La legendaria revista Cerdos & Peces, prohibida en varias oportunidades por los jueces de la Corte Suprema en los primeros años de la democracia, constituyó un verdadero laboratorio periodístico y literario: no solo hablaba de sexo, de drogas, de los locos y los marginales, sino que hablaba desde la locura, la marginalidad y la disidencia sexual. Dio lo mejor de sí en los ochenta pero volvió a batallar a mitad de los noventa y en los primeros años del dos mil.

Los días que armábamos el primer número de esta revista, que recogía su legado como punto de partida, nos encontrábamos con que su creador, ese ángel negro llamado Enrique Symns, monologuista de Los Redonditos de Ricota desde el 82 al 89 y autor de varias novelas alucinantes, caminaría las mismas calles que nosotros. El viejo loco, habiéndose excedido con la cocaína y sin dinero, condenado a su soledad, tenía la idea de renacer de sus cenizas y pensaba jugar en Rosario sus últimas cartas.

Si es imposible no amar a quien te hace pensar, como el mismo Symns decía, entonces con amor compartimos este texto, que recrea aquel inverosímil guión de un film que proyectamos imaginariamente sobre nuestra cotidianidad en febrero del 2010.

 

Imágenes: Delfina Freggiaro

 

Perdido en la ciudad

—Necesito que vos me consigas una pensión, o algo así —me dijo Symns, apurado, sin ganas de hablar.

—¿Qué querés que tenga la pieza? —le pregunté, desorientado.

—Y…una ventana —me contestó de mala gana, dando por finalizada la charla.

Un par de meses antes le había mandado un mail para invitarlo a participar en lo que sería el primer número de Apología. Tras varias respuestas en las que justificaba la demora en la entrega de su nota ya paga —la única que pagamos en nuestra historia—, me avisó que se venía a vivir a Rosario, y que una vez en la ciudad la armaba en dos patadas.

Esa noche lo llamé para ver en qué instancia estaba la nota/venida a la ciudad yel Viejo me dijo que le consiga una pensión barata o un cuarto para vivir.

En una entrevista que Gillespi le realizó en la Rock & Pop, en el 2009, había dicho al aire su mail; ni bien empecé a armar Apología, le escribí. No tenía ningún tipo de contactos periodísticos ni la más mínima idea de cómo se manejaban estas cosas. Symns al toque contestó.

Mendigo, ladrón y estafador, viajero de las drogas psicodélicas en los sesenta y setenta, actor callejero, periodista y escritor, siempre fue un buscavida descreído y dolido de los planes de la normalidad. Si el periodismo que queríamos hacer contaría ese mundo que el mundo esconde, él nos iba a ayudar mejor que nadie.

Le propuse que haga algo sobre el Mufercho, el monologuista que estuvo en Los Redondos antes de su llegada. Editorialmente era una idea acertada ya que casi no existía —aún hoy casi no existe—material sobre este extraño personaje. El temaen verdad me daba lo mismo. Symns era para mí un maestro y lo contacté esperando que pase algo, sea lo que sea lo que tal cosa significa.

***

“Ni viene ni hace la nota. No insisto más”, concluí con cierta amargura mientras me tomaba un café en un bar escondido en una galería del centro.

Nuestra primera conversación había sido en febrero y a principios de marzo intentábamos coordinar su venida y su alojamiento, algo que resultó imposible porque Symns aparecía y desaparecía de una día para el otro.

***

“Estoy en el hotel “Embajador”, frente a la terminal. Necesito una computadora para escribir y una pieza más barata, llamame”, decía un mail suyo que leí con sorpresa en un cyber a principios de abril.

Sin previo aviso el viejo loco se había instalado en la ciudad.

Lo llamé durante varios días y en distintos horariosy solo daba con el contestador. Decidí ir a buscarlo al hotel, un hospedaje tranquilo donde paran los viajantes y las familias que están de paso. Ya se había ido.

—¿Es familiar suyo el hombre? —me preguntó el muchacho de la recepción, entre afligido y preocupado.

—Es un tío —le dije.

—Le tuvimos que pedir que se vaya. Hubo un inconveniente —me respondió y, pese a mis insistencias, no quiso decirme qué pasó.

Por más de dos horas recorrí la zona, preguntando en cada hotel, hotelucho, pensión y motel si Enrique Symns estaba o había estado ahí. “Es un hombre grande, medio personaje, pelo largo, canoso”.

Nadie sabía nada de él.

Ya de noche me metí en un cyber y le mandé un mail comentándole la situación. “Ando perdido en la ciudad y sin teléfono. Dame un número y te llamo”, me contestó un rato después. Le dejé mi celular y el fijo de la casa donde vivía con mi vieja, que al otro día, temprano a la mañana, me despertó diciéndome:

—Te llama Enrique Symns. No sé si es joda o no, pero es la voz de un hombre grande.

 

¿Quién escribió la noticia?

Esa misma mañana nos encontramos con el músico Toni Temple, que formó parte del primer grupo de Apología —de hecho,él tuvo la idea de bautizarla así—,y nos dirigimos a un bar que había en Mitre y 3 de Febrero. Symns, sin rumbo, se había metido en un hotel que está a media cuadra de esa esquina; un hospedaje que alberga pobres, solitarios y marginales; un agujero en el que no entra el sol porque al dueño se le ocurrió techar el patio.

Lo encontramos en una mesa del fondo del bar, mirando el suelo.

El pensador y poeta cuya pluma iluminó las revistas de la naciente democracia argentina, el romántico maldito que aguantó los noventa en bares y naufragios, el periodista peleador que en Chile llegó a convertirse en una figura nacional para echarlo todo a perder como lo había hecho siempre (arribó en 1997 y en el 2003 regresó a la Argentina), nos esperaba impaciente. Lo saludamos y lo escuchamos con admiración. Estaba viejo y desmejorado. Hablaba con fuerza. Escuchar su voz, llena de vida, era apasionante.

—Vine a Rosario porque me quiero curar. Estuve tomándome un litro de whisky por día, y tanta cocaína que se me hinchó la cara. Voy a escribir una novela y trabajar acá —nos dijo. Luego nos dio su celular y algo de plata para que le compremos un cargador y le carguemos el aparato.

Todo el día dimos vueltas por el centro junto a Toni Temple buscándole un lugar. Nos decidimos por una hermosa pensión que hay en el antiguo edificio de Mendoza y Sarmiento, en cuya planta baja funciona un supermercado. Sus habitaciones son grandes, tienen balcón y buena luz. Alojan estudiantes venidos de los pueblos y profesionales de pocos recursos.El dueño,mediante una rigurosa selección de los inquilinos, se encarga de mantener distante a la fauna marginal que vaga y aguanta en los recovecos del centro.

Toni Temple le salió de garantía haciéndose pasar por familiar. Al atardecer nuestro querido escritor maldito ya tenía dónde vivir.

Al otro día, lo acompañamos a comprar un televisor usado.Fuimos y volvimos en taxi de la compra-venta de electrodomésticos. Un amigo abogado que tenía en la ciudad le regaló una arcaica computadora—no quería internet, solo escribir—, y así el viejo se instaló en su nueva guarida.

Esa misma noche apareció un correo de lectores en un portal web de la pequeña ciudad de San Lorenzo, en el que un tal Marcelo contaba que el legendario periodista Enrique Symns estaba en Rosario, sufría de diabetes, necesitaba ayuday precisaba una computadora para escribir, además de un televisor:

Llegó en malas condiciones físicas. Tiene algo de dinero y busca un refugio para escribir una novela. También busca (la compraría) una PC que solo le permita escribir y un lugar donde pueda ver TV por cable (no sé con qué fin, pero sospecho que tiene que ver con lo que escribirá).

En su momento le comenté el asunto al Viejo pensando que él había empezado a hacerse ver, y me dijo que no tenía idea de cómo alguien se había enterado de que necesitaba un televisor.

El mensaje del papel

Con Symns nos juntamos varias veces en el bar de Sarmiento y Mendoza, un bodegón histórico y marginal que había quedado en manos de sus trabajadores tras la muerte de su dueño. Con mis amigos parábamos ahí desde hacía un par de años ya que se podía fumar y el chupi era barato, además, era un lugar de los que ya no quedan y nos gustaba observar desde ahí la alucinada fauna de la ciudad.

Varios mediodías comimos juntos. También lo cruzábamos a la tarde a la hora del vermut. En esa circunstancia lo entrevisté, en una de las primeras entrevistas que hice en mi vida—mi desempeño alcanzó para lograr una nota aceptable que salió en la primera Apología y que titulé “Las preguntas son la sabiduría de la vida”—.

En aquellas semanas Symns apenas probaba el alcohol y como había dejado la cocaína los tragos le pegaban. Tras lacharla, que duró tres o cuatro medidas de Gancia, me dijo:

—Ah…el alcohol, el alcohol. Es como un recreo esto.

Era raro ver al Viejo llevar la ropa al lavadero, preocuparse por la comida y escucharlo decir que no ibaa tomar más merca. Andaba de buen humor, con ganas de charlar y divertirse. No caminaba porque se cansaba rápido; sin embargo, salía a trotar por las mañanas.

En esa ráfaga de entusiasmo hasta se propuso ir al médico, algo impensado para él a pesar de tener sesenta y cinco años yuna diabetes avanzada.

Creía que alguno de los diarios de la ciudad lo iba a contratar y tenía la idea de dar un taller de periodismo; mientras,sobrevivía con la indemnización que había cobrado tras el cierre del diario Crítica de Jorge Lanata.

Nopudo mantenerse muchos días sin consumir:

—Si no me consiguen merca no empezamos—nos dijo a mí y al “Expreso Nova”, la banda que lo acompañó en el primer show que dio en Rosario: Toni Temple era el baterista, Osvaldo Zulo y El Rulo, los violeros y Uriel Cerezo, que hacía el diseño gráfico de Apología, tocaba el bajo.

Estábamos en el patio de la sala de ensayo y solo teníamos el teléfono de un dealer que vendía una falopa muy mala. Symns nos dijo que lo llamemos igual.Recién después de darse el primer saqué, tras media hora de espera, quiso ensayar. Además de sus poemas más conocidos como “Soy un virus”, “Tristeza”, “Mala suerte” o “El Rey Sol”, recitó “la Marcha de Bonaparte” de Bukowski y “Alguien” de Jorge Luis Borges.

Dos días después del ensayo fui a almorzar con él al bar y ni bien me senté en su mesa me dijo, en un frenesí de verborragia y provocaciones, que todavía no había dormido. Estaba ansioso y buscaba pelea.

—Necesito una novia o un mánager que me ponga un revólver en la cabeza, que me obligue a escribir y no me deje tomar —empezó a decir cuando nos íbamos—. Mirá el día de sol que hay y yo encerrado tomando merca. Pero me voy a curar, yo soy cabulero, muy cabulero, me voy a curar —exclamó y señaló con la mano derecha un cartel donde se leía el nombre del bar: “Ave Fénix”.

En la vereda el lamento siguió:

—Voy a dejar de tomar merca, se lo prometo a ese papel —gritó con ironía, señalando un volante de publicidad cuyo frente daba al suelo, por lo que solo se veía un dorso vacío—. ¿A ver qué dice el papel?—hizo unos pasos y lo levantó—.

“HAZLO AHORA”, era la consigna que se leía en letras mayúsculas en ese extraño papel.

—Se va a la mierda—dijo Symns, lo hizo un bollo y lo devolvió al suelo.

 

El borde

El show que dio Symns en la presentación de la primera Apología fue un desastre.El “Expreso Nova” no lo acompañó con bases tranquilas como en los ensayos,sino que desplegó una psicodelia guerrera que interfería y competía con su poesía. Hubo peleas arriba del escenario que casi terminan con el espectáculo cuando recién comenzaba.

“Fue la peor noche de mi vida. Son todos una mierda de personas menos el bajista y el periodista”, nos dijo al día siguiente por mail. Estuvo enojado varios días y cada vez que podía bardeaba a los músicos que lo habían acompañado.

Nunca terminó el escrito sobre el Mufercho y pensó en colaborar para el siguiente número de Apología con otra temática: la Magia. Me dijo que vaya a verlo con un grabador y que armara algo a partir de la charla. Era un método que venía de la vieja época de Cerdos & Peces: encendido por su propia lucidez y estimulado por la cocaína, se mandaba unos monólogos alucinantes que luego desgrababa, tenía así la nota prácticamente hecha.

Una tarde fui a su habitación con la idea de grabarlo.Le toqué la puerta y mientras esperaba que me abra escuché cómo se chocaba con todo.Me di cuenta de que la cosa venía rara. Lo primero que me dijo:

—Me está agarrando la psicosis, pero no te preocupes. Dejá el grabador en la mesa de luz —él estaba tirado en la cama— y quedate en el escritorio.

En una mesa había más de cincuenta bolsas de merca sin abrir, una merca de muy mala calidad, y en el piso montones de bolsas ya vacías, perdidas entre papeles viejos, ropa desparramada, restos de comida y mugre. Se le había roto el velador y usaba el televisor para iluminar el ambiente.

Su monólogo resultó apasionante;si en algo Symns es un genio es a la hora de hablar. En las conferencias que supo dar jamás leyó, es de esos que piensan mientras hablan y desde ese núcleo de sentido que van construyendo convocan al encantamiento.

También resultó demasiado caótico y fragmentario para armar una nota. La cocaína lo había llevado al mismísimo borde del lenguaje: