Como un cáncer que ha hecho metástasis, la usura se infiltra en todos los niveles de la sociedad. Y pareciera que es demasiado tarde para que remita. Investigamos sobre el sistema financiero que funciona por detrás de los luminosos escaparates de los bancos. Dimos una vuelta por la City del Subsuelo.

Imagen: Guillermina Sgró

 

“Con usura, pecado contra natura, / tu pan es cada vez más de trapos viejos

seco es tu pan como papel, / sin trigo de montaña ni harina fuerte

con usura la línea se hace gruesa / con usura no hay clara demarcación

y ningún hombre puede hallar sitio para su morada”.

Ezra Pound

El McDonald’s de San Martín y Córdoba, con sus colores brillantes, su olor a fritura y perfumina y la inmensa algarabía que flota en el aire, es el paraíso de los pobres.

Los ricos no vienen acá. Los laburantes, sí. Comer en familia unas hamburguesas con papas fritas y después pasear un rato por el centro constituye una de las pocas salidas que rompen la burbuja de la rutina. Hay que ser insensible o muy soberbio para no alegrarse cuando, risueños los padres, fascinados los chicos, se los ve entrar por las enormes puertas de este templo del capitalismo posindustrial.

Me pido un combo BigMac y me instalo en una mesa del segundo piso. Estoy terminando mi comida cuando por fin llega Leonardo. Es un comerciante que invierte parte de sus ganancias en mesas de dinero clandestinas. Y a la sazón, también es mi primer informante para la crónica que tengo pensada escribir. Trae en su bandeja un cuarto de libra. Apenas se sienta, charlamos sobre las elecciones de la semana pasada. Entonces suena mi celular. Pido disculpas a Leonardo y atiendo. Es Santiago Beretta. Me dice que está tomando unas cervezas con Antonio, un amigo suyo que siempre está saliendo de un maneje para entrar a otro. Beretta asegura que me puede servir su testimonio para la nota. Le comento que justo estoy por hacer una entrevista al respecto, y le pido que haga algunas preguntas y me las vaya mandando por audios de wasap.

Vuelvo a la mesa. Leonardo, desenvolviendo su hamburguesa, se pone a hablar.

—En todas las Cities de todas las ciudades existe otra City, digamos, que es una opción para comerciantes y gente que no tiene la posibilidad de acceder a los avales necesarios que exige un banco profesional. Eso permite que haya más dinamismo en la economía. Lo más loco, lo contradictorio, es que sin este sistema que es, digamos, ilegal, no podría funcionar la economía formal, pero si fuese legalizado, dejaría de ser redituable y se vendría abajo.

—Generalmente cuando uno piensa en un prestamista se imagina a un pesado, rodeado de cuatro monos, en una oficina oscura, que manda a quebrarle las piernas a un deudor. ¿Qué hay de real y qué de ficción en esa imagen?

—Eso es muy cinematográfico. Yo nunca lo he visto. Pero bueno, pagar hay que pagar. Eso sí. Pero no es para nada así como lo pintás.

—¿Cuál es entonces el perfil de un prestamista?

—Puede ser alguien de plata, pero no necesariamente; puede ser alguien hábil con las relaciones sociales, que consiga fondos de terceros, ahorristas que invierten. Como todo se basa en la confianza, un buen prestamista es alguien que inspira seguridad y que también tiene ojo para saber en quién confiar y en quién no.

***

Me llega un audio de Beretta. Interrumpo la entrevista para escucharlo. Es Antonio el que habla. Con su voz aguardentosa dice:

—Es mucho más ágil un prestamista que un banco. No tenés que estar presentando tanto papelerío. Zafás de la burocracia. Las consecuencias son que cuando te caíste, pagás o pagás. Es pura usura. Es decir, nadie mata a nadie. A ellos les conviene que vos te caigas y no pagues. Como hace el FMI. O como hacen los bancos oficiales. Te lo repito: no les conviene que pagues. Les conviene que vos te vuelvas a endeudar para pagar lo que debías en un principio. Así te metés en una rueda que no termina.

***

En el McDonald’s, Leonardo muerde su cuarto de libra. Traga con dificultad y después se limpia con una servilleta parsimoniosamente. Todos sus movimientos son así, poco fluidos, como si estuviera acostumbrado a ciertos protocolos invisibles, ciertas demoras necesarias. Se niega una y otra vez a hablar de montos. Con una retórica sencilla, continúa:

—Todo tiene sus riesgos. El banco también. Yo en el corralito del 2001 perdí toda la plata que tenía, y desde ahí que elijo estos otros circuitos, digamos, paralelos. Además, el banco te da pocos intereses, y terminás saliendo más beneficiado, como ahorrista, si elegís esta otra forma.

—Y si te cagan, si no te pagan, ¿qué podés hacer?

—Hay ciertos resguardos. Es una transacción comercial, con otro esquema: en vez de comprar mercadería comprás dinero. Y además cada uno sabe cómo hacer para que esto funcione.

—¿Cómo es eso?

—Vos tenés pagarés firmados. Y garantías también. En transacciones pequeñas, hay gente que presta a través de tarjetas de crédito. En el resumen figura que te compraron una heladera, pero en realidad lo que te compraron es el monto que sale esa heladera. Así se garantiza el cobro, porque el que te paga es el banco, mes a mes, y si el deudor no puede pagar, se arregla él. Conozco una persona que incluso fue más allá en este método. Te manda a vos a comprar a Garbarino, digamos, una computadora en cuotas. Vos se la entregás al prestamista, y él te da efectivo, siempre un poco menos de lo que realmente cuesta. Entonces, después vende la computadora al precio real, y ahí está su ganancia. Es algo engorroso, porque es más trabajo, pero que funciona, funciona. No conlleva más riesgo que el conseguir a alguien que compre la computadora. En última instancia el problema de cobrar lo va a tener Garbarino.

 

 

***

Antonio, a diferencia de Leonardo, habla atropelladamente. En los audios, se percibe que el tema lo apasiona, y al mismo tiempo le repugna. Como un adicto cuando habla de la droga que lo atormenta.

Siempre se tiene que pagar. Llamadas telefónicas y amenazas constantes, paseos en auto. Cachetazos de acá, piñas de allá. Si ahí no reaccionás amenazan a tu familia. Y ahí aparece la plata. Vos por vergüenza muchas veces no contás nada, pero en casos así revolvés cielo y tierra. De algún lado aparece. A veces junta la plata la misma familia. Lo máximo que sé es que pudieron tirar unos tiros sobre el frente de una casa en forma de apriete. Pero matar, no matan. Conozco a una persona que lo subieron a un auto, lo llevaron a pasear, le dieron unos cachetazos y lo llevaron cerca del río. Y el tipo pidió que si lo iban a hacer boleta que no lo tiraran al río, que le pegaran un tiro porque no sabía nadar y le daba pánico el agua. Y ahí todos se empezaron a reír, porque ellos no matan, ellos cobran. Bueno, nadie mata menos los colombianos. Esos sí. “Gota a gota” le dicen a esa forma de conseguir que vos pagués.

***

El cuarto de libra es ahora unas pocas migas desperdigadas acá y allá sobre la mesa. Leonardo consulta su reloj pulsera. Anuncia que está llegando tarde a una reunión. Acepta contestar unas últimas preguntas.

—También participás en mesas de cheques. ¿Cómo funcionan?

—Vos tenés un cheque al portador a sesenta días. Yo te doy el dinero, pero un poco menos de lo que dice el cheque. Esa es mi comisión. Me aguanto yo los sesenta días sin cobrar, y entonces tengo que tener una ganancia. Es algo lógico y natural. Un servicio por el que está bien que se cobre. Sobre todo los empresarios industriales se manejan mucho con eso. Necesitan dinero, y los clientes generalmente pagan con cheques, entonces recurren a estas mesas.

—¿Y de cuánto es la comisión?

—No hay monto fijo. Depende cómo esté el dólar, depende cómo esté la plaza oficial. Argentina es muy cambiante. Es muy difícil tener un estándar. Y además, como te digo, también influye la confianza. Depende cómo me caigas, quién te haya mandado, depende de cuánto es el cheque, si es la primera vez que venís o si venís siempre.

—¿Y qué resguardo hay en estos casos? No ya de que te devuelvan la plata, sino de que no caiga alguien enfierrado y te quiera afanar…

—Primero que nada está la trayectoria. Hay nombres que imponen respeto ya de por sí. Y después, los robos también pueden pasar en un banco, un empleado canta que vos estás saliendo con una valija llena de plata y te hacen cagar a la vuelta. Nunca se sabe.

***

Mientras bajamos por las escaleras, esquivando nenes excitados y adultos cargando bandejas, escucho otro mensaje de Antonio:

Hoy el negocio en Argentina es prestar plata. Con Macri es así. Los sueldos no alcanzan y esto es plata rápida. No te arriesgás produciendo o invirtiendo en algo que puede salir mal. Y como en los bancos te piden hasta certificado de vacunación, ¿dónde caés? Ahí. Es un servicio. Caro, pero necesario. Se les presta plata a empleados y a gente de grandes empresas, que es el negocio de ellos. Lo demás es chiquitaje. Hasta cien lucas es chiquitaje para ellos.

Y después otro:

—Como ahorrista, antes que invertir en Lebac o plazo fijo, te conviene una financiera. Ponele que lo que agarrás sea de interés un 4 % mensual. Eso es el 48 % anual. Si ponés treinta mil pesos, te llevás quince mil más. ¿Qué banco te da ese interés? Y en este país, como estamos acostumbrados, la economía se va a la mierda o al gobierno se le ocurre sacar la plata, y vos cagaste. Quedate tranquilo que en las cuevas los inversores no corren ningún riesgo. Todos los meses tenés tu interés seguro.

 

 

***

Al salir a la calle, vemos a un viejo que, parado en medio de la peatonal, susurra: “Compro, vendo, pago más”. Leonardo lo saluda con un movimiento de cabeza, y antes de que se vaya le pregunto por los arbolitos. Esta vez, acaso porque no se trata de un rubro en el que participe, me revela cifras exactas, y hay un dejo de desdén en su voz engolada.

—Generalmente los arbolitos son empleados. De casas de cambio, de alguien que se dedica a la actividad. Es un gran negocio, que hoy por hoy está un poco en decadencia, porque no da réditos tan grandes. Cuando estaba el cepo al dólar, sí. Iba alguien al banco, compraba los quinientos dólares que le permitían comprar, los compraba a nueve pesos, por quinientos serían… cuatro mil quinientos pesos. Salía del banco con los dólares oficiales y se iba derecho a alguna esquina donde sabía que había arbolitos, y los vendía como dólar blue a trece pesos, o sea que por quinientos dólares le daban…

—Seis mil quinientos pesos.

—Bueno. Fijate. En menos de diez minutos, sin hacer más nada que firmar un papel y caminar desde calle Santa Fe a peatonal Córdoba, el tipo ganaba dos lucas. Y eso si era un oficinista cualquiera. Imaginate alguien con más espalda, que capaz podía comprar dos mil dólares o algo así. Se ganaba mucha plata. Ahora hay que buscarla en otro lado. Lugares no faltan, si buscás bien.

Levanta las cejas con elocuencia. Nos despedimos, y lo veo perderse dentro de una galería.

***

Quedo solo. La corriente humana, que va y viene en busca del pan de cada día, no se detiene. La sensación de Gracia que me invadía cuando entré al McDonald’s se ha ido apagando a lo largo de todo este rato. Ahora me duele un poco la cabeza y siento el estómago pesado por la comida chatarra. Los gritos de los nenes que salen del local me resultan insoportables. Más que alegría, en la cara de los padres veo fastidio. Me doy cuenta de que los colores chillones de la franquicia son tétricos. Huyendo de ahí, escucho el último audio de Antonio. Es cortito:

—En este tema todo el mundo habla del apriete, pero el tema central es la usura.

Voy por San Martín y después tomo Rioja. Un chino en la puerta de su supermercado fuma y mira a los albañiles de una obra en construcción que se cruzan a comprarle el almuerzo. Los taxistas en su parada empujan sus coches con el motor apagado, para ahorrar nafta. Una fotocopia pegada en un poste de luz ofrece “Préstamos a sola firma”. Pasa corriendo un hombre de traje reluciente para llegar al Banco Francés antes del cierre. En la puerta de un Frávega, unos pibes apilan cajas de cartón. La tevé de un bar muestra a un ministro en conferencia de prensa; el zócalo anuncia una nueva toma de deuda externa. Una casa de turismo promociona viajes a Venecia, financiados en cómodas cuotas. Una larga cola sale retorciéndose de un Rapipago, y en la esquina de la ANSES, decenas de gordas de barrio hacen fila para solicitar los créditos que el Gobierno Central está ofreciendo a tasas atadas al índice inflacionario. En la otra ochava, un local tiene carteles que anuncian compras en treinta y seis cuotas, el monto de interés no llega a leerse desde acá.

Veo que me llegó otro mensaje. Lo escucho. Es Beretta, que me pregunta si me sirvió el testimonio. Le contesto:

—Sí. No. No sé… Es que se puede hablar de violencia, de locura, de cualquier cosa. Pero, aunque suene a paradoja, hablar de usura no garpa.