Alguna vez hubo en Rosario un grupo de heavies que, con jeans negros ajustados y camperas de cuero con tachas, agarraron la barra del Club Atlético Argentino a cambio de nada. Tenían tiempo y ganas de pelear. Fue a principios de los 90, época del metal. Sus andanzas forman parte de una mitología callejera que supo echar raíces en la zona norte de la ciudad. Como pasa con todo, el tiempo trae consigo el olvido y este, la final desaparición de lo que alguna vez fueron las cosas. A continuación, la loca historia de los Metálicos.

 

Imagen: Teté Sequeira

 

“Las cosas siempre ocurren de una vez y de un modo”.

Julián Centeya

 

El viejo jefe

Estadio José Martín Olaeta. 2002.

El tipo estaba solo, atrás del arco, apoyado en el alambre. Miraba el partido en silencio aunque sus ojos parecían clavados en un mundo lejano, de esos que solo existen adentro del corazón de uno. Respondía los saludos con una amabilidad tan seria que de a momentos resultaba chocante. Yo hablé con él todo el primer tiempo como hablaba con cualquiera en aquella época; tenía doce años y Argentino me había permitido conversar por primera vez con muchos de los duendes y fantasmas que habitan esta ciudad.

En el entretiempo volví a la tribuna y fue Campanita —característico hincha salaíto—, el que me preguntó qué contaba el Aníbal.

—No sé de quién me hablás.

—Pajero, es el que estuvo con vos atrás del arco —me dijo cagándose de risa.

En el segundo tiempo volví a buscarlo y seguimos charlando, aunque para mí ya no fue lo mismo. El Aníbal aparecía una y otra vez en las conversaciones de la esquina, símbolo de un pasado cercano pero enterrado para siempre. Había por él cierta admiración y si bien muchos de los suyos seguían yendo a los partidos, él apenas había vuelto a pisar el club tras perder el mando del para-avalancha.

Su barra jamás llevó un nombre, cosa hoy impensada para una hinchada. Se les decía los Heavy, los Herméticos o los Metálicos, pues sus muchachos, sobre todo en los primeros años de los 90, además de levantar las banderas salaítas llevaban como estandarte los símbolos del metal: pelos largos, camperas de cuero negro incluso en verano, tachas y pantalones de jean. Hasta que fui más grande, V8, Maiden o Megadeth eran para mí solo los nombres de un par de personajes de los que poblaban las juntadas que frecuentaba.

 

El encuentro

La Florida. 1989.

El viejo Fito, a quien se apodaba el Caudillo por su empeño en hacer crecer al club, andaba por distintos rincones de zona norte buscando asociar gente al club con la idea de armar una barra, ya que la gente de Central que había estado en los 80 poco a poco se fue yendo. Una tarde en El morocho del Abasto—bodegón casi centenario que estaba en la esquina de Ricardo Núñez y Rondeau— conoce al Germán y al Aníbal, dos pibes jóvenes que eran de preguntar todo y que habían parado la oreja cuando lo escucharon predicar por Argentino, un par de mesas más allá de donde estaban ellos jugando al pool.

Esto fue en 1990. Fito cargaba con sesenta años y ya lucía sobre el pelo largo y canoso su legendaria boina azul. Tenía encima varias hazañas que lo habían convertido en leyenda y muchos años por delante de seguir recorriendo a pie barrio por barrio, en pos de sumar gente. Hablaba de su amor por el Sala y era capaz de hacer llorar incluso a los que odiaban el fútbol.

Cuestión que rápidamente hicieron la onda y le dijeron al Caudillo que cuente con ellos. El Aníbal armó la barra con gente de La Florida, su barrio de siempre, y el Germán, que era heavy, fue a buscar a los metaleros que se juntaban en el bar Le Fü, de Urquiza y Entre Ríos. Al mes, heavies de todos los barrios y hasta del Cordón Industrial se llegaban hasta Sorrento vestidos de negro para alentar por Argentino.

(Al menos esta es la historia que escuché una y otra vez, siempre de forma diferente y con distintas apreciaciones, en cada esquina y asado al que concurría con la gente del club).

 

Tiempos viejos

El Churrasco / Fonavi / Sorrento. Años 90.

—Los pendejos de antes no éramos rastreros, roba carteras, si de la banda dos afanaban ya era mucho, y al que robaba lo mataban a palos. Había milicos como el famoso Papita con Brote y Santa Cruz que te rompían los huesos. ¿Entonces quién quería robar? El otro día mataron a un pibe acá en el barrio y los vecinos fueron a prender fuego la comisaría, olvidate que antes pasara algo así.

Sentado en el living de su casa del barrio El Churrasco, el Chino recuerda cómo eran las calles de su juventud:

 —Nosotros fumábamos y escabiábamos pero siempre respetando a los vecinos, y al único que vendía faso en la zona de Fonavi, un muchacho que después terminó preso, tenía que ir a comprarle algún conocido. Además éramos todos amigos los pibes de los distintos barrios, vos pasabas caminando barrio por barrio y estaba todo bien, y eso que había pobreza. Ahora andan todos en remís porque ya no pueden patear más.

De los Metálicos, el Chino es el único que quedó. Sigue yendo a la cancha todos los sábados, ya no como barra sino como un hincha más. La formación callejera de mitad del 80, sin dudas, marcó el rumbo que siguieron él y sus compadres:

—En la esquina del club curtimos e hicimos la movida durante diez años y el barrio nos trataba de señores. ¿Por qué? Porque no éramos carteludos. Una vez nos paró la policía y no puso contra la pared para requisarnos. Al toque salió la kiosquera a defendernos y después salieron otras señoras; los milicos tuvieron que cerrar el culo e irse. Los fasos que fumábamos estaban arriba de los árboles y los pedazos para vender descartados a media cuadra.

Los Metálicos estaban lejos de perfilarse como barras profesionales, algo que ya se veía desde fines de la dictadura en la gente de Central y Ñúbels.

 

 

—¿Cómo explicártelo? Eran vagos a los que les gustaba pelear y estar al pedo en la esquina. Terminaba un partido y le mangueaban veinte pesos al presidente, que en esa época alcanzaba para veinte porrones, y se los gastaban en el kiosco y al rato iban a manguearle de nuevo —recuerda Campanita.

—Había épocas que la Comisión se ponía la gorra y no les quería ni dar las entradas. Así que le tocaban la puerta a una vecina que vivía atrás del arco, ella les deba permiso y desde su patio saltaban el tapial y entraban a la cancha —comenta Diego, que en los 90 era un pibe y hoy es Pro-Secretario del club.

—Para comer, comprar las remeras del club y viajar hacíamos rifas. Sabíamos a quién tocar cada tanto. Y con Fito habíamos hecho amistad, él en esa época andaba bien de plata y nos pagaba el asado en la parrilla del club y hasta nos daba para viajar en remises a Buenos Aires­ cuando jugábamos allá —rememora el Chino.

 

***

Entre los Heavies estaba Fabiancito, que tocaba en una banda llamada Fantom Lord; el Gordo Ballena, un gigante que se volvía bestia a la hora de pelear; y nada más ni nada menos que el Gula, otro gigante aún más gigante que entre mitad de los 90 y principios del 2000 se convirtió en un legendario dealer del ambiente del rock, referencia obligada en la zona del Bajo que alojaba a boliches como Zeppelin, el Barrilito y Pichuco. Durante algún tiempo fue patovica de los abogados más pesados de tribunales.

—Jugábamos con Almagro en cancha de Central en la época en que el hijo de puta de Galmarini, el suegro de Massa, sacó una ley que no permitía entrar trapos ni de local ni de visitantes —rememora el Chino aunque no logra dar con el año exacto—. No nos dejaban pasar y a la vuelta vemos un portón cerrado, sin canas ni nada, y el Gula lo agarra desde abajo y después de varios tironeos lo termina arrancado. Entramos con todos los trapos y salimos en todos los noticieros.

Otra barra metalera de aquel tiempo era la de Los Andes, de Lomas de Zamora; en mitad de un partido jugado en Rosario hicieron amistad y cuando hubo finalizado compartieron unas cervezas en el kiosco. Algo similar ocurrió con la gente de Talleres de Remedio de Escalada, que de tanta onda que hubo se quedó en Rosario un par de días y volvió a su pago gracias a la moneda que les juntaron los salaítos.

 

Pasión por la pelea

Sorrento. Años 90.

—Estábamos con el Ballena tomando un porrón en la esquina de siempre y aparece un loco de Tigre. “Hola, ¿cómo andan? Yo soy el Pájaro de la hinchada, con ustedes está todo bien”, nos dice, y nos tomamos un par de cervezas —cuenta el Chino—. Y cuando empieza el partido entran con los de Tigre la hinchada de Central Córdoba y Cohen y el Loco Rosario, dos barras históricos de Ñúbels, así que imaginate la bronca que se armó.

—El Aníbal prendió fuego una bandera rojinegra que andá a saber de dónde sacó, y el Loco Rosario se saltó la reja y se metió en la tribuna de Argentino. Al toque el Aníbal lo fue a buscar y se agarraron mano a mano atrás del arco, se dieron un buen rato, parecía las peleas de antes, los dos capos peleando solos y el resto mirando —recuerda Campanita.

Desde entonces la rivalidad de las hinchadas fue creciendo; y tanto Argentino como Tigre fueron durante los 90 animadores de los torneos de la Primera “B” Metropolitana.

—Siempre mandábamos a los pibitos a hacer inteligencia para que nos digan por dónde se iban los visitantes. Así emboscamos a los de Tigre ese partido, nos dividimos y aparecimos desde las dos esquinas. Les estábamos dando y ellos pelaron fierros y terminamos todos en el piso escapándonos de las balas —agrega el Chino.

La venganza por haber tirado tiros, en el partido siguiente, se planeó con astucia: en un colectivo de línea vacío, un dirigente de Argentino daba vueltas por el barrio en pos de ubicarlos. Y, en el canasto de la bicicleta de un vendedor ambulante, un supuesto churrero cargaba veinte bombas molotov. Pero los de Tigre se fueron sin ser vistos por algún callejón que abrió la suerte.

***

Otro combate memorable fue contra Berazategui. Los Metálicos los cruzaron en el puente del Parque Alem pero la diferencia numérica les jugó en contra: la relación era de tres a uno. Para peor, entre los bonaerenses había un gordo indestructible que tenía una cintura bárbara. Fueron a darle con una botella en la cabeza y se agachó, quisieron embocarle un palazo en la panza y lo esquivó, no había forma de tumbarlo. Cuando todo parecía perdido, aparecieron tres micros de Unión de Santa Fe que iban a la cancha de Central. Un santafesino se bajó a ver qué pasaba y empezó a gritarle a su gente que baje a pelear contra “los porteños”. Los de Berazategui terminaron tirándose al arroyo Ludueña para que dejen de pegarles, hasta el gordo terminó en el agua.

 

 

Siempre todo termina mal

Sorrento. Año 2000.

En 1998, Argentino firma un convenio con Ñúbels, en aquel entonces presidido por Eduardo López. El club del parque le cede jugadores y recursos a cambio de favores administrativos para vender jugadores a Europa, paso previo por Uruguay, evitando así la amenaza de la AFIP. Como era de esperarse, barras leprosos llegan a Sorrento y conviven, en tensa calma, con lo que había quedado de los metaleros.

La dirigencia de Argentino se fue desentendiendo de la interna del para-avalancha y la gente de Ñúbels, que doblaba en cantidad a sus rivales y contaba con el fuerte respaldo económico de López, fue ganando cada vez más lugar. El neoliberalismo, tarde pero implacable, copaba todos los rincones de un club que de alguna manera parecía naufragar fuera del tiempo.

Como siempre la bronca saltó por una gilada cualquiera en un partido cualquiera. Y el mano a mano en la tribuna terminó en tiros y corridas en un entrenamiento un día semana. Los lúmpenes románticos perdían, como siempre sucede, con los lúmpenes organizados.

 

Hoy, ayer y mañana

El Churrasco / La Florida. 2017.

—Esto era villa antes, todo rancho, no entraba ni la policía y por eso le decían Churrasco, porque apuñalaron a un par de milicos, nada de tiros, puñaladas. La calle estaba cerrada, eran todos pasillos y había un zanjón grande que ni se lo podía saltar, tenía puentecitos de chapa y madera. Las casas se hicieron de material durante la intendencia de Usandizaga, pero se inauguraron cuando él ya se había ido, por eso no tienen fin de obra y no hay luz.

Aunque conozco al Chino desde hace veinte años, jamás había ido a visitarlo ni le había preguntado con precisión la historia de los Metálicos.

—En esa época íbamos a un depósito en calle Salta y un viejo nos decía: “Hay para descargar camiones. ¿Quién quiere ir?”. Después empecé a trabajar en una parrilla y el patrón me tenía anotado, pero me pagaba en negro. Siete años estuve ahí. Me hacía firmar una cosa y me pagaba otra.

Cuando pudo estudiar enfermería y luego trabajar, la cosa mejoró un poco. Ya más grande y aprovechando la época de Néstor y Cristina, le construyó dos piezas más a su casa y la fue acondicionando con todos los electrodomésticos necesarios. Antes de despedirlo, le pregunto cómo fue su última época en la hinchada y por qué dejó de ir.

—Estaba laburando bien, la gente ya nos miraba mal y la policía nos tenía junados. Yo nunca tuve problemas con ellos, pero donde te cruzaban te decían: “Mirá el hincha de Argentino”. Cuando caíamos en cana sabían la vida de todos. “Este es el Chino del Churrasco, el otro es el que anda robando carteras con tal…”. Ellos saben todo, te decían cosas de tu vida y vos te preguntabas cómo carajo las sabían…Pero es obvio que saben todo, te dejan correr pero saben todo.

 

 

***

Transcurridos los primeros años del 2000 me enteré de que el Gula murió. Tenía asma y diabetes y siguió con la frula hasta matarse. Creo que varios corrieron esa suerte. Otros siguen en pie. El Germán, el referente metalero dentro de la barra, trabaja de pintor y anda bien. Siempre quedamos en charlar sobre sus andanzas pero nunca concretamos la entrevista. Al Aníbal, en cambio, lo crucé pocas veces desde la tarde en que lo conocí. Pero todavía lo oigo nombrar no solo en el club sino en montones de bares, timbas y recovecos de la zona norte de la ciudad. Sé que sobrevive tarjeteando. Hace dos veranos lo encontré en la Rambla Catalunya, los dos estábamos al pedo y charlamos un rato. Le dije que quería escribir su historia y me dijo que sí, que más adelante, pero su tono fue tan descreído y amargo que entendí que eso jamás sucedería.

—Yo desde chico leía todos los diarios, y todas las noticas que salían sobre barrabravas la recortaba y las guardaba. Tenía tantas carpetas que llené una bolsa de consorcio. Un día se las regalé al Chino para que las tenga él —me contó y hasta detalló cuáles eran los recortes que más lo habían emocionado.

Ese día hablamos un rato más y cada uno siguió en la suya. Desde entonces nunca más lo volví a ver.