Si algo no tiene glamour ni elegancia es el centro de Rosario. En definitiva: ¿qué hay tras el sacudón de la rutina laboral que se observa en la semana? Fragmentos del reverso de la cinta de la realidad.

 

Imagen: Franco Piccini 

 

La única vez que me pusieron un fierro en la cabeza fue en el centro. No me pasó en La Sexta donde me crié, ni en la villa en la que me juntaba desde los once. No me pasó en Tablada cuando iba a la escuela de cine y tomaba birra en la calle al salir del turno noche, ni en el barrio Bella Vista al que me mudé a los veinticuatro. Tampoco en El Abasto, sitio al que voy siempre que puedo.

Me pasó en el Centro. Donde viví varias veces y donde estoy desde hace nueve años.

La gente de otros barrios flashea que el centro no es ni siquiera un barrio, que es una chetería. Puede ser… vidrieras sobran. El paradigma del status. Pero tenés que vivir ahí para entender algunas cuestiones. Una cosa es andar de paso, por un barrio o por una mujer. Diferente es estar ahí, ser de ahí. Como una presencia solemne. Recorrer posta. Ser testigo de momentos de vulnerabilidad inesperada. Cotidianeidad lisa y llana. Shock sin premeditación de quien está sin maquillaje camino a construir su máscara, de quien no espera visitas, de quien no necesita testigos pero sí cómplices, víctimas, perpetradores y protagonistas.

El barrio no te espera. El que parpadea, se lo pierde. Sucede un feriado. Un fin de semana largo. En tres días de lluvia seguidos. Y de pronto, por acto de obstinación y permanencia, te deja entrar, te ata a su ritmo. Te pone su teta de smog y cemento en la lengua.

La lectura se hace teniendo en cuenta el kilometraje de asfalto en la suela de tus zapatillas. Vivir en el centro es como cualquier otra cosa. Entenderlo solo es posible si viviste en varios lugares. Se abre el prisma comparativo y es la experiencia la que crea una nueva especie de nómade. Me acuerdo de un amigo de la infancia que me decía “puto del Centro” porque era de Acindar. Lo loco es que él jugaba al baseball. Para mí, una especie temprana de colmo de la ironía. Me hubiera gustado decirle:

“Vi una bandada de pájaros oscuros, aterrados de tormenta, surgir como una catapulta de papel picado detrás de un edificio. Vi a un especie de loco tipo Charles Manson comiendo grasa entre dos contenedores de basura, con un poncho de papel de diario un día de octubre de viento furibundo”.

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Conocí el bar Canto Rodado (o sea, Rolling Stone), que olía a baño en cualquier ambiente, donde las cucarachas jugaban al rugby en la cocina, donde recalaban prostitutas y sobre todo viejos maricas del centro, gusanos crónicos de pensiones camufladas de esas que son pensiones durante la noche y de día son puertitas en las que se venden medias, calzoncillos y fundas para celular. Iba ahí a comer con Martín, un carpintero que me daba laburo los veranos a la siesta. Tenía una carpintería inmensa por calle Sarmiento que ahora tiraron abajo para construir una torre sin alma para que los señores de la soja manden a sus hijas mientras estudian algo.

Conocí el Bar El Ancla, donde vi salir campeón a Racing jugando en Liniers cuando cumplí veintiún años y curtí la panadería de Mitre y 3 de Febrero con desayuno libre hasta las 5 de la mañana, donde iban los que salían de los boliches a matarse alfajores de maicena y a agarrarse a piñas con los ex presos que laburaban haciendo el pan del turno noche.

Vi a los crotos de iglesia dormir envueltos en frazadas rancias abrazando su último par de zapatos, los oí maldecir algo inentendible y gutural. Vi a linyeras venir al centro para dejarse morir… los vi un primero de enero de lluvia, en la siesta, cagando en la puerta de un garaje. Los vi dormir con los pies hinchados como macetas en la escalinata de la Lavardén.

Vi a colectiveros cagar a trompadas a un yuppie estacionado en doble fila a las siete de la tarde, y a los punks cirujear las bolsas de McDonald’s con una caja de vino Zumuva para después ir a meterse en la fuente de Rioja y Primero de Mayo. Vi a guachines en moto arrebatar una cartera en una parada de bondi. Vi el infierno de calle San Luis en vísperas de Navidad, con familias inmensas en procesión buscando regalos accesibles y los Papás Noel robóticos en un loop de autismo surrealista en la vidriera. Vi a las prostitutas de calle San Juan con la mirada marchita en el ocaso, y a las de la esquina de Mendoza y Mitre que son más jóvenes y venden historia. Vi a los que venían en bondi de Arroyito tras un partido de Central bajarse a chorear y luego subirse al mismo bondi. Vi las peatonales bajo la llovizna helada de un feriado sin locro ni empanadas. Los ex cines convertidos en analgésicos de acción rápida ante el dolor que provoca la deriva del alma: lo que antes era ficción, ahora no es más que triste realidad.

Y vi lo que ocurre cuando alguien viejo muere. Los “parientes” arrojan a la calle sus pertenencias generalmente un domingo. Eso es la muerte. Lo tuyo bajo la lluvia… Una valija de cuero cuarteado, una fonola destartalada, invendible. Un kit de maquillaje vencido. Botellas exóticas de antaño vacías. Adornos. Recuerdos. Fotos de vivos también muertos, sepias, blanco y negro. Momentos felices —es necesario haber sido feliz para morir en serio y definitivamente—. Lo que el inodoro de la vida no logró tragar, lo que no quisieron soltar porque significaba algo. Luego soltaron porque murieron.

***

El Centro tiene eso que tenés que ver. La basura de todos, no solo la de los muertos. La basura de los que acuden. A diario. Con sus sueños rotos, sus anhelos, su frustración, su violencia. La alcantarilla infecta y colapsada de la ciudad toda. La lluvia que no lava nada. El centro se traga todo; lo operan, lo modifican, lo violan, lo raptan, lo cortan, lo prostituyen, cobran por verlo. Es indestructible. Siniestro. Lleno de amor, humillación y mentira.

Imaginate, vos que sostenés esta revista entre las manos, seas de donde seas, si todos los días fuésemos a tu barrio a pagar, a comprar, a laburar, a ser despedidos, a suicidarnos, a putear, a escupir, a escabiar, a mirar culos, a coger, a chorear, a ver qué onda… tu retina, tu vida, se nutrirían de tanto que te volverías insensible, o tal vez empezarías a ver lo que los demás no ven. Se llama Poesía.

Un beso. Desde el Centro con un fierro en la cabeza.