Nos dimos una vuelta por lo que llamábamos “los ambientes chamameceros de Rosario”. Su propia temporalidad y su propio espacio, que no es exclusivamente geográfico, sino más bien sentimental, nos hicieron ver que no se trata de ambientes, sino de territorios, donde se protege el legado de un pasado sacudido por migraciones y traslados forzosos, pero también se inaugura un presente que lejos de repetirse a sí mismo transforma su propia identidad.

 

Imágenes: Francisco Guillén

 

Son las dos de la tarde de un domingo lluvioso. En La Carpa del Encuentro una banda de seis músicos toca un chamamé maceta. Una pareja lo baila rápido y a los saltos, como un vals telúrico y acelerado. No es el primer grupo. Desde las once de la mañana los conjuntos chamameceros suben y bajan del escenario. Acá lo más importante es bailar. “La gente espera toda la semana para ir a la bailanta”, dice Roberto Agonil Barbosa, director de La Revista de Chamamé. En Rosario, hay más de diez bailantas de música litoraleña todos los fines de semana, que funcionan como excusa y punto de encuentro de aquellos que vinieron a la ciudad desde el norte del país con la esperanza de conseguir más y mejor trabajo.

Es de día pero en La Carpa no se sabe bien qué hora es. El tiempo lo pone el acordeón. Es un tiempo circular, complejo. A veces calmo, a veces picado, como el Paraná antes de una tormenta. Quienes marcan el ritmo lo hacen en parejas. Los hombres llegan vestidos con bombachas, botas, camisas, chalecos bordados y sombrero, preparados para cortejar en la pista de baile a la mujer. En su gran mayoría se trata de gente mayor, o jóvenes acompañados de sus familias. Algunos son del barrio, otros, habitués de otras zonas de la ciudad. También hay amigas jóvenes que bailan entre ellas, turnándose el zapateo del hombre y riendo a carcajadas, y los más chicos se mezclan entre los adultos y los imitan dando los primeros pasos de chamamé. Hay despliegue y show y también lugar para sentarse a descansar entre grupo y grupo.

La bailanta la organizan Catalina Mereles y Ramón Caballero, conductores del programa “Melodía de mi tierra”, transmitido por FM FOX. Ella es de Puerto General San Martín, Chaco y él, correntino. Durante cuatro horas todos los domingos, Catalina y Ramón pasan música auténtica del Litoral y responden a los pedidos de sus oyentes. “Ni bien se prende la luz de ‘aire’ en el estudio y saludamos, el teléfono empieza a sonar. El programa lo hacen los oyentes. Nos mandan mensajes, los escuchamos en sus distintas realidades y les hacemos compañía. La gente mayor nos agradece porque con alguna canción le hacemos acordar a su infancia o a momentos de su juventud”, cuenta Catalina. La radio es parte del predio de La Carpa del Encuentro, el galpón de la familia Herrera ubicado en la zona oeste de la ciudad, en Pedro Lino Funes al 2800. Todos los sábados a la noche y algunos domingos reciben a más de cuatrocientas personas que llegan para bailar chamamé. Desde las nueve toda la manzana huele a asado, la cena perfecta para antes de bailar. Las peñas litoraleñas que son al mediodía se acompañan con mate y torta asada.

Cintia Kluczkiewicz conoce lo de los Herrera, pero prefiere ir a El patio de la Zulma, una peña en Empalme Graneros. Docente de danzas folklóricas, Cintia asegura que el chamamé es un género muy rosarino. Entre las danzas que se dan en talleres de formación no tiene mucha difusión pero sí tiene mucha convocatoria en otros espacios. “Tal vez no sea necesario difundirlo tampoco, ya que se trata de un espacio/tiempo que se resignifica día a día, gracias a esa comunidad que tuvo que volver a buscar y recrear sus espacios para encontrarse con los suyos, varias generaciones atrás”, cuenta Cintia. Ella junto a sus hermanos Darío y Emanuel, también profesores de danzas folklóricas, comenzó a incursionar en las danzas litoraleñas hace diez años, como una forma de conectarse con su propia historia. Su madre es correntina y, como muchos migrantes, abandonó a la fuerza muchas de sus costumbres. “Mi mamá tuvo que dejar de hablar en guaraní hasta el punto de no recordarlo prácticamente. Muchos inmigrantes padecieron la negación de su propia cultura y eso hizo mella en sus identidades. Nosotros pretendemos visibilizar algo de lo que nuestros padres reprimieron. Una manera de volver”.

 

 

Ismael López tiene sesenta y dos años y es de Charata, provincia del Chaco. Se pasa el día entero escuchando chamamé arriba del taxi. Asegura que se sabe de memoria los números de teléfono de las radios chamameceras porque llama todos los días y pide los temas que sonaban en su casa cuando era chico. “Como soy nacido en el campo recibo mensajes pero no los mando, llamo nomás. Prefiero el chamamé romántico de allá de los pagos de Corrientes”. Vive en Rosario desde 1969 y maneja un taxi desde el 78. Los fines de semana le gusta ir a bailar al Club Peñarol o a La Carpa del Encuentro, donde conoció a su actual pareja. “Me costó una separación la bailanta de los Herrera”, cuenta Ismael riéndose.

Si se escucha lo que suena en La Carpa de cerca y con atención, se descubre que el chamamé no es uno solo. Sí, es frondoso. Suena a selva, a trabajo bajo el sol. Suena familiar pero no por eso conocido. Pero cada lugar tiene su característica e identidad: está el chamamé romántico, para bailar a los tumbos y a gran velocidad. También está el maceta o tarragocero, la chamarrita entrerriana y el auténtico tradicional de Corrientes. Del tradicional nacen varios estilos. El de Tránsito Cocomarola, autor del clásico Kilómetro 11, algo así como el himno del chamamé, y el de Ernesto Montiel, “el Señor del acordeón”, conocido por su chamamé de salón. El bandoneonista Isaco Abitbol tuvo una influencia tanguera y hasta Troilo alguna vez dijo sobre él: “El mejor bandoneonista del país por suerte se dedica al chamamé y no al tango”.

Un grito desaforado resuena desde el escenario de La Carpa del Encuentro. Todos siguen bailando y se suman a la intensidad que irrumpe. No suena en cualquier momento ni porque sí. Un sapucay siempre tiene una razón de ser. Lo que tienen en común todos estos estilos de chamamé es la inevitable presencia del sapucay, grito de guerra, de tristeza o de alegría. La manifestación a voz alzada de algo que se tiene adentro y que no tiene otra manera de salir que así, a los gritos. Lo que no se puede decir, lo que abruma. La expresión de un pueblo que se convirtió en una región que supera los límites políticos: el litoral, una zona de una complejidad cultural enorme. Casi como una cebolla, el litoral se forma por capas de inmigraciones, internas y europeas, que crearon músicas que se cocinaron a 45 grados a la sombra y a la vera de los ríos Paraná y Uruguay.

***

En Rosario, el bastión del chamamé se fundó en La Mandarina, en zona sur, donde se ubicó el músico Ramón Merlo cuando llegó a la ciudad en el año 1950 y donde está desde ese momento El rancho de Ramón Merlo, pista de baile y punto de encuentro de grandes figuras chamameceras a nivel nacional. Otro músico fundamental que vivió en la ciudad fue Tarragó Ros, padre del chamamé maceta. Muchos venían del norte a trabajar en la zona del frigorífico. Roberto Agonil Barbosa cuenta que hoy en día es más difícil reconocer una zona puntual donde tanto oyentes como músicos litoraleños convivan. Aparece la periferia como común denominador: “La falta de trabajo los trajo hasta acá. No hay un barrio puramente chamamecero. El chamamé está en todos lados”.

 

 

La música y la danza tienen el carácter del paisaje del río: su cadencia, sus bravíos, sus calmas. Pero también elementos del paisaje social. Una danza del abrazo. “Se comparte el peso y el andar en comunidad. Hay una cercanía que habilita a compartir las energías y a relajar los cuerpos”, explica Cintia. En el baile, la mujer baila de espaldas. “Las rondas en las pistas siempre giran hacia la derecha en el sentido opuesto a las agujas del reloj, entonces el hombre tiene la posibilidad de avanzar de frente y la mujer avanza hacia atrás”, dice Cintia. Es una técnica que dispone a la percepción al cien por ciento. La mujer es la que provee la dinámica, el ritmo y puede proponer desde ese lugar. Pero es compartido. Son dos cuerpos que operan como uno.

El acordeón es un instrumento que además de cargarse a los hombros, se siente en el cuerpo. En la mano derecha está el piano y en la izquierda los botones, de los que se deslizan los graves, que golpean en el centro del pecho. Cuando el polaco Abramowski le prestó a Nahuel Marquet su primer acordeón, algo en él despertó. La casa de su abuelo materno en barrio Acindar escuchando discos de Los Hermanos Cuestas en el Wincofón; las canciones litoraleñas en la escuela de música; el río. Nahuel, voz cantante en Degradé y en Los Bardos, es pianista y acordeonista. Todos sus proyectos llevan como protagonista al rock pero no dejan de lado la presencia del acordeón o los matices de la música litoraleña. El chamamé siempre estuvo dándole vueltas, casi sin que se dé cuenta. “Cuando empecé a estudiarlo me enamoró. Si querés tocar rápido hay chamamés que van a una velocidad imposible y si querés tocar lento con el corazón adelante, canciones hermosas como La calandria, si no sale del alma la música no sale”, cuenta Nahuel.

En su camino musical encontró en compañeros, colegas de cepa rockera, la misma inquietud por la música litoraleña y comenzaron a juntarse. Les llamaban “chamameceadas” y a la música se sumaba la cocina del litoral. “Es una música muy rosarina porque el modo en que nos apropiamos de ella es como de ciudad. Pero al mismo tiempo es imposible pensar un chamamé citadino puro”.

 

 

En La Carpa del Encuentro, el presentador pide un aplauso para el Gauchito Gil y para la Virgen de Itatí antes de dar inicio a la bailanta chamamecera. Es él quien me dice que en realidad, el chamamé no se baila, sino que se reza .El chamamé enraíza lo místico. Música mestiza y criolla, sus amantes la escuchan todos los fines de semana durante casi ocho horas. La rodean, la bailan, la sienten. Es una música que se escucha con el cuerpo. Que no se contempla, sino que se percibe en el movimiento. Cuando uno baila, el que se acuerda es el cuerpo. Un cuerpo sin edad. “El chamamé es la juventud en tu pago. Es ser soltero, ser niño, ser feliz”, dice Ramón Caballero, hombre que dedica cada domingo a difundir la música de su tierra natal. ¿Por qué escuchar la misma canción una y otra vez? La música dispara a la memoria, le avisa que alguna vez fuimos distintos, que venimos de algún lugar que recordamos como propio. Al bailar, el cuerpo recuerda pero también olvida. Es puro presente. Se sabe dueño y protagonista de su vida. ¿Adónde nos traslada? La música nos hace viajar a un recuerdo donde el pasado es un lugar en el que nos sentimos a salvo. Una última trinchera que resiste al paso del tiempo. Los pies descalzos, los olores de la infancia, la vibración en el cuerpo de los graves del acordeón. La certeza de que alguna vez fuimos felices y no alcanzaron las palabras para contarlo. Así que hubo que bailarlo y gritarlo.