Radiografía del centro rosarino. Intimidades y escenas cotidianas de calle San Martín.

 

Imágenes: David Gustafsson

 

“Gente alrededor y este gran vacío interior
Vos sabés lo que es… lo viviste también”.
Sabemos todo sabemos nada. Javier Martínez.

 

Todas las mañanas, tardes y noches en las que Claudia recibía a sus clientes, cubría sus finos ojos marrones con unas falsas pupilas verde claro que hacían juego con el rubio platinado de su caballera. Trabajaba en el departamento que estaba enfrentado al mío, en el noveno piso de un viejo edificio de San Lorenzo y San Martín. Paraba ahí desde principios del 2000. A veces la cruzaba sola y otras veces con los tipos que iban a visitarla. Muy pocas veces con su hija.

Su look de mujer fatal, sostenido en una mirada desafiante y un cuerpo voluptuoso, se desmoronaba cuando uno la escuchaba hablar: su voz no solo era dulce, sobre todo, era serena.

—Este país se está yendo a la mierda —le dije una tarde de verano que subimos juntos por el mismo ascensor, en ese tono automático que se utiliza para sobrevolar las pequeñas escenas de las rutinas cotidianas. Aunque yo creía, en verdad, que el país se estaba yendo a la mierda.

—En lo económico sí está todo más difícil, pero igual yo apoyo a este gobierno.

—¿Qué cosas te gustan del gobierno?

— Que esté presa Milagro Sala… Yo soy de Jujuy, entonces conozco el daño que causó esa mujer allá. Además, este país siempre fue difícil, gobierne quien gobierne yo tengo que laburar para comer, a mí nadie me regala nada.

—Claro, es verdad —le dije ya en el pasillo de nuestro piso. Hacía rato que había decidido preguntar qué pensaban los demás y por qué, antes que exponer mis ideas y tratar de convencer.

Fue una buena vecina. Compartíamos, cada tanto, mates y cigarrillos. Una tarde advertí que en su departamento se estaba instalando una joven pareja y recordé que hacía más de un mes que ya no la veía.

 

 

Además de Claudia, en el piso se destacaba el viejo Víctor, un abogado que vino a presentarse el día que llegué. Desde que me vio con la remera de Argentino me comentaba, una y otra vez, que tomaba café con el director técnico salaíto de aquel entonces. Luego, al enterarse de que me gustaba el cine, empezó a hablarme de las infinidades de películas rusas y polacas que había estado viendo. Me confesó también que pintaba arte figurativo después de que lo invitara a la exposición de cuadros de un amigo, y un sábado por la mañana, como sabía que me dedicaba a escribir, llegó a lo máximo de sí mismo y me explicó que se había reunido con María Kodama en Buenos Aires con el fin de traer la obra de Borges a Rosario.

Decidí que si él jugaba duro yo también lo haría. Iba a decirle que me quería convertir en cirujano plástico a ver con qué salía. Pero me hizo un par de favores y decidí dejarlo en paz. Al fin y al cabo era un loco inofensivo. Por supuesto que despertó mi curiosidad, y cada vez que podía le tocaba la puerta para ver cómo era por dentro su departamento.

Los demás vecinos del piso eran fantasmas, apenas si los crucé dos o tres veces en dos años de convivencia. Y lo mismo me ocurría con el resto del edificio en general. De los sesenta habitantes que tenía el consorcio (diez pisos de seis monoambientes), solo conocía a cinco o seis. Cada tanto charlaba con la señora del sexto que vivía con su perro y que todos los mediodías almorzaba en un barcito de la vuelta, y observaba estupefacto a dos señoras mayores sin entender cómo era posible que sigan viviendo solas: estaban extraviadas, paranoicas y frágiles, pero así y todo resistían, persistían, insistían con el raro milagro en que consiste vivir y andar por ahí.

La vista de mi ventana chocaba con la elegante cúpula del hotel Savoy y con un edificio exclusivo de cocheras, un gigante de cemento que de noche se convertía en una especie de esqueleto desolado y sin alma. Más atrás, cientos de ventanas de edificios. Bastaba con mirar hacia afuera para entender cómo cada ventana parecía saltar encima de la que tenía enfrente para destrozar lo que sus vidrios y cortinas intentaban proteger.

Todas las noches me asomaba, pero no había nada para ver. En un gesto impagable un amigo me había facilitado aquel monoambiente para sacarme de un apuro. Y aunque yo estaba agradecido de la vida, extrañaba la soledad compartida y habitada de los barrios. La soledad de la gente amontonada es la peor de las soledades.

 

 

Hundido en el destino ciudadano

De mañana salía a la calle y veía el cruce de San Lorenzo y San Martín como un gran hormiguero humano que acababa de ser pateado. Por supuesto, era un hormiguero sufrido, que se las rebuscaba para salir adelante. Ahí está la sede del Ministerio de Desarrollo Social y los bancos donde los jubilados y pensionados cobran sus mensualidades. Así que es común ver filas de hombres y mujeres arrastrándose por la calle con el cuerpo a cuestas, luchando por unos billetes que de alguna u otra manera siempre son menos de los que necesitan para vivir con tranquilidad la vejez o alimentar a las criaturas sin sobresaltos.

Cuando me era dada la gracia de tener libres las mañanas, elegía caminar por peatonal San Martín y no por peatonal Córdoba, cuyo ambiente es más fino y correcto pero también más frío. Me gustaba la mezcla de bares con menú a $60, vendedores ambulantes cocinando praliné en latas recicladas y señoras ofreciendo muñecos inflables, con el ir y venir apurado de los ejecutivos, los oficinistas y los comerciantes.

Poco a poco fui memorizando la cara de los arbolitos, que están siempre sentados en las mismas sillas con el mismo gesto entre canchero y aburrido. Luego descubrí a tres viejos que paraban en ese bar-comedor-heladería que se llama “El gigante” (y que parece un comedor carcelario) y los bauticé los viejos amarillos porque, posta, su piel era amarilla; quizás por el alcohol, quizás por la cirrosis o quizás por la hepatitis. Uno de ellos tenía una traqueotomía y usaba un sombrero de paja tipo tejano, y para mí era el Símbolo de la Decadencia de Mala Vida y por lo tanto merecía ser registrado como tal. Sospechaba, sin embargo, que estos tres personajes cargaban con historias sucias, pero eso es algo que no pude comprobar.

Frente al cine Monumental, un caricaturista se ganaba la vida retratando gente. Me gustaba ver a las madres observando cómo aparecía en el papel blanco, poco a poco, el rostro de sus hijos. Fantaseaba qué destino tendrían los dibujos con el paso de los meses. Y juraba que si hubiera sido un escritor yanqui del siglo pasado hubiera empezado mi novela con esa escena.

***

En una oportunidad me hice pasar por periodista a fin de conocer las historias de la gente que vende en la calle. Primero hablé con los artesanos de la plaza Montenegro. Me contaron sus vidas y luego hablamos de las ordenanzas municipales y la venta en la peatonal. Insistían en diferenciarse de los vendedores ambulantes, cuyo trabajo —decían— era comprar mercadería y revenderla. “Lo nuestro es crear, somos parte de la cultura de Rosario”.

Aunque esto era cierto en un sentido material, no veía ningún sentido en establecer tal distinción a la hora de compartir la calle, y menos cuando debía pelearse por una ordenanza común que los deje laburar tranquilos. Mi respuesta fue preguntarle qué relación existía entre ambos grupos y me dijeron que ninguna.

También me hice amigo, durante un par de horas, de Lucía Josefina, una señora de más de setenta años que tras una serie de tropiezos económicos terminó montando un puesto de baratijas en Rioja y San Martín.

Una red de plástico naranja cubría la mercadería para protegerla de las mecheras —me explicaba—, ya que cuando actuaban no se llevaban cosas sueltas: si había una pila de billeteras se las robaban todas.

Para esta amable señora, era realmente duro sobrevivir en la peatonal:

—Muchos pasan y te insultan, te dicen que no tenés que estar en la calle porque ocupás un lugar público, y yo pago un permiso a la Municipalidad para poder vender. Hay días que te sentís muy mal, te querés ir volando.

Junto a su puesto, había una baldecito con agua y una caja de cartón que hacía de cucha para una perrita muy vieja que iba a dormir ahí. Era la compañía que más le importaba a la vieja Lucía.

A metros suyos conocí, mediante su presentación, a Sentimiento, un tipo que vende praliné y juguetes para chicos. Me explicó que le decían así por ser hincha de Central a muerte, y su historia me reconfortó y aún me reconforta: en esta vida donde todo está en nuestra contra, tal apodo es una reivindicación de las ansias del alma.

 

 

Rumbo al sur

Las galerías de un viejo edificio de departamentos, en San Juan y San Martín, eran refugio de bandas de adolescentes sin rumbo y sin hogar. La planta baja estaba abandonada y entre las columnas manchadas y sucias se veían las pocas y tristes pertenencias que tenían: colchones, sábanas y ropa vieja. Hoy funciona ahí una casa que vende, al estilo todo por dos pesos, tachos, portalámparas y mesas de plástico.

Del otro lado del paseo peatonal se levanta uno de los templos evangelistas más grandes y mediáticos de la ciudad. El famoso “Pare de sufrir”, que pertenece al grupo conocido popularmente como los brasileros. Tienen sedes en todo el país y salen por televisión en canales de aire después de la medianoche. En sus puertas, más de una vez me detuve a mirar las fotos que, encabezadas con la frase Antes-Después, muestran cómo personas que ayer estaban postradas en sillas de ruedas hoy caminan normalmente y son Prósperos Ciudadanos del Mundo. Alguna que otra vez sus militantes me regalaron revistas que ofertaban salvar mi alma y que yo leía atentamente. En nombre de la Fe Cristiana se estaba haciendo cualquier cosa, pero no valía la pena amargarse porque en ese sentido el mundo siempre fue igual.

Cruzando calle Mendoza disfrutaba ver los comercios cuya última remodelación parece haber sido en los años 70. Casas de repuestos, lugares donde arreglan motores, mercerías y tintorerías como icebergs de tiempo antiguo naufragando en el tiempo actual. Su presencia convocaba al misterio que escapa a las agujas del reloj, aunque estas corran sin piedad y nada haya para hacer al respecto.

En Montevideo y San Martín está el bar Los Inolvidables, bodegón donde se juega al ajedrez, al dominó, a las cartas y a los burros. Aunque adentro los días son iguales a sí mismos desde su fundación, a mitad de los ochenta, algo irrumpió en su cotidianidad y le marcó la cancha: dos chicas se enfrentaron a un par de parroquianos que les habían dicho, mientras pasaban por la esquina, alguna de las barbaridades habituales que se les escupe a las mujeres cuando andan solas por la calle. Vecinas habían denunciado lo mismo meses atrás. Hoy el lugar exhibe en sus paredes carteles que dicen: “Debido a los constantes incidentes que se registran con las vecinas, le pedimos no decirles ningún tipo de piropos o improperios ya que hay contra el bar una denuncia latente”. Obviamente las advertencias el lugar las hizo para cuidarse a sí mismo; lo importante es que, cada vez más, las chicas se plantan sin bajar la cabeza.

La avenida Pellegrini, cien metros más al sur, era una especie de final del recorrido. En mis caminatas mañaneras a veces cruzaba y me tomaba un café en la plaza López, pero ahí la historia era otra: se terminaba el centro, mi lugar, un territorio del que todas mis fugas eran momentáneas. Estaba sin plata y arrinconado.

 

 

La noche

Caminar de noche por San Martín era caminar por otra calle. Además de los vagabundos que hacían de los portales vacíos sus habitaciones nocturnas y de los policías que iban y venían sin mayores sobresaltos, podías encontrarte, de a montones, con cientos de palomas habitando su sueño en los frentes de los comercios, en los balcones de las pensiones y en los huecos que se forman entre construcción y construcción. De día también estaban, aunque claro, de día se anda apurado y la contemplación se anula más de lo que parece.

También podía verse, en una de las tantas colchonerías que hay en el tramo ubicado entre Mendoza y San Juan, a un muñeco tamaño real durmiendo en un colchón de dos plazas de cara a la calle. Era algo que te hacía detenerte. Estos locales casi en penumbras inauguraban una promesa de paz y tranquilidad que ni el más placido durmiente imaginó nunca: nada hay más turbulento que el sueño de los mortales.

En algunas ocasiones me cruzaba con chicos jóvenes descargando mercadería de enormes camiones, en el cruce de peatonales o en la esquina de calle Santa Fe. Aprovechaban las calles vacías para trabajar tranquilos. Muchas veces no me cruzaba con nadie. Me limitaba a mirar carteles y ya.

Había, en cada una de estas escenas, una poderosa sensación de intimidad.

El recuerdo más preciado de aquellos naufragios es el de una noche de primavera, apenas desembarcaba en esas latitudes. En la puerta del bar del Cine Monumental, me amigo Tanque me dijo:

—Acá venía mi viejo cuando todavía existían las funciones de trasnoche.

Conocía al Tanque de hacía más de diez años y jamás me había mencionado a su padre; solo sabía que había muerto joven tras luchar largos meses contra alguna enfermedad y que su partida había sido, lógicamente, un golpe duro para él y su familia.

—Acá venía mi viejo cuando todavía existían las funciones de trasnoche —me repitió—. Se veía un par de películas y se sentaba en el bar a tomar café. El bar del cine es un bar particular.

Sus palabras eran ciertas: ahí se alojaban personajes raros, gente sola, viejitos que cenaban comida chatarra en medio de las familias y las parejas que salían de ver alguna película.

—¿Tu viejo venía de joven?

—Empezó a venir cuando se enteró que estaba enfermo, y se instaló en el cine cuando la enfermedad ya estaba avanzada.

—¿Iba al bar del cine para pensar la vida?

—No. Venía acá justamente para dejar de pensar la vida, para estar tranquilo un rato. Mi vieja no lo entendía, pero yo sí. Tenía doce años pero lo entendía. Y si estuviera en su situación haría lo mismo —me confesó finalmente el Tanque, un tipo sensible, sacrificado y también bastante tímido, que tras años de conversaciones sin sentido compartía conmigo algo del preciado y duro tesoro en que consiste siempre la historia familiar.

Desde esa noche, cada vez que pasaba por ahí evocaba su recuerdo y luego miraba hacia afuera ya encaminado hacia mi hogar, una balsa estancada en eterno naufragio. Vivía en el centro, era un muchacho citadino, y ahí estaba, descifrando la locura del edificio en el que vivía y de la calle en la que caminaba. Anhelaba una puerta que al abrirse nos explique el misterio de la vida de la ciudad.