Esta nota no parece habitual en una revista como esta, lo cual está muy bien, y la publicamos con ganas. Habla de los árboles en la ciudad y de los vínculos afectivos que algunas personas crean con ellos. Recogimos vivencias y reflexiones que, quizás inadvertidas, forman parte de nuestras experiencias cotidianas más vitales.

 

Fotos: David Gustafsson

 

Los locos del bosque

“Ayer vino el comisario de la Primera, me subió al patrullero y tuve que quedarme toda la noche en la comisaría, sin saber por qué. Salí cuando él quiso que salga. Está bien que ahí hay techo, pero yo prefiero dormir afuera”, cuenta un vagabundo que vive en la Plaza López. Cuando se le pregunta dónde duerme las noches de lluvia, dice algo sorprendente: “Nosotros dormimos debajo de la araucaria, una planta milenaria que crece en las zonas frías de las cordilleras. Tiene unas hojas tan grandes y espesas que no dejan que la lluvia te moje. Hay varias araucarias acá, una daba tanto techo que podías hacerte un living, pero la podaron y la dejaron finita. Yo prefiero la plaza a la comisaría”.

En la cotidianidad de la vida urbana, muchos ciudadanos perdieron —o nunca tuvieron— una referencia existencial profunda ligada a los árboles que tienen a su alrededor. Para este vagabundo, los árboles componen su hábitat: “Ahí está mi baño”, dice señalando una palmera. Y si se mira bien, entre las hojas de un pino están disimuladas sus pocas pertenencias.

La Plaza López presenta más de cincuenta especies de árboles y plantas: es el espacio público con más variedad en todo Rosario. Consciente de esto o no, Llamita va de canuto por las noches dispuesto a concretar la pasión de su vida: “El tipo es un linyera que no vive acá pero suele venir a pasar la noche. Hace unos días nos incendió una conífera. Pero no para zafar del frío sino porque es piromaníaco. Entre los que trabajamos en la municipalidad, es famoso porque va de plaza en plaza prendiendo fuego los árboles”, cuenta uno de los encargados del mantenimiento.

 

 

Árboles de barrio

Bajo un eucalipto gigantesco toman vino en caja dos de los Saucedo, una de las familias más pobres de la parte pobre de La Sexta. Es el mejor lugar que tienen para pasar las tardes de calor, ya que la sombra que brinda es sensacional; La Sexta es un barrio de muchos años y la altura de sus árboles da cuenta de eso. Leo, vecino de los Saucedo, tiene, por su parte, especial cariño por el palto que está en el patiecito de su casa. El motivo no es extraño: es un legado de su padre fallecido. Pero allí donde late el cariño también late el riesgo, dado que las tormentas sacuden violentamente el árbol cuyas ramas hacen de sostén a un frágil tendido eléctrico —aunque el verdadero peligro, sabe Leo, no es quedarse sin electricidad: si algún tronco grande se desprende, puede desplomar su rancho—.

Gabriel Ibarra, cocinero y fabricante de muebles, define al Churrasco —su barrio de toda la vida— como un territorio suburbano, donde muchas de las casas aún tienen frutales en el patio. Recuerda que él y sus amigos, ya de chiquititos, sabían quién tenía mandarinas, quién tenía naranjas y quién quinotos, entonces iban a pedir en épocas de maduración. Si algún vecino encanutaba las frutas, se divertían robándoselas en las horas de la siesta. De más grandes, empezaron a juntarse en un terreno baldío que tenía unos pinos, siempre evocados cuando las conversaciones se tiñen de recuerdos: “Íbamos todos los días, los viernes hacíamos pollo con arroz por cinco pesos. Los días de viento los pinos silbaban una banda, por eso les pusimos ‘los pinos silbadores’”.

 

La pasión sutil

El pintor Rodolfo Elizalde, que llegó en 1950 proveniente de Bahía Blanca, donde el clima es árido y seco, recordaba: “Una vez pasé por el Parque Independencia y vi una cosa azul, fuerte e intensa, y pregunté: ‘¿Eso qué es?’. ‘Son las flores de los árboles’, me dijeron, entonces fui otro día especialmente a verlas. Eso me pareció hermosísimo. Es decir, me subyugó la vegetación. En Bahía Blanca en esa época no había césped, hasta las canchas de fútbol eran de tierra”.

La artista plástica y arquitecta Alita (María Alejandra Villanova) nos cuenta: “Cuando voy a barrios nuevos, sean asentamientos irregulares o residenciales, me resulta súper hostil el transitar y el estar si no hay árboles. No es lo mismo un terreno plano que un lugar donde podés trepar, jugar, dormir, apoyarte y ESCONDERTE —la mayúscula corre por cuenta de la revista—. Plantando un árbol modificás hasta la estructura de la vereda, que de alguna manera empieza a techarse”.

Alita continúa, proponiendo además el olor de los árboles como parte fundamental de sus atributos vitales: “Antes vivía en una cuadra llena de tilos, cuyas flores dan un perfume dulce, muy lindo. Cuando volvía a mi casa en primavera, tipo siete de la tarde, soplaba un vientito con un perfume increíble: eso le daba un carácter particular al lugar… En el Parque Norte, tenemos árboles de naranja amarga, que dan la flor del azahar. Cuando caminás por ahí te chocás con un aroma muy particular. ¿Y viste lo que tienen los olores? Van directo al recuerdo, el olfato es más fuerte que los otros sentidos”.

 

 

Agujeros mágicos

Rosario es una ciudad con bastantes árboles. Según datos oficiales, existen trescientos cincuenta mil ejemplares en el espacio público, aproximadamente uno por cada tres habitantes. En ámbitos académicos y oficiales se discute si se padece o no un déficit de arbolado. De lo que no hay dudas es de que podría haber muchos más.

Nosotros, que en general hacemos periodismo desde el latir callejero y no desde las estadísticas, sabemos de los refugios verdes y también de calles grises donde la ausencia es total. También sabemos que la propuesta de los milicos eran las plazas secas y que desde la vuelta de la democracia cada vez se fueron plantando más árboles. Y así como nos gusta el bodegón para escuchar las conversaciones de las mesas de al lado, también nos escapamos del espanto de la rutina yendo a un parque para escuchar el silencio.

Por mi parte, reconozco que apenas si distingo un plátano o un jacarandá, lo que no quita que me espante cuando me cruzo con un árbol podado de forma brutal.

El agroecólogo Eduardo Spiaggi, a quien entrevistamos en profundidad en la edición anterior, nos recibe nuevamente cuando lo visitamos para charlar sobre el tema: “En la cultura campesina e indígena los árboles tienen una simbología enorme. Para los qom, el lapacho tiene una gran presencia: cuando florece es cuando llega la primavera. En el campo donde trabajamos estamos plantando todo el tiempo árboles nativos como el jacarandá, el lapacho y el algarrobo… Plantar es un pequeño símbolo político para mí”.

 “Tengo un amor especial por algunos árboles —continúa—. Las flores del lapacho y las flores del jacarandá son muy potentes, en el sentido de que sus colores son medio indescriptibles. La famosa flor celeste del jacarandá es cualquier cosa menos celeste. No podés decir qué es: no es fucsia, no es violeta… Y con la flor del lapacho pasa lo mismo, no es rosada”.

Para Spiaggi, el amor por los árboles no es amor de pasiva contemplación: “Una vez denuncié a un tipo que sacó un lapacho para hacer un garage, lo hizo mierda cuando estaba florecido. ‘El árbol estaba antes que tu casa. No digo que no tengas garage, sino que le busques la vuelta’. Por supuesto no me dieron ni bola. En la vida las cosas tienen su contrapeso. La vida urbana valora más limpiar una hoja seca que cayó en la vereda que maravillarse con una flor”.

Antes de despedirnos, le preguntamos a Spiaggi qué es un árbol: “Es un ser viviente que nos conecta con la tierra. Nosotros caminamos por arriba; los árboles tienen raíces adentro. Entonces el contacto con el árbol es el contacto con la tierra. Un amigo dijo dos cosas que me quedaron grabadas. Fue a finales de los 90, cuando Menem ya había cerrado los trenes. Nosotros nos juntábamos en Avellaneda y Salta, muy cerca de las vías, y de golpe escuchamos las sirenas y él dijo: ‘Pusieron unos parlantes con la grabación del sonido del tren para que la gente no los extrañe tanto y piensen que sigue funcionando’. Otro día arriesgó: ‘Los terremotos en realidad son una reacción de la tierra para sacudirse el cemento que la asfixia’. En la ciudad un árbol es eso: un agujero en el cemento que al tocarlo nos permite tocar la tierra”.

“¡Quién pudiera decirme si es un árbol o es un dios!”

Por Marco Mizzi

Paramos a la gente en la calle y le mostramos el logo de diez marcas comerciales impresos en fondo blanco. La mayoría conocía a qué empresas refería cada uno. Luego le mostramos diez hojas distintas y el resultado fue otro: solo algunos conocían de qué árbol provenían. Nuestro hábitat material y simbólico devino en un medio ambiente manejado por el mercado. Lo cierto es que los árboles siguen ahí, como tótems que nos recuerdan que estamos irremediablemente atados a la tierra en la que vivimos. Por eso proponemos, a continuación, una azarosa y breve guía de cinco especies que pueden encontrarse en Rosario y que vale la pena detenerse a saludar.

Palo borracho: con su barriga de escabiador nos contempla desde sus ojos-flores de cinco pétalos, que se van turnando durante las estaciones para abrirse. Aunque muchos hayan perdido sus espinas, todavía quedan varios ejemplares por la zona del parque Hipólito Yrigoyen y de Francia y Bulevar Seguí que las conservan orgullosos. Según las abuelas, si uno las hierve y bebe el líquido se cura del catarro y del insomnio.

Liquidámbar: sus hojas de verde intenso en verano, a medida que se adentra el otoño, van mutando a bordó, a través de una gama de amarillos, naranjas, rojos y violetas tan amplia que todavía el castellano no puede describir con precisión, a no ser que “cielo al atardecer” sea considerado un color. Si bien existen en toda la ciudad, hay dos zonas en las que son reyes indiscutibles: San Martín entre Pellegrini y 27 de Febrero, y Cafferata entre Santa Fe y Salta. En los crepúsculos de abril, mayo y junio conforman junto a los faroles de esas calles un espectáculo visual único (me animo a afirmarlo) en todo el país.

Sauce: Un árbol autóctono de la prehistoria de estos pagos que se encuentra ausente en la generalidad del trazado de Rosario. No obstante, lugares tan distantes entre sí como el Parque Sur y Nuevo Alberdi están erigidos sobre densos sauzales añejos que lloran con los vientos que azotan la ciudad —en las inmediaciones del arroyo Saladillo y el arroyo Ibarlucea, respectivamente—. El sauce es el árbol preferido por los cartoneros a la hora de improvisar látigos con que azuzar a sus caballos, y su larga cabellera, que en muchos casos llega a rozar el suelo, lo vuelve el árbol ideal para las siestas, como bien saben los wachitos del Barrio Toba que descansan bajo los ejemplares de Travesía a la altura de calle Carrasco.

Tipa: árbol bestial, su altura de vértigo, su corteza escamosa y sus hojas pequeñas nos transportan a la prehistoria. Durante los días de calor concentran bajo sus copas una frescura húmeda similar a la de las catedrales. Las tipas de avenida Belgrano crecen y se retuercen peleándose con los edificios que miran al río por un poco de luz solar. Hay una tipa célebre en Iriondo entre 27 de Febrero y Ocampo: hunde sus raíces en medio de la calle para deleite de los changarines del Mercado, que toman cerveza contemplándola, y para terror de los motociclistas, que al doblar desde 27 tienen que clavar los frenos para no llevársela por delante.

Paraíso: Era el que nos brindaba la mejor de las municiones para la guerra de gomeras: los venenitos. Muchos de ellos han muerto: hay uno en la plaza Sarmiento, otro en Bv. Seguí a la altura del barrio La Lagunita, otro en Urquiza y Crespo, otro en Ayacucho y Zeballos. Uno particularmente bello que estaba en Moreno y el Río murió asesinado a principios de este año. En invierno, la imagen de este árbol, con su copa pelada y sus frutos arrugados, hunde a los viajeros en un sopor melancólico de tardes de siesta. 

“Sostenernos el cielo…”

El poeta Juan Rodríguez, atento al armado de esta nota, nos compartió un poema de su libro Zarpazo:

El árbol se va por las ramas. Desconozco si hay algo más irrefutable que aquella total entereza para sostenernos el cielo. Arrima la lejanía menos pensada. Danza quietudes adentro. Nos hace mancha de sombra. El árbol se va por las ramas. Vos y yo besándonos.