Si tiene que presentarse, duda entre decir que se llama Florencia, su nombre de toda la vida, o María Riot, el nombre que eligió y usa cada vez que ejerce el trabajo sexual, sea como actriz o como puta, oficio al que llegó por elección y que defiende discursiva y sindicalmente en AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina).

Aunque no lo toma como un personaje, admite que María Riot hace cosas a las que Florencia no se hubiera animado. Paradójicamente, asegura que bajo el nombre de Florencia se siente más libre. La ambigüedad en ella es característica: insiste en no ponerse etiquetas y, consecuentemente, siempre incluye la contracara de su opinión.

 

Imagen: Delfina Freggiaro

 

Empezó a investigar sobre feminismo en páginas de internet a los quince años. Tenía dieciséis cuando leyó en una revista a la escritora y actriz porno Sasha Grey y se dijo que quería ser como ella, no tanto por su labor en el porno sino por la libertad que supone tener autonomía sobre el propio cuerpo, ser mujer y poder decir abiertamente “Me gusta coger”. A los dieciocho encontró en Tumblr blogs de chicas que hacían shows eróticos en cámaras webs y transmitió sus propios shows en vivo. Primero gratis, porque le gustaba, pero a los veinte conoció a una chica que laburaba haciendo webcams.

Florencia, que en ese entonces tenía dos trabajos y andaba siempre con lo justo, se puso a trabajar en una oficina donde en vez de un escritorio había una cama y en lugar de llenar planillas de Excel hacía shows eróticos. Con el tiempo, comenzó a recibir mensajes de gente que le preguntaba si hacía encuentros reales. Tras dudar e informarse del tema se animó. La primera vez tuvo nervios y curiosidad. Siempre había sido introvertida pero en ese momento sintió que era otra persona, tal como le pasaba a los quince arriba del escenario, cantando con su banda de punk.

Llegó a tener muchos clientes y pudo ahorrar para irse a Barcelona. Ahí conoció a productoras de pornografía distintas de lo que usualmente se ve en Internet, y filmó junto a la directora Erica Lust, exponente del denominado “porno feminista”. Al volver a la Argentina, hace dos años, conoció a Georgina Orellano, puta y sindicalista, luchadora por los derechos de las trabajadoras sexuales. A través de ella llegó a la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), quedó impresionada y empezó a militar.

Todas las etiquetas le cuestan —ni sindicalista, ni militante, ni actriz, ni artista—, salvo la que eligió, asumió y con la que quiere ser reconocida, la de trabajadora sexual.

¿Cómo fue que decidiste que tu sensualidad, sexualidad y cuerpo sean tus fuentes de laburo?

Vi que tenía potencial en lo erótico, me sentía cómoda con mi sexualidad, la sentía como algo natural; la gente puede pensar que toda trabajadora sexual es súper segura y no es así. Muchos imaginan que en este trabajo hay una hegemonía en los cuerpos, y tampoco. En este rubro todo tipo de cuerpo, la corporeidad en sí misma, puede ofrecer un erotismo. En el modelaje o la industria de la belleza no pasa eso.

La sensualidad de una mujer está demonizada, incluso dentro del feminismo, por ejemplo cuando se critica a los concursos de belleza porque “cosifican a la mujer”.

La verdadera cosificación es pensar que una mujer no merece respeto, que no tiene un pensamiento propio que puede llevarla a participar en esos espacios. La sensualidad y el erotismo son algo muy fuerte en nosotras, entonces para mí es esperable que en una publicidad de gaseosas haya una chica mostrando un escote. Muchos dicen que se está presentando como una chica-cosa, pero el problema real es que siempre se ven los mismos tipos de cuerpos, que las únicas personas que pueden acceder a bailar en Tinelli son las que cumplen ciertos cánones de belleza. Y eso sucede porque en general los demanda la sociedad.

Orellano siempre dice que en el sistema todos los cuerpos pasan a ser cosas.

Todos nos volvemos una especie de cosa cuando trabajamos. No hay que olvidar que quien aparece en una publicidad también está trabajando, capitalizando su belleza y su erotismo, como el diseñador que hizo el banner capitalizó y cosificó sus manos. Pero de eso no se habla, porque no pone en jaque la moralidad, solo se habla de cosificación cuando se habla de sexualidad. Entonces se subestima a la mujer, se habla de la pobre que no quería estar ahí, pero nadie le pregunta si la pasa bien y si quiere hacerlo, y yo creo que la está pasando mejor que todos nosotros. Si vas a tomar un café, el chico de Starbucks para lo único que te sirve es para darte el café, no estás pensando en quién es o si está bien.

 

 

Rompés con el estereotipo de actriz porno. No sos rubia, flaca, ni te hiciste las tetas. ¿Es algo que te preocupe?

Fue una de las primeras cosas que se me vino a la cabeza cuando me planteé hacer porno, pero aprendí a apropiarme de mi cuerpo y entendí que alguien puede ofrecer erotismo y calentar sin cumplir esos mandatos. ¿Quiero cambiar mi figura para acceder a trabajar con algunas productoras? La verdad, no estoy segura. Trabajo con mi imagen pero no me interesa cumplir el rol de ser bella, sino sentirme bien conmigo misma y hacer sentir bien a la otra persona. No pienso mal de quien lo hace, todos nos amoldamos a ciertas cosas para los trabajos… Me gustaría, sí, que las productoras elijan cualquier tipo de cuerpo, entonces adelgazar sería legitimar que ellos sigan excluyendo. También me pregunto sobre la inclusión, está eso de “Vamos a poner a la gorda para ser inclusivos”, que es como poner una categoría para las modelos que no pesan cuarenta kilos, siempre expuestas como “las distintas”; está esa mierda que dice “cuerpos reales”, como si las flacas no fueran reales.

¿Antes de empezar a laburar con el cuerpo estabas más obsesionada con el tema?

No estaba obsesionada con mi imagen aunque tenía más inseguridades. El trabajo sexual fue cambiando eso, me ayudó muchísimo a poder valorarme más. Soy consciente de que a muchas les pasa lo mismo y a muchas no. En mi adolescencia, muchas veces acepté tener sexo porque sí y no porque quería. Con el trabajo sexual, todo lo contrario. Tengo más libertades porque puedo poner límites. No voy a tener sexo con nadie que no me guste a menos que sea por dinero, y me di cuenta de que si lo hago es porque lo elijo.

¿Cambió la forma de relacionarte? ¿Pudiste tener un novio o una pareja que acepte lo que hacés?

En el momento en que empecé a querer asumirme como trabajadora, salía con una persona que no aceptaba que yo lo dijera.

 

 

¿Aceptaba que vos laburases pero no que lo contases?

Claro, le molestó que yo quisiera decirlo públicamente. Eso me llevó a creer que nunca más iba a poder relacionarme. Empecé a pensar las relaciones y la monogamia. Tengo un bolso que dice “La monogamia está sobrevalorada” y lo uso todos los días, pero no me interesa ese discurso fácil del amor libre, me parece que hay mucha mierda en eso, muchas violencias legitimadas en nombre de la libertad. Lo que sí me interesa es establecer relaciones copadas y poder hablar las cosas, estar en una relación monógama no es lo óptimo para mí, obviamente, pero entiendo que otras personas sí las pueden establecer. No creo en el cuento del paraíso de las relaciones.

Hace un rato marcabas una diferencia entre coger con alguien por dinero y coger por placer.

Cuando trabajo también siento placer, así que en realidad debería decir “con dinero de por medio” y “sin dinero de por medio”. Simplemente hay gente a la que no le cobro. Al trabajar suplo mis necesidades sexuales, la verdad es que estar con gente desconocida que me paga es algo que me excita mucho, aunque muchos crean que es un mito que las trabajadoras sexuales disfrutamos con los clientes.

¿Cómo es el pasaje de la idea de prostituta oprimida a la de trabajadora sexual que se asume como tal?

Muchas que trabajan de esto no se sienten nunca empoderadas, ya sea porque no lo eligieron o porque sienten culpa. Pero hay mujeres que lo elegimos y asumimos. Se hace hincapié solo en las malas experiencias, las de mujeres víctimas de trata, de engaños, de situaciones horribles, como si fueran las únicas. En realidad existe un espectro de experiencias, percepciones, formas y clases sociales. Es muy simple y muy torpe clasificar a las trabajadoras en víctimas o vips: o sos una víctima que hay que rescatar, una pobre mujer obligada; o sos una puta vip a la que alguien abusó de chica, y por eso disfrutás perversamente del sexo; o sos una burguesa aburrida que no sabe qué hacer. A mí me tratan de privilegiada burguesa. Y no soy nada de eso. Cuando trabajé de otra cosa fue en un call center y un local de ropa, y encima en negro. Me llama la atención que digan que soy trabajadora sexual porque “me gusta”, haciendo esa distinción, como si lo hiciera como hobby. No. Yo soy trabajadora sexual porque si no, no como y no pago el alquiler. Todos trabajamos por necesidad. Puedo elegir, sí, y esa elección la hago con ciertas libertades, pero no son plenas.

Pareciera que la mujer siempre oscila, o es oscilada, entre María y Eva, la Virgen Inmaculada y la puta que hace pecar a los demás.

El estigma no viene de la nada. Viene de la historia de la represión sexual de las mujeres, donde teníamos que decir que sí a cualquier cosa que nos pedía nuestro marido, y las putas éramos las que nos salíamos de todas las normas. Eso no se va a terminar de un día para el otro.

Incluso dentro del feminismo, el abolicionismo estigmatiza. Cuando hablás de un tema, marcás una salvedad: “Yo creo en esto pero está esto otro”. ¿Cómo convive esa posición más tolerante con otra posición dentro del feminismo que cae en el papel de vanguardia iluminada?

El querer demostrar que la mujer es inteligente hizo que el feminismo intente despegarse de la imagen de la mujer que solo es un cuerpo e instrumento de placer, y hay muchas mujeres que sí queremos explotar nuestra propia sexualidad. Eso no quiere decir que seamos unas tontas ni que es lo único que queremos, aunque si así lo fuera también sería legítimo. En los sesenta salían feministas con pancartas que decían “Soy más que mi cuerpo” y escrachaban concursos de belleza como si fuera revolucionario. Lo único que hacían era replicar lo que hace el machismo, diciéndoles a las mujeres qué es lo que tienen que hacer y qué es lo que no. Subestiman la decisión de las demás. Entiendo el lugar desde donde hacen el reclamo y, como lo entiendo, también creo que es incompleto y que nos deja a muchas afuera.

Kerouac estuvo con los beatniks hasta que fueron a una manifestación contra el baseball, entonces escribió: “Cuando era pibito lo que más quería en la vida era ser una estrella de baseball, y ahora estoy con estos tipos que lo bardean”. Y se fue a la mierda. ¿Cómo manejan en AMMAR esa situación para no terminar rompiendo con el feminismo?

Lo primero que aprendí del feminismo es “mi cuerpo, mi decisión”, y pensé que el trabajo sexual estaba legitimado dentro del movimiento. Cuando empecé a estudiar más vi en redes sociales demonizarse al porno, a las prostitutas, a las actrices porno. Me di cuenta de que el feminismo no es una cosa homogénea, sino que es un movimiento con un montón de posturas y debates. Hay gente a la que le decís: “Soy puta y feminista” y te dice: “No se puede”. Por eso, a pesar de que me identificaba como feminista, hace unos dos años dije: “A la mierda con el feminismo si piensan esto”. Después consideré que era necesario dar esa discusión y tuve una segunda llegada, proponiéndome romper con esa hipocresía en la que, por ejemplo, un emblema es el derecho al aborto “porque es nuestro cuerpo y nuestra decisión”, y en lo referente al trabajo sexual es la decisión de los demás la que cuenta sobre nuestros cuerpos.

¿Qué otras críticas tenés respecto al feminismo?

Como movimiento feminista debemos replantearnos qué hacemos frente a la violencia, más allá de exigir respuestas al Estado. Se repite mil veces la palabra patriarcado pero no hay respuesta sobre qué podemos hacer. Esperar la solución mágica no está siendo efectivo. Hay un femicidio cada dieciocho horas, es algo urgente. Tiene que haber una autocrítica grande, no somos las culpables pero sí parte de la solución. Tengo ideología, pero creo que si la ideología no ayuda a cambiar la realidad, no sirve. Es mucho más fácil discutir con el idiota que nos dice feminazis que escuchar ciertas críticas que sí pueden ser valiosas.