Conversamos con un suboficial de la Policía Provincial. Lejos de las mistificaciones, compartimos empanadas y vino, y reflexionamos sobre la rutina en una comisaría (los ritos, el compañerismo, los manejes) y el rol de los agentes en el equilibrio de la Fuerza.

Imágenes: Pablo Feli

 

El suboficial Gavia está sentado en una de las mesas de la vereda. Aunque es sábado a la noche, La Bella Napoli está casi vacía, por lo que la moza viene rápidamente. Le encargamos empanadas, vino, soda y hielo. Al retirarse, Gavia le admira el culo con descaro. Después nos mira a nosotros y sonríe. Tiene los dientes perfectos. Nos cuenta que de a poco se está pagando la dentadura nueva. Esa sonrisa surgirá a lo largo de toda la charla, a veces inconscientemente, otras veces llena de crueldad. Siempre con un dejo cómplice en su brillo.

Masculino, treinta años, contextura media, piel trigueña, pelo castaño, sin señas particulares, Gavia es suboficial administrativo de la Policía de Santa Fe. Actualmente está con carpeta médica. No explica los motivos. Cortando el Toro con un chorro de soda, asegura que extraña sus días en la Comisaría X de Rosario.

—El asado de cada sábado, los partidos de fútbol, tomarme un vino, tatuarme, salir de joda con los compañeros.

Gavia ríe al recordar la vez que le robaron la tapa del termo, o cuando le escondieron la cadena de la bicicleta.

—Me acuerdo de uno que venía y al que se quedaba dormido lo picaneaba. Nos corríamos por las oficinas, jodiendo.

Era como estar en la primaria.

 

Iniciación

En el 2013, el ministro de Seguridad Raúl Lamberto presentó una convocatoria para incorporar suboficiales de Policía del Escalafón Técnico, Subescalafón Administrativo. Los trescientos civiles que ingresaron tuvieron que hacer un curso de tres semanas por Internet. Transcurrido el lapso, el Estado les dio el grado de suboficiales y los mandó a las comisarías.

—El plan era sacar a todos los policías a la calle y dejarnos a nosotros a cargo. Pero eso no existió. En un principio, hubo una bronca con el personal policial: tengo la misma jerarquía que el que estudió tres años. La diferencia es que ellos pueden portar armas y hacer adicionales.

Al principio nadie sabía qué función específica debían cumplir los suboficiales administrativos. A Gavia, que recaló en la Comisaría X de Rosario, lo pusieron a cargo del Libro de Guardias. También asumió las tareas de chepibe.

—Una de las ocupaciones principales es quién va a buscar las facturas y la comida para el mediodía. Desde que entré, me mandaron a mí. Pero como no éramos policías, no me dejaban hablar con los comerciantes. Solamente cargaba las cajas al móvil y las descargaba en la comisaría. También tenía que barrer, alcanzar mates, ir a comprar la gaseosa.

Lo dejaban siempre afuera de todo. Y era víctima de todas las burlas.

—Los primeros días yo no quería agarrar plata extra, me cargaban. Una vez me escondieron el Libro. Lo buscaba y no lo encontraba. Me entré a desesperar. Les pedía que lo devolviesen, los guachos se reían, me hacían ese jueguito de frío, tibio y caliente. Hasta que les di lástima y dijeron dónde estaba. Me dejaban de lado, tardaron en integrarme. El fútbol de los jueves tardó, el asado de los sábados tardó. Tuve la suerte de tener un buen jefe. El comisario que había apenas entré era tranqui, ricotero, y hubo conexión con él. Me enseñó muchas cosas, fue como un padrino dentro de la Fuerza. Después de que lo trasladaron, me lo crucé en el Dakar, y ni bola. Cuando se termina la relación laboral, se rompe todo.

 

 

Libro

—El Libro es la parte más riesgosa, nadie lo quiere agarrar. Ese fue mi primer laburo.

El Libro de Guardias es el documento más importante en las comisarías. Todo lo que sucede en la seccional (entrada y salida de personal, detenidos, denuncias, etc.) debe quedar anotado en sus páginas, con horario correspondiente.

—Pero se llena dos horas atrasado. Nunca hay que llenarlo en el momento, por si pasa algo. Como no puede usarse liquid paper, ni lápiz, ni se puede tachar, hay que anotar todo en un papel. A las dos horas, si no pasó nada, escribís lo que tenés en el borrador. Y listo. Vos te cubrís y cubrís a los demás.

Cuando se termina un Libro, se guarda en una oficina de la comisaría. Generalmente, nadie vuelve a consultarlos, pero, incluso en las situaciones más tontas, los policías se cuidan de todo lo que queda registrado.

—Ponele, yo no tengo fuerza. Un día trajeron en una chata una moto que recuperaron. El jefe me dice: “Bajala y metela en el patio”. Le digo: “No puedo, es pesada”. Él insistió. Entonces se me cae y se hace mierda. El jefe me dice: “Bueno, poné en el Libro que ingresa la moto y que se encuentra con los espejos rotos, la rueda desbalanceada…”.

Llegado el caso, el Libro puede constituirse en la prueba de un delito cometido por miembros de la Fuerza.

—En los líos que hay, todos quedan pegados por el Libro. En el caso de Casco, por ejemplo. Es el documento más fácil de comprobar que se falsificó.

 

Rutina

La estructura de cada Seccional es simple. Como jefe está el comisario. Debajo están los secretarios, que tienen el único puesto fijo en la Policía: donde sea que trasladen al jefe, irán ellos. Después, están los oficiales y suboficiales, organizados en tercios. Siempre hay dos tercios en las guardias del día: uno que está de la mañana a la tarde, otro de la tarde a la noche y otro descansando. Los policías no suelen trabajar de lunes a viernes. Por lo general, son dos días sí y uno no.

—Cada tercio se maneja diferente y es muy difícil que se lleven bien. Siempre hay pica. Uno de mis primeros días en el Libro, me la hicieron con la carne. Todas las comisarías tienen su carnicería, a las que se les va a manguear para el asado del sábado. Eso es así, religioso: al mediodía hay asado, haya el operativo que haya. Entonces, un tercio iba a buscar la carne y la guardaba, y el tercio que seguía se las robaba. Yo quedaba en el medio, porque laburaba corrido.

Gavia entraba a las ocho. Lo primero que tenía que hacer era darle el presente a todos en el Libro. Más allá de quién estuviese.

—Te dicen: “Llego más tarde” o “No voy”. Pero el presente lo tenés que poner igual. Lo mismo el jefe, que es el que menos viene. Está disponible las veinticuatro horas, pero aparece poco. Y lo mismo el médico, que nunca viene y solo atiende el teléfono. El fiscal también: te llama, te pide que simplifiques las causas. Todos apuntan a laburar lo menos posible.

El trabajo en la comisaría tiene sus pausas. Sábado de asado, partido el jueves a las 20, transmisión del Torneo local, mates y facturas de cada mañana.

—Se quedan uno o dos viendo la tele, y si viene alguien dicen: “El sumariante se fue a un escruche”, o “El jefe está en un accidente, ya viene”. Por eso podés tardar dos o tres horas haciendo una denuncia. Y si se tiene que esperar más tiempo, hay menos denuncias, y así escribís menos en el Libro. Nos ayudamos entre todos.

La rutina también incluye los manejes. Con los boliches de la zona, por ejemplo, se arregla la custodia, los adicionales y 2×1 de tragos. Los trámites gratuitos (una constancia de vecindad, por ejemplo) siempre cuestan algo.

—Te obligan a pedir una moneda y, según el tercio, podés llevártela, como tu extra, o tenés que ponerla para la coca. En esas cosas juega mucho la jerarquía, el cabezadetermismo. Pero al final, son seres humanos, como cualquier otro, que quieren que no le rompan las bolas y terminar el laburo. Y si el laburo es fajar a alguien, bueno, hay que hacerlo. Una vez estábamos jugando un partido y no sé qué quilombo se había armado, pero los llamaron a los que estaban de turno, que se iban puteando: “La concha de su madre, no se puede ni jugar al fútbol”. Esos tipos así de enojados después van y hacen cualquiera.

Gavia detiene la verborragia. Pide otra botella de vino y sigue:

—Lo que no se sabe es que yo gracias a Dios, bah, a la Policía, me pude comprar un televisor. Y no lo dije nunca porque voy a quedar como un choro. Pero es un LCD con TDA, a pleno. Hubo una transa y cuando terminó, el jefe me dio guita y me dijo: “Agarrá esto, date franco en el Libro, andá ahora al supermercado que no te piden documento y comprate lo que quieras. Pero gastala hoy”. Se considera que el cana es un chabón malo, pero también hay buena gente. Malos hay en todos lados. ¿Cómo no van a existir en la Policía?

 

Clave

Para facilitar el trabajo y evitar fallas en operativos, la Policía de Santa Fe tiene un sistema de claves alfanuméricas para las telecomunicaciones.

—Un 01 es un robo: “Un cerouno en proceso”. Un 07, un accidente de tránsito. En vez de decir: “Repetime eso”, decís: “QSM”. Y no se dicen nombres por radio. Existe una clave según la inicial de tu apellido. La A es “ala”, B es “bote” y así. Es una cuestión de protocolo para no escracharte. Al comisario se le dice jarro, porque jefe empieza con J. A la comisaría, pico, porque Policía empieza con P. Es así, una forma de hablar.

 

 

Compañerismo

La convivencia genera lazos fuertes. La Gran Familia Policial, lejos de ser un mito de la propia Fuerza, es un hecho.

—Son muy compañeros. En otro trabajo te quedás dormido y le dicen al jefe. En la comisaría te dicen: “Andá a dormir al móvil y tomá esto para taparte”. Podrán tener sus cosas, pero ese compañerismo no lo vi en ningún lugar. Incluso hasta te bancan cuando no querés meterte en alguna turbia: “Anotá en el Libro que está descompuesto y te fuiste, porque esto hay que hacerlo”.

 

Cacos

Según el último censo carcelario, de 2014, hay alrededor de tres mil presos en los penales de la provincia. Se calcula que en las comisarías, a pesar de que sea ilegal, se aloja un número similar de detenidos.

—Con los presos hay una buena relación. El compañerismo excede a todo. Más en las comisarías que tienen penales chicos, donde hay cuatro, cinco cacos. En una con veinte, ya es otra cosa. En la que estaba yo había pocos. Teníamos un tatuador condenado por un homicidio agravado, que cumplía una salida laboral. La comisaría era como su pensión. Para no dormir en el calabozo, había arreglado con el jefe dormir en su oficina, a cambio de tatuajes. Él me tatuó por primera vez. Lo dejaban sentarse en la mesa, comía con nosotros, y cuando volvía de la salida nos traía cosas. Está en el grupo de WhatsApp de la comisaría, es re kirchnerista y se pelea todo el tiempo con los demás.

 

Gremiales

El sueldo mínimo de la Policía Provincial es de $10 970. En 2017 se arregló un aumento en tres veces, pero hubo retrasos en el pago de dos meses. Algo que explica los adicionales, o el conflicto por las horas OSPE que involucra al ministro de Seguridad Maximiliano Pullaro.

—La corrupción de la Policía y la caja negra están directamente atadas a lo que recibimos los trabajadores policiales.

Todas las comisarías siguen la misma lógica: la caja se empieza a mover sobre todo a fin de mes, cuando nadie tiene plata.

—Agarrás y llevás detenido a uno, y no lo hacés entrar por Libro. Lo extorsionás con armarle una causa, le sacás la guita o lo llevás al cajero, y listo.

Los policías trabajan feriados, fines de semana y durante las fiestas, y no cobran ningún extra. Las vacaciones se arreglan con el jefe, que reparte días a diestra y siniestra, correspondan o no.

—Yo no tengo a quién reclamarle por el abuso de autoridad, por mis horas extras, por nada. Por eso es necesario que tengamos un sindicato. No como APROPOL, que también es un arreglo entre los jefes. El que entró hace poco te dice que se agremiaría. Pero la mayoría te dice que no es necesario. Son los de la vieja escuela: “¿Para qué vamos a estar peleando si con menos esfuerzo hago un maneje, me llevo diez lucas, me compro un televisor y ya está?”.

 

Uniforme

Es vox populi que los miembros de la Fuerza deben comprarse su uniforme. Pero la mayoría prefiere no usarlo fuera del trabajo. La gorra, cuando no está de servicio, le pesa al policía.

—Son muy pocos los que salen uniformados, que te muestran: “Yo soy cana”. En general, te cambias en el baño de la comisaría y salís de civil. Aparte de que te pueden mirar mal, uniformado te tenés que responsabilizar por situaciones que no te convienen. Un robo, ponele. Mejor estar de civil y hacerse el boludo.

Gavia sacude su cabeza. Después enciende un cigarrillo y ríe al recordar la vez que se cruzó en un colectivo con un compañero que estaba de licencia.

—Le dije: “¿Cómo andás? Hace mucho que no te veo”. “Yo estoy de carpeta”, dice. Pero estaba uniformado: el tipo se vestía de policía para no pagar el bondi. “Me voy acá, a visitar a mis primos”. También es clásica que apenas te dan el uniforme, metás viaje de larga distancia. Muchos la hacen siempre, se van a Córdoba, al sur. “Tengo que ir a visitar a mi familia”. Mentira, se van de vacaciones.

 

Inteligencia

El Estado instaló más de quinientas cámaras de videovigilancia en Rosario. De ese total, cuatrocientas están bajo la órbita de la Policía Provincial. Controladas por suboficiales administrativos, cumplen funciones de prevención y disuasión del delito. Pero la mayoría del tiempo no hay mucho para ver. Los operarios encuentran otras formas de pasar el tiempo.

—Tengo compañeros que están en las cámaras. Te ven en la esquina del boliche y te escriben: “¿Estás escabio, puto?”.

También se controlan marchas y cortes de calle. Eso es parte de la Inteligencia Policial.

—Se verifica lo que hacen los manifestantes. A veces piden informes escritos: “A las 17 un grupo de tantos manifestantes, de tal y tal organización, se movilizó…”. Pero no se averigua más. Muchas organizaciones suben fotos a las redes, así que tampoco es que haga falta mucha investigación o vigilancia. Lo peor, o lo mejor, es que se arma un informe que se vende a los superiores como tarea de inteligencia. Y lo que se hizo fue entrar al perfil de Facebook de una organización. Vos ves que las fotos, que los nombres de los manifestantes están sacados de una página. No hay un gran laburo ni nada. Como en cualquier trabajo, tratan de vender humo a los jefes, así no joden.

Otra parte de las tareas de Inteligencia es la vigilancia in situ de las movilizaciones.

—Algunos van por una orden, otros porque son enfermitos de la cabeza. Dicen: “Quiero verlos, quiero saber qué hacen”. Cuando fue el aniversario del Che, por ejemplo, fue uno de los jefes y lo grabó. Y me dice: “Mirá lo que dicen, no saben ni quién fue el Che Guevara”. El loco quiso ver de primera mano qué hacen. No era su obligación laboral, fue para saber.

***

Pasaron dos horas y avanza el frío de la noche. La moza retira los platos. Gavia la mira. No paró de hacerlo en toda la entrevista. El vino no alcanzó, ni a fuerza de soda. Ninguno quiso postre.

—Cuando bardean a la Policía, yo digo: “No, son locos que están trabajando”. Como lo ves desde adentro sabés cómo son las cosas. Convivir en la Fuerza te transforma. Y eso te sigue, a todos lados.

Gavia busca algunas gotas de vino en su vaso. Las mezcla con hielo.

—Son muy cabezas los policías, muy termos. A medida que pasa el tiempo, no me doy cuenta, pero estoy cada vez más facho. Una vez había un preso que estaba re molesto, gritaba, rompía los huevos, y fueron y se la dieron duro. Yo pensé, primero: “Está bien, que se la den”. Después me di cuenta: “Uh, mirá lo que estoy diciendo”. Pero es así. ¿Saben lo que pasaba? El loco había gritado toda la tarde.