y en consecuencia parecen perderse en un mundo que todo lo selecciona, lo juzga, planifica y regula.


Así y todo, en este pequeño agujero urbano aún se conserva ese espíritu de conectar desde la presencia. Sus habitués, en su búsqueda, rompen la exclusividad sexual monogámica y vuelven a sus casas con sabor a transgresión. Al igual que los bolicheros más tradicionales, intentan acariciar la certeza de estar vivos.


Fantasmas


Son las 04:00 de la mañana. Gonzalo y yo nos miramos las caras desparramados en las sillas del comedor. Hace un rato que nos fuimos de una fiesta que resultó un embole.


En su celu, Grinder ofrece un catálogo de abdominales perfectos. Conozco a mi amigo y sé que no se irá a dormir solo y mucho menos conmigo. Por mi parte, abro de puro fetiche mi perfil de Contactossex, histórica página de encuentros sexuales donde las fotos de perfil son un catálogo pero de pitos.


Doy clic en Ingresar y los mensajes llegan como lluvia de verano. El más delicado dice: “Somos tres para enfiestarte, ¿te va?”. Otro propone: “Tengo merca y whiskey, hermosa”. Un perfil que incluye la palabra ZOO me propone sexo con otras especies. El más expeditivo envía un “vamos a coger ya”.


El té de boldo me promete más calor en el cuerpo que todas estas propuestas flojas de papeles y al borde del delirio.


Gonza me pide abrir VíaRosario desde la PC. El chat con más historia de la ciudad tiene la Sala gay llena como un banco al mediodía. Gente que sale-entra y mensajes ametralladoras que disparan “Solito en el centro, petero quiere leche”; “Colita golosa busca ACT”.


Mi amigo comienza una charla tipo cuestionario donde le preguntan peso y altura, y nos reímos notando que de esa relación aritmética dependerá la aceptación.


Al rato se levanta y me dice que sale. Quedó en encontrarse con un chongo en Pellegrini y Maipú. Yo lo despido como a un hijo. Le digo que por favor tenga cuidado y me avise dónde está. Le doy la llave para que regrese a dormir a casa si necesita.


Me tomo un tecito y me veo diez años atrás, pegada a la pantalla y arreglando un encuentro con un pibito de mi edad que me ofrecía plata. ¿Qué más podía pedir a mis diecinueve años? Recuerdo llegar a la esquina en cuestión desayunándome que el fulano “solo quería ver si era real”. Me dieron ganas de llorar pero me dije que era hora de crecer. Le contesté que era tan real como su billetera, lo arrinconé y le pedí toda la plata que llevaba encima. Así gané el primer sueldo de mi vida.


Empieza a clarear y la ciudad se prepara para cortarnos en pedacitos en un nuevo día. En eso se abre la puerta y entra Gonzalo con la nariz roja del frío. Activ30 nunca apareció.


Nos ponemos el pijama y desde la compu aún encendida, los chats siguen proponiendo historias que pueden desaparecer con solo intentar vivirlas.